Por supuesto que a todos nos llenó de inmensa alegría la libertad de Luis Manuel Díaz, ‘Mane’, el padre del jugador colombiano Lucho Díaz. Tras 12 días de secuestro, el ELN finalmente lo entregó a una comisión humanitaria, que lo llevó al reencuentro con su familia en Barrancas, La Guajira, de donde fue plagiado por el frente norte de esta guerrilla.
Aunque la noticia es de alegría por su libertad, el hecho de su secuestro produce una tristeza infinita. Ver en la primera página de los diarios la foto de este hombre, cansado de haber sido obligado a caminar por días, angustiado y rodeado de delegados de la Cruz Roja, la Iglesia y la ONU, fue regresar en las emociones a uno de los momentos más dolorosos de la historia del país. Ver esta imagen fue viajar en el tiempo a ese país que vivimos en el que se oraba a diario por la libertad de los secuestrados, en el que los noticieros llevaban conteo de los días que estas personas llevaban privadas de la libertad, en el que celebrábamos hasta las lágrimas el regreso a la libertad de tantos que fueron plagiados, algunos durante décadas, casi siempre con el único objetivo de pedir dinero o, en el caso de los soldados y policías, ser humillados y expuestos como trofeos de guerra.
Ver las imágenes de la familia de Mane Díaz, abrazados todos a su alrededor, es regresar a esa Colombia de los noventa y comienzos de 2000 en la que, tal y como sucedió con el papá de Luis Díaz, salir a la carretera era exponerse a ser secuestrado. Escuchar a su familia decir que es posible que este hombre se vaya del país, porque ya no hay condiciones para su seguridad en La Guajira, es volver a esa época en la que muchos añorábamos irnos de Colombia porque sentíamos que el ELN, las Farc y los narcos tenían a toda esta nación arrodillada.
Las largas audiencias de verdad ante la Justicia Especial para la Paz han mostrado la magnitud de la barbarie del secuestro en Colombia. Hemos escuchado uno tras otro, por años, los relatos de cómo los colombianos perdimos la condición de seres humanos y nos convertimos en una mercancía, que valía más o menos, dependiendo de la condición económica de las familias, el poder político o el uniforme. De acuerdo con las cifras de la Comisión de la Verdad, se estima que entre 1990 y 2018, cerca de 50.770 personas fueron víctimas de secuestro, pero muchos de estos secuestros nunca fueron denunciados, por lo que la Comisión estima que el total de víctimas de este delito llegó a las 80.000.
Saber que el secuestro vuelve a ser objeto de titulares es un retroceso inaceptable como nación. No quiere decir que estos plagios hubieran desaparecido por completo en Colombia. Pero sin duda el anuncio de las Farc de dejar de secuestrar, que se dio cuando avanzaban los diálogos de paz, en febrero de 2012, hizo que esta práctica descendiera a niveles imposibles, inimaginables en décadas anteriores. Poco a poco, los colombianos fuimos perdiendo ese miedo a ser plagiados en el que decidiéramos andar territorios que antes eran imposibles. Pero ese miedo volvió.
Nadie puede tapar la realidad de lo que ocurre. Según cifras dadas por el propio Ministerio de Defensa, entre enero y septiembre de este año se reportaron 183 casos de secuestro, frente a los 100 que ocurrieron en el mismo periodo de 2022.
Las cifras indican que los seis departamentos en los que más se han presentado plagios este año son Arauca, con 55 casos; Antioquia, con 7; Norte de Santander, con 6; Vichada, con 5, y Cauca y Nariño, con 2. Esto quiere decir que Arauca representa el 68 por ciento de los casos de secuestro en el país en 2023. Y este departamento está a merced del ELN.
Así que los colombianos le pedimos por favor a este Gobierno que siente un ultimátum con esta guerrilla. No podemos permitir que la seguridad se siga deteriorando de la forma en la que estamos viendo. No hay manera de seguir avanzando en diálogos con ningún grupo, y menos con el ELN, si no se pone sobre la mesa la exigencia de frenar los secuestros en el país.
Aunque no tienen la visibilidad que tuvo el caso de Mane Díaz, se habla de cerca de 200 personas que hoy están privadas de su libertad en Colombia. La última de la que se tiene noticia, la joven de 19 años Silvia Juliana Carvajal Montaño, que fue plagiada en Sardinata (Norte de Santander), entre la vía que conduce de Ocaña a Cúcuta, sin que al momento de escribir estas palabras se conociera a los responsables. Pero el Catatumbo es la guarida del ELN.
Lamentablemente, parece no haber muchas esperanzas. Ante la petición del Gobierno de poner sobre la mesa la determinación por parte del ELN de abandonar el secuestro para seguir avanzando, Antonio García, comandante de esa guerrilla, respondió que su organización no aceptará “imposiciones ni chantajes” y que “no existe ningún acuerdo en la mesa sobre las retenciones (secuestros) ni económicas, políticas o judiciales”.
Señor Otty Patiño, jefe del equipo negociador del Gobierno con el ELN; señor Danilo Rueda, comisionado de Paz; señor Iván Velásquez, ministro de Defensa; señor presidente, Gustavo Petro: la libertad de los seres humanos es un derecho innegociable. No permitan que vuelva a degradarse a moneda de cambio de guerrilleros y delincuentes.
Los colombianos merecemos poder vivir en libertad.
