OPINIÓN

SEMANA

Muerte al legado de Gaviria

El de César Gaviria. ¿Soy solo yo el que lo veo? Petro y su manada de radicales e iluminados parecen comprometidos, sistemáticamente, con la destrucción del legado del expresidente.
13 de febrero de 2023 a las 10:30 a. m.

La “Revolución pacífica” de César Gaviria realmente transformó nuestro país bajo los lineamientos del vilipendiado neoliberalismo, la refrendación de las virtudes del liberalismo económico reclamadas por los grandes teóricos del mercado, desde von Mises, pasando por Hayek y concluyendo en Friedman y la escuela de Chicago y, en lo político, por Tatcher y Reagan entre otros.

Gaviria, desde la cima de su espectacular, nutrida y diversa carrera política y burocrática, adoptó discretamente la necesidad del giro hacia la apertura económica, la privatización de los servicios públicos, la eliminación de monopolios estatales, la creación de un sistema de seguridad social en salud contributivo que estimulara la demanda en lugar del fracasado estímulo a la oferta de décadas anteriores y, esencialmente, el reconocimiento de la necesidad de promover un sistema previsional de pensiones que promoviera el, en aquel entonces, paupérrimo ahorro privado nacional y creara el que hoy debiera ser motivo de orgullo nacional: el Régimen de Ahorro Individual con Solidaridad, un milagro verdadero, que ha generado cerca de 360 billones de ahorro privado: motor de la economía, lubricante de las obras públicas y del emprendimiento privado.

Gaviria logró todo lo anterior y, también, una socorrida flexibilización laboral con la famosa ley 50, que costó sangre en los paros de los sindicatos de la desastrosa Telecom, transformó el régimen tributario iniciando una verdadera cultura contribuyente, recuperó los puertos para la economía nacional y, claro, enfrentó el desastre de décadas de nacionalización del sector eléctrico colombiano y de populismo tarifario de sus antecesores imponiendo al país el objetivo crucial de la confiabilidad en la generación, disparando con ello la inversión en el sector y la cobertura y “aperturando” las Empresas de Servicios Públicos (ESP) para avanzar de manera significativa en la atención de las Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI), primer gran criterio integral, técnico y objetivo de reducción de la pobreza absoluta.

Imposible olvidar la transición constitucional que, con sus aciertos y errores, transformó para siempre la democracia colombiana y “aperturó”, también, la política y la participación democrática.

Todo este legado desaparece bajo la bota radical y retrógrada del Pacto Histórico y los pontífices del marxismo radical (antiguos orgánicos del PC·3, hijos adoctrinados de Alfonso Cano) que llenan todos los ámbitos de decisión del actual gobierno.

¡Y Gaviria callado! Sus huestes liberales votando juiciosos la destrucción de su legado y el expresidente formulando líneas rojas que solo conducen a más mermelada, departamentos administrativos, direcciones ministeriales y entidades públicas descentralizadas.

Tienen menos credibilidad las líneas rojas de Gaviria y el Partido Liberal que los propósitos de desintoxicación del difunto Maradona o la promesa de Putin de no atacar objetivos civiles en Ucrania.

Debemos reflexionar sobre lo que impulsa al expresidente a participar de manera entusiasta en la destrucción de su legado, uno, que como ningún otro en 30 años, sentó las bases de la transformación nacional, a pesar de los varios saboteos posteriores, en particular los de Samper, hoy, de manera increíble, su socio en la destrucción de los logros de la Revolución Pacífica.

La respuesta obvia, y respecto de la cual existe amplia evidencia, es la del afán de preservar alguna cuota de poder clientelista y contractual para alimentar a sus socios políticos, como el desastrado Mario Castaño, a quien Gaviria sigue dudando en expulsar del partido (¿o ya lo expulsó y nadie se dio cuenta?). Y alimentarse él, de paso, en su aspiración de lanzar a Simoncito como ficha de Quintero (pinturita) a la alcaldía de Bogotá.

En esta hipótesis, sorprende las pocas lentejas por las que Gaviria está dispuesto a enterrar su legado y sumir a la nación colombiana en el desastre. Y los sapos que el otrora todo poderoso expresidente está dispuesto a tragar: quedarle debiendo la inviable candidatura del heredero al nuevo jerarca paisa y a Gustavo Petro.

Otra hipótesis, más pragmática, es que Gaviria como uno de los principales transportadores y distribuidores de gas natural en el país, titular de una de las más jugosas rentas atadas (la de las tarifas inmutables de transporte de gas), aceptaría destruir su legado político a cambio de mantener su vaquita amarrada.

Puede también que sea una combinación de las dos. Lo claro, en cualquier caso, es que el bienestar de Colombia y los avances logrados estos treinta años no son relevantes para el expresidente.