opinión

JORGE HUMBERTO BOTERO
Jorge Humberto Botero, presidente de Fasecolda. - Foto: GUILLERMO TORRES

Por amor al arte

Extenuado por la intensidad de los debates políticos, hoy los invito a un paseo por el mundo de la literatura.


Por: Jorge Humberto Botero

Para escribir un libro hermoso y profundo ―Ética para Amador― Fernando Savater decidió hacerlo como si fuere una carta personal para su hijo adolescente. He optado por ese mismo tono, íntimo y coloquial, para escribir este ensayo.

Querido Mauricio:

La vida humana transcurre enmarcada entre los vectores del azar y la libertad. Que en una fecha cualquiera hubieras conocido a Elisa, pudo no suceder: otras posibilidades tenían ambos para ese día. Pero que en ese momento haya comenzado una amistad, luego se hayan enamorado, después construido un amor recíproco y una vida en común, ha sido producto de compromisos profundos de ustedes. En torno a ese núcleo han surgido, de manera paralela y firme, otros vínculos valiosos, como los que nos unen a Margarita, Juan Manuel y Lauren contigo. Por eso te sentimos como un hijo y hermano que, gracias a la tozudez de un joven médico, nos has sido devuelto a este mundo cuando ya iniciabas el viaje del que no hay retorno. Las probabilidades eran bajísimas; sin embargo, aquí estás, avanzando con coraje y paciencia en tu recuperación.

Hace poco me has pedido que te remita una lista de lecturas que considere relevantes. Es una invitación que mucho me halaga. Antes de comenzar ese inventario, quiero mencionar una novela de Leonardo Padura, el gran escritor cubano, editada por Tusquets: Como polvo en el viento. Es una novela excelente que te recomiendo. Versa sobre las difíciles condiciones que viven los cubanos en su país, en medio de enormes dificultades económicas, sometidos a un régimen tiránico y sin esperanzas de mejora; pero también sobre la diáspora de los que han huido en busca de libertad. No obstante, es un factor extraliterario lo que determina que, para mí, sea inolvidable. Fue mi texto de cabecera en aquellas angustiosas semanas de comienzos de 2021 cuando nos dominaba la angustia por tu futuro inmediato. Me bastó la compañía de su lectura. Habías sobrevivido, por fortuna, mas no podíamos entonces saber si tendrías limitaciones intelectuales o físicas irreversibles.

Sabes que siempre he sido un lector asiduo. Que tengo claro que quien lee jamás está solo. Que la lectura de obras de ficción nos permite vivir otras vidas que no son la propia. Y que esa actividad puede ser un bálsamo que nos atenúe dolores e incertidumbres. Todo esto lo experimenté mientras tú estabas en cuidados intensivos, privado de cualquier posibilidad de comunicación con el mundo exterior. Quizás sea yo el único integrante de tu grupo familiar que no necesitó medicamentos para dormir mientras se iban disipando, poco a poco, aquellas incógnitas. Tenía, pues, razón Stefan Sweig cuando escribió: “Los libros se escriben para unir, por encima del propio aliento, a los seres humanos, y así defendernos frente al inexorable reverso de toda existencia: la fugacidad y el olvido”.

También por fuera de la lista, de nuevo te propongo la lectura de El infinito en un junco, la maravillosa obra de Irene Vallejo en la que nos pasea, en una prosa sencilla y hermosa, por la cultura grecorromana, su relevancia en la actualidad, y la aventura de escribir y publicar libros desde la antigüedad.

Antes de comenzar anoto que los autores y obras que voy a mencionar se encuentran disponibles en nuestra biblioteca familiar. Lo advierto porque la dispersión y, en muchos casos, la destrucción de los libros reunidos con tanta devoción a lo largo de toda una vida, es un riesgo elevado cuando ya solo queda la sombra de su creador. Procuren preservar, tú, Margarita y mis hijos, lo que crean interesante para ustedes, regalen aquello que tenga valor a Subachoque, mi patria chica por adopción, y entreguen al fuego lo que ya no sirva.

1. Relatos breves o cuentos

No es posible establecer una línea de demarcación nítida entre novelas y cuentos. En ambos casos se trata de obras de ficción: relatos que, así se finja que de verdad sucedieron, son inventados. Pero mientras las novelas, por su mayor longitud, requieren una lectura prolongada, que puede durar semanas o meses, los cuentos se limitan a desarrollar una historia que, de ordinario, pueda ser leída en poco tiempo. El ejemplo extremo e insuperable lo aportó Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Esa condensación los hace singularmente atractivos. Pueden ser una estupenda alternativa para el periodo que precede al dormir. Nos ayudan a liberar la mente de los asuntos que nos han ocupado durante la jornada para que el sueño pueda cumplir bien su tarea de reparación de la diaria fatiga.

Comenzaré por tres compilaciones de la edad media:

  • Kalila y Dimna, escrita hace más de 2.000 años en sanscrito y difundida en Europa, en su traducción al árabe, desde el siglo XIII. Es un conjunto de fábulas (sus personajes son animales) en la tradición iniciada en la antigüedad por Esopo. Sus distintos relatos versan sobre las vicisitudes propias del gobernante y sus relaciones con los súbditos. Su lectura nos sirve para entender que, aun cuando el escenario de las luchas por el poder puede cambiar, en lo esencial esa dimensión de la actividad social es la misma. Existen múltiples versiones en inglés. En español es recomendable la de Editorial Acantilado.
  • El Decamerón, de Giovanni Boccaccio, publicado en el siglo XIV, es un conjunto de relatos muy divertidos, de contenido erótico o picaresco. Por el relato matriz, que enmarca los demás, sabemos que es un grupo de jóvenes de la nobleza florentina se han refugiado en el campo huyendo de la peste que azotó a la ciudad en 1348, y que para disipar el tedio se cuentan una historia cada noche. El cuento con el que se abre la colección nos permite conocer detalles de la peste negra, que causó en Europa una mortandad gigantesca.
  • Las mil y una noches, texto anónimo de singular belleza y elemento central de la literatura oriental. Fue divulgado en occidente, a comienzos del siglo XVIII, a partir de una versión en francés. Como es largo, es suficiente una buena antología. Allí se encuentran Sindbad el marino, Aladino y la lámpara maravillosa, Ali baba y los cuarenta ladrones. Sin embargo, los relatos de esta compilación que conocimos en la infancia fueron pocos; estuvieron sometidos a estricta censura para que no conociéramos los episodios de adulterio y violencia que en el libro abundan. El personaje central es la joven Schehrazade. Con el embrujo de sus relatos logra aplazar, durante mil y una noches, la condena a muerte que el sultán le ha impuesto en venganza por el adulterio de su esposa, evento del que la hace culpable a ella y a todas las mujeres del reino por su sola condición de mujeres. Su poder es el de la palabra: “Había leído libros, y gestas de los reyes antiguos, así como las crónicas de las naciones del pasado”. Recomendable la antología de Alianza Editorial.

Enseguida voy a mencionarte tres grandes cuentistas latinoamericanos:

  • Juan Rulfo, autor de El Llano en llamas, una breve colección a mi modo de ver insuperable. Lee de primero Diles que no me maten. En su breve obra, integrada por esta colección y por Pedro Paramo, una novela magistral, Rulfo marcó un hito en la literatura en nuestra lengua y en otras.
  • Julio Cortázar, cuyos cuentos son, en general, extraordinarios. Quiero destacar El Perseguidor, uno de los mejores textos que he leído sobre el fuego interior que devora al artista, en este caso un musico de jazz, al parecer Charlie Parker.
  • Tomás González, un gran escritor colombiano. He vuelto a leer un cuento suyo bellísimo: El Expreso del Sol, que versa sobre el amor al padre anciano que padece Alzheimer. Sus cuentos completos están publicados por Seix Barral.

La trilogía europea está integrada así:

  • Antón Chéjov, escritor ruso fallecido en 1904. Existe una buena antología editada por Debolsillo. Entre sus cuentos más famosos debe mencionarse La dama del perrito. Su tema ha sido desarrollado en otras obras maestras, tales como Madame Bovary de Flaubert, y Ana Karenina de Tolstoi: en ellas se explora de qué manera, la pasión amorosa puede conducirnos, incluso con los ojos abiertos, al desastre.
  • Franz Kafka es una figura esencial del siglo XX. Sus cuentos son perturbadores y enigmáticos: el lector atento se percata del carácter alegórico de sus prosa; su significado último queda abierto a la interpretación de quien lee. Su lectura debe, creo, comenzar por La Metamorfosis. Recomiendo la obra completa de Debolsillo.
  • Guy de Maupassant, que escribió en la segunda mitad del siglo XIX, dejó una obra cuentística de excepcional calidad. Destaco un cuento bellísimo: Bola de Sebo, sobre el desprecio inicial y ulterior oportunismo de personas de la élite social ante una mujer de condición social inferior. En ambas lenguas esta publicado por Penguin.

Mencionaré una sola figura de la cuentística norteamericana: Edgar Allan Poe, que tal vez fue el inventor de los relatos de terror. Por ejemplo, El Hundimiento de la Casa de Usher. Poe dijo de sí mismo: “Los hombres me han llamado loco; pero no está esclarecido de si la cuestión de la locura es o no es lo sublime de la inteligencia”. Igualmente disponible en Penguin.

2. Cuentos y novelas policiales.

Este género es muy interesante por dos razones. La primera, porque, en ocasiones, plantea enigmas al lector que este debería ser capaz de resolver antes de que el autor se los revele. Y en segundo, porque, en ciertos relatos, se exploran las condiciones de miseria y abandono que pueden conducir al crimen.

Estas son excelentes opciones:

  • George Simenon. Siendo muy joven entró a trabajar en un periódico de su natal Bruselas en la sección de crónica roja. Su personaje, el inspector Maigret, es una figura entrañable. Su obra, escrita en el siglo pasado, es abundante y grata de leer.
  • Arthur Conan Doyle. Sherlock Holmes, el protagonista de sus relatos, que transcurren en la Inglaterra victoriana, está tan arraigado en la imaginación popular que suele creerse que fue una persona real. Al contrario de Maigret, que descifra los crímenes por su agudeza psicológica, Holmes lo logra gracias a una capacidad analítica insuperable. Son buenas ediciones las de Penguin.
  • Gilbert K. Chesterton. El protagonista de sus relatos, el padre Brown, es un sacerdote católico, especialmente perspicaz para descifrar enigmas. En El secreto del Padre Brown, él mismo nos dice: “No trato de apartarme del hombre, sino de ponerme en el pellejo del asesino…En realidad, estoy en su pellejo”.
  • Leonardo Padura debe su celebridad a sus novelas policiacas que protagoniza Mario Conde, un inspector policial que vive en la Habana ya retirado. En varios de sus relatos se gana la vida comprando y vendiendo libros de segunda. Es un personaje adorable, al borde de la ruina y el alcoholismo. Sobrevive gracias a su novia de juventud, con la que nunca se casa, y a la pandilla de sus amigos de siempre. Hay que leerlo en español editado por Tusquets. Máscaras, Adiós Hemingway, La cola de la serpiente, son algunas de sus novelas en este género.

3. Novelas perrunas

La caída en las tasas de natalidad, la postergación de la procreación y la vida solitaria de muchas personas en las grandes ciudades, explican un auge notable de nuestra relación con los perros. Influye también el avance de la psicología animal que viene a confirmar lo que desde la antigüedad sabemos: su maravillosa afectividad y su inteligencia. Cito de memoria un verso, creo que del gran poeta José Manuel Arango: cuando paso la mano por el lomo de mi perro siento la presencia de Dios. Me conmueve igualmente la mirada fija de alguno de nuestros perritos: en su silencio, ¿qué quiere decirme? El más famoso de los perros en el ámbito de las letras es Argos, quien reconoce a Ulises cuando regresa a Ítaca, después de veinte años de ausencia, para luego morir. El texto pertinente se encuentra en La Odisea.

Esto te propongo:

  • El coloquio de los perros, de nadie menos que de Miguel de Cervantes, es un breve relato en el que narra el diálogo entre dos perros sobre las vicisitudes de sus vidas y las de sus amos. Lo leí con agrado hace años.
  • Los perros duros no bailan, es una novela corta extraordinaria de Arturo Pérez-Reverte, el gran escritor español. Se inspira en el modelo cervantino al que supera con creces.
  • Recientemente adquirí, en una grata edición de Lumen, Flush, biografía de un perro, de Virginia Woolf, la gran escritora inglesa del siglo pasado. Se encuentra disponible en Internet. Leerla en su lengua de origen sería una buena opción para ti.
  • Me propongo leer pronto (¡ay, es tan escaso el tiempo para leer!) La mirada de Humilda, de un escritor colombiano, Alfonso Sánchez Baute. Parece un texto deleitable sobre el amor del autor por su perrita que culmina con la muerte de esta.

4. Grandes novelas y novelistas

Como lo que pretendo con esta carta no es definir el contenido de uno ―o varios cursos― de literatura, sino, apenas, esbozar un conjunto de lecturas preferidas, faltan autores esenciales, mientras que otros se repiten.

(I). No todo García Márquez tiene la misma calidad, pero Cien años de Soledad, según el dictamen generalizado de los expertos, es una obra fundamental que vale la pena leer y releer. Hay muchas ediciones. Recomiendo la de la Academia Española de la Lengua. Los ensayos introductorios que la acompañan mucho ayudan a entender una obra maravillosa y deleitable.

(II). Mario Vargas Llosa es una gloria de las letras hispánicas. Entre sus novelas interesantes y de agradable lectura me gusta mucho La fiesta del Chivo, un relato sobre el asesinato (o ejecución, según se mire) del dictador Rafael Trujillo en República Dominicana. Sin embargo, fue en sus primeras obras en las que plasmó su grandes innovaciones en el arte de narrar. A esa categoría pertenece Conversación en la Catedral, que es una de las mejores novela políticas que haya leído. Transcurre en el Perú de los años cincuenta del siglo pasado. El manejo del tiempo, que no es lineal, puede estar inspirado en la técnica cinematográfica del flashback. Espero que la vida me alcance para leerla de nuevo, ahora que tengo un poco más de capacidad intelectual gracias a la experiencia y la acumulación de una cierta cultura, que es, como se ha dicho, lo que queda después de leer mucho y olvidado casi todo.

(III). Guerra y Paz, de Tolstoi, que por desgracia no he leído, es considerada una obra monumental. La dificultad que ofrece al lector es su vastedad, lo cual implica la necesidad de que haya continuidad en la lectura, única manera de no perderse en la trama y la multitud de sus personajes. En español, las mejores ediciones son las de Penguin y Alianza Editorial. Adquirir alguna de ellas en versión electrónica es una buena opción. La versión en papel, por su tamaño y peso, es un tanto incomoda de manejar. Aunque, además, sirve para cuñar puertas o subir la altura del ordenador portátil.

(IV). El Hombre que amaba los perros, de Padura, es la biografía de Trotski, asesinado en México en 1940 por orden de Stalin. Pero, al mismo tiempo, es una rigurosa recreación del sistema totalitario impuesto con mano férrea, crueldad inusitada e inenarrables crímenes en masa por la Unión Soviética en el siglo pasado. Si alguien todavía tiene convicciones o meras inclinaciones comunistas que lo lea. Quedará curado.

(V). Debo a Arturo Pérez-Reverte numerosas horas de felicidad. Casi todas sus novelas narran aventuras apasionantes, sus personajes están magníficamente construidos, y el contexto histórico es excelente. Menciono dos sagas notables, la primera, que se desenvuelve en cinco libros, El Capitán Alatriste, un espadachín a sueldo del siglo xvii; y Falcó, en dos novelas distintas, la primera así llamada, y Sabotaje, la segunda. El Italiano, una bella historia de amor en medio de la segunda guerra mundial. Y El tango de la vieja guardia, con temática similar, que me encantó. ¡Ah las turbulencias del corazón en cierta época de la vida! Su editor es Alfaguara.

(VI). La novela realista europea del siglo XIX es extraordinaria. Hay que asomarse a algunos de sus autores y obras. Recomendaciones esenciales: Alguna de las novelas de Honoré de Balzac que integran el ciclo de La comedia Humana, por ejemplo, Papa Goriot y Las ilusiones pérdidas, sobre el arribismo social. El Conde de Montecristo, de Alejandro Dumas, una obra maravillosa sobre amor y traición. Madame Bovary es también reconocida como un texto infaltable. Es breve y fácil de leer. Y por último quiero mencionar a Charles Dickens, cumbre de la literatura inglesa de ese siglo. Es muy divertida su primera novela, Los papeles póstumos del Club de Pickwick. Y sobre la sordidez del capitalismo en sus fases iniciales vale la pena Oliver Twist.

(VII). Voy a mencionar únicamente tres autores, que aprecio muchísimo, del pasado siglo. El primero es Ítalo Calvino, el gran escritor italiano, y una sola de sus novelas: Si una noche de invierno un viajero…Editada por Siruela, es una parodia del género novelístico y de sus estereotipos o clichés; el lector, a través de técnicas narrativas muy ingeniosas, es parte del relato. Stefan Sweig, era, para la época en que los nazis llegaron al poder, uno de los intelectuales más distinguidos de Europa central. Cuando llegó al convencimiento de que el mundo liberal y civilizado en el que había vivido sería desplazado por la barbarie nazi, inició un largo éxodo que finalmente lo condujo Brasil, en donde él y su esposa se suicidaron en 1942 (en su carta de despedida encomendaron a sus vecinos cuidar de su perro; esa era su única preocupación). Obras suyas extraordinarias son estas: Ardiente Secreto, Confusión de Sentimientos, Veinte y cuatro horas en la vida de una mujer, El candelabro enterrado. Acantilado es su editor en español. Por último, quiero evocar a Sandor Marai, uno de los grandes escritores nacidos en el imperio Austrohúngaro antes de su disolución al final de la primera guerra mundial. Me limito a recomendarte una pequeña joya: El último encuentro. Dos amigos, ya ancianos, a los que separó en su juventud el amor por una misma mujer, se sientan a cenar y a recordar sus vidas. Editado por Salamandra.

5. Pa‘ Barranquilla me voy

Incluyo esta sección por simpatía con la ciudad en la que naciste, que es, por adopción, también la mía. (Por razones ancestrales, juego igualmente de local en Cali y Manizales y, por derecho propio, en Medellín). Suele suceder que cuando llegamos a cierta edad, y adquirimos la perspectiva necesaria para mirar desde arriba hacia atrás, quisiéramos saber muchas cosas de la infancia y juventud de nuestros padres y, en consecuencia, sobre el mundo en que vivieron. Aprovecha tú, que los tienes vivos, para inquirir sobre su pasado; a mí me queda la nostalgia de no haber hablado con los míos lo suficiente; lo que sobre ellos aprendas te ayudará a entender tu propia vida. La literatura es un camino alterno y complementario para ese objetivo. Lo digo a propósito de la reciente reedición de En diciembre llegaban las brisas, de Marvel Moreno. Aunque no la he leído, sé que su autora, oriunda de la arenosa, goza de enorme prestigio. La novela transcurre allí y sus protagonistas hacen parte de sus élites sociales.

6. Clásicos antiguos.

Llegamos, querido Mauricio, a la parte final y un tanto compleja de este viaje por los mares de la literatura: los clásicos. Nota el adjetivo “antiguos” que uso para dejar en claro que esa condición puede predicarse de libros de épocas pretéritas, modernos, o, inclusive, contemporáneos, aunque se requiere un cierto tiempo para que la comunidad de los lectores y la crítica literaria formen un consenso implícito sobre el valor un determinado libro o autor. Solo personas eruditas o filólogos profesionales se interesan hoy, por ejemplo, por Apolonio de Rodas, ―siglo III a. C―, pero nadie dudaría de que En busca del tiempo perdido de Proust, lo es (no intentaré de nuevo leerlo ni a palos; he descartado igualmente otras obras reputadas como clásicos que me resultan mortalmente aburridas. La montaña mágica, de Thomas Mann, por ejemplo).

En realidad, a los clásicos no hay que leerlos por obligación, sino porque estamos persuadidos de que su lectura nos enriquecerá y dará placer. ¿Debe ser obligatorio leerlos en el colegio? Difícil cuestión. Los maestros tendrían que desplegar un talento excepcional para suscitar el interés de niños y adolescentes; forzarlos de poco sirve. Hay que irlos llevando de modo gradual antes de plantearles lecturas de mayor nivel: conviene comenzar por historietas gráficas, y por lecturas en voz alta en el aula realizadas, con buena entonación, por la maestra.

La respuesta más común cuando se pregunta a alguien si ha leído a Shakespeare o Tomás Carrasquilla ―son ejemplos― es que los leyó en el colegio. Puede ser verdad, aunque, si lo fuere, esa lectura primeriza, de ordinario forzada, poco vale, o peor: puede resultar contraproducente. Los clásicos que nos han seducido- siempre por motivos insondables- permanecen en silencioso diálogo con nosotros el resto de la vida. Por eso, en rigor, se releen, así sea la primera vez que los abordamos; su trama nos es conocida incluso antes de iniciar la lectura; de cierta manera es como si antes de leerlos ya los hubiéremos leído.

Apuntala la necesidad de esa lectura recurrente y muchas veces fragmentaria, la evolución del lector. Así el texto sea el mismo, con el paso de los años su sentido cambia; episodios o frases, interpretados de una manera años atrás, asumen nuevos significados. Para que esto suceda el libro que leemos una y otra vez tiene que ser perfecto, o casi. Jugando con esta tesis Jorge Luis Borges, en Pierre Menard, autor del Quijote, cuenta que un escritor así llamado acomete, siglos después de que Cervantes publicara su magna obra, la empresa delirante de reescribirla. Comienza por dos capítulos y un fragmento de otro. El texto que produce en el siglo xx es idéntico al cervantino, prueba evidente de que éste es insuperable; por mucho que se esfuerce no logra mejorarlo. “Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, escribió Ítalo Calvino.

Una última anotación introductoria. La filología hispánica ha realizado enormes progresos en años recientes. Muchos libros de la antigüedad greco-romana o de la Europa medieval, que antes leíamos en traducciones del inglés, francés y alemán, ahora pueden ser leídos, en versiones de gran calidad, vertidas directamente del griego y el latín. Las editoriales Gredos y Alianza Editorial producen estupendas versiones.

Eludiendo la tentación de extenderme, que es grande, en esta sección voy a limitarme a tres obras deslumbrantes. Son fieles compañeras que me acompañarán por siempre. (Cualquiera que sea, en mi caso, el alcance de la expresión. La Parca no cesa de rondar).

(I). La Odisea. Ha terminado la guerra de Troya que en parte se narra en la Ilíada. Odiseo (Ulises) es el único de los integrantes del bando vencedor que no ha logrado regresar a su tierra, Ítaca, donde lo ha esperado, durante 10 años, Penélope, su mujer, su hijo, Telémaco, y su padre, Laertes. La venganza de una diosa lo ha condenado a vagar por el océano durante años. Las aventuras ocurridas en ese largo periodo del exilio son el tema del libro. Los amores de Ulises con Nausicaa, Calipso y Circe, su viaje al Averno, las batallas con el cíclope Polifemo, sus tretas para evitar que los monstruos Escila y Caribdis hundan su nave y el retorno final a la patria, configuran un tejido deleitable de episodios que durante centurias han emocionado a niños y jóvenes de todas las edades.

La Odisea, al igual que la otra gesta homérica, La Ilíada, fue escrita o compilada en verso por una consideración técnica: facilitar su recordación por los aedos o rapsodas que se ganaban la vida, a lo largo y ancho de la antigua Hélade, recitando, ante auditorios nobles y plebeyos, las grandes epopeyas. ¿Leerlas en verso sería, pues, una buena idea? No, en mi opinión. Lo que se gana en fidelidad se pierde en fluidez del relato. Recomiendo la lectura en prosa.

Existen dos versiones recientes en prosa que me encantan. La primera, con traducción y prólogo de Carlos García Gual, y bellos dibujos de John Flaxman, un gran artista inglés del siglo XVIII. Su editor es Alianza Editorial. La segunda opción es una traducción de la versión inglesa realizada por Samuel Butler a fines del siglo XIX, vertida hace poco al español por Miguel Temprano García. Ha sido enriquecida con bellos dibujos y notas adecuadas para mostrarle el camino al lector primerizo. Un complemento suyo magnífico lo constituye la transcripción, amplia aunque parcial, de un libro de Margaret Atwood, La versión de Penélope, o sea, la misma historia de la Odisea narrada desde la óptica de la mujer que esperó a su marido Ulises, afrontando enormes padecimientos, durante veinte años. Vale la pena oír esa voz femenina que ha estado silenciada a lo largo de milenios. El editor es Blackie Books, una editorial nueva.

Te sorprenderá que no te recomiende La Ilíada, que precede a la Odisea en el tiempo narrativo. Así es, al menos por ahora. Tanto ella como la Odisea son de gran belleza, pero aquella se explaya en numerosas batallas de extrema crueldad y dedica mucho tiempo a la interacción de dioses y humanos. Refractario como soy a la violencia, y poco sensible a las cuestiones divinas, (“gracias a Dios soy ateo”, suelo decir) a veces me aburre, así sus protagonistas ―Aquiles, Héctor, Patroclo, Briselda, Ulises, Helena, Príamo― me resulten conmovedores.

Te propongo, entonces, una alternativa. Que leas la versión de la Ilíada de Alessandro Baricco, un excelente novelista italiano. Lo que hizo Baricco con el texto homérico es lo siguiente: suprimió las intervenciones de los dioses que, como dije, son abundantes y farragosas, y las múltiples escenas de guerra; y puso a hablar en primera persona a los principales protagonistas, que en el original aparecen en la voz pasiva del narrador. El texto resultante es muy breve y de una gran belleza. Esta editado por Anagrama.

(II). Edipo Rey. Antes de referirme a esta obra es necesario proveer unas breves notas de contexto. El auge del teatro griego clásico tiene lugar en el siglo V a. C. Las obras de los grandes trágicos ―Esquilo, Sófocles y Eurípides―, y de los autores cómicos, de los cuales solo sobreviven algunas piezas de Aristófanes, se estrenaban cada año en las fiestas en honor de Dionisio, dios del vino y la fertilidad. Se representaban en el teatro erigido para ese fin; sus ruinas son aún visibles en Atenas. Sus dimensiones eran colosales; podía albergar hasta quince mil espectadores. No sé cuál era la población de Atenas en aquella época, aunque podemos asumir que el tamaño relativo de ese recinto excedía con creces a cualquiera otro destinado a espectáculos en la actualidad. Su era de esplendor coincide con el de la democracia ateniense y, en parte, con la de Pericles, su gran líder cívico y militar. La asistencia masiva del público a estos festejos es demostrativa de que las obras representadas tenían una relevancia enorme política y cultural. Como la gente era, en su gran mayoría, analfabeta, el valor pedagógico del teatro resultaba inmenso. De hecho, hasta la masificación de la imprenta en el siglo XVI, y el consiguiente auge de la alfabetización, el teatro, el arte pictórico y la arquitectura, sobre todo religiosa, fueron los difusores más importantes de la cultura en los sectores populares. Las catedrales que los turistas visitan en Europa son libros abiertos cuyo sentido se nos escapa.

La comprensión del conjunto de obras de la antigüedad clásica, entre las cuales destaca Edipo Rey, de Sófocles, que Aristóteles consideraba insuperable, implica saber que casi todas ellas (Los Persas, de Esquilo constituye una excepción notable), son recreaciones de mitos o relatos populares que eran suficientemente conocidos por los espectadores. Como ese no es nuestro caso, hay que dedicar unos minutos a obtener la información pertinente que se encuentra con facilidad en Wikipedia.

Es importante señalar, además, la importancia del coro en el teatro clásico. Es la voz del pueblo, que a veces interviene para comentar la trama, tomar partido o hacer avanzar la acción dramática. El corifeo, que dirige el coro, en ocasiones adquiere autonomía.

Solo para suscitar tu interés, recordaré que Edipo reina en Tebas rodeado de la gratitud de sus súbditos. Ha derrotado a la Esfinge, un animal mitológico con cuerpo de leona, alas de águila y rostro de mujer, que había causado daños enormes a la ciudad. Cuando en ella brota la peste, el pueblo acude a su rey para que haga cesar la calamidad. Deseoso de allegar elementos de juicio antes de actuar, Edipo pide a Creonte, hermano de su mujer, que consulte el oráculo de Delfos sobre la estrategia que debería seguir. El mensaje que recibe es confuso: “el soberano Febo nos ordena abiertamente expulsar la impureza del país, la mancha extendida en esta tierra”.

Como no logra discernir cuál sea esa impureza, decide indagar por el parecer del adivino Tiresias. La respuesta que recibe es terrible y, hasta ese momento, incomprensible para Edipo. Le dice que “ante sus hijos con los cuales convive, aparecerá como hermano y padre, y ante la mujer de la que nació, como hijo y como esposo, y como coparticipe del lecho y asesino de su padre. Después de una dolorosa indagación, Edipo descubre que esa es la amarga verdad: sin saberlo ha dado muerte a Layo, su padre, y se ha casado con Yocasta, su madre. Ha transgredido, pues, el tabú del incesto que existe en las más diversas culturas. Yocasta opta por el suicidio, Edipo por cegarse a sí mismo y por el destierro.

En los versos finales de la tragedia, el corifeo concluye que no debe considerarse feliz a ningún mortal hasta que “haya franqueado el final de su vida sin haber sufrido gran dolor”. O en otros términos: que la vida humana está sometida a una radical incertidumbre. Tengámoslo siempre presente. El destino es inescrutable para bien o para mal. Somos “leves briznas al viento y al azar”, como lo dijo, en la Canción de la vida profunda, Barba Jacob.

Leo en la actualidad: Enigmático Edipo, mito y tragedia, de Carlos García Gual, editorial Fondo de Cultura Económica. Contiene una excelente traducción de la tragedia, la continuación del mito edípico en Sófocles y en otros autores, antiguos y modernos, comentarios sobre la obra y una amplia reseña de los debates que ella sigue generando. Me pregunto a qué se debe que esa historia siga siendo tan atractiva en un mundo en que las religiones paganas han sido abolidas y la indiferencia religiosa es generalizada. Quizás la explicación, en efecto, consista en el miedo que sentimos frente al destino, la suerte o el azar que pueden clausurar nuestra vidas, o darles un giro radical de un instante para el otro.

(III). Don Quijote. Fue el primero y el más grande de mis amores literarios. Es el texto fundacional de la novela moderna y el estandarte incuestionable de la lengua española, nuestra patria intangible. Se deja leer de manera fragmentaria y sin ningún orden específico. Basta con pillarse en el índice en qué capitulo comienza una determinada aventura o peripecia, y leerla completa. No será un esfuerzo extenuante. Los distintos episodios son, en su dimensión externa, cómicos o ridículos, pero, en el fondo, tristes: Don Quijote, bueno hasta la médula, fracasa una y otra vez. Las conversaciones entre El caballero de la triste figura y su escudero destilan la sabiduría de ambos personajes, idealista uno, pragmático el otro, hasta que al fin de la obra, con la intención de alejar el espectro de la inminente muerte de su amo, Sancho le propone comenzar un nuevo ciclo de las andanzas que siempre creyó disparatadas. Es la culminación de un proceso sutil y paulatino que ocurre en la segunda parte de la novela. Sancho termina por creer algunas de las fantasías de Don Quijote.

Vayamos a las ediciones. Una de las más célebres es de 1833. Todavía se publica, cuenta con abundantes notas de Diego Clemencín, que por largo tiempo fueron insuperables, y con los hermosos grabados de Gustavo Doré. Está en mí biblioteca por generosidad tuya. Entre las modernas, prefiero la publicada en 2005 por la Academia Española de la Lengua por dos razones: el extraordinario prólogo de Mario Vargas-Llosa, y por su aparato crítico que recoge los mejores estudios cervantinos hasta ese momento.

Existe otra muy interesante publicada por Arturo Pérez-Reverte, quien no solo es un gran novelista, como lo dije más arriba; también es notable académico de la lengua. Al respecto escribí en 2015:

El factor que la diferencia de tantas otras… es que se trata de una versión abreviada de la obra cervantina, delicada labor de poda del jardín narrativo que se ha realizado con el fin de facilitar a los jóvenes su primera lectura quijotesca. La primera reacción de este lector impenitente ha sido de escándalo: la genialidad indisputable del texto no puede verse menos que deteriorada si alguien se atreve a modificarlo. Al Quijote nada le sobra. Sin embargo, debo reconocer que grandes segmentos son prescindibles, comenzando por los relatos ajenos a la trama principal que se insertan en la primera parte (falla advertida por el propio Cervantes que los omitió en la segunda); y siguiendo por numerosas digresiones cultas o mitológicas que, quizás, fueron escritas para lograr reconocimiento entre las élites de su época. Don Miguel, como se sabe, fue soldado y burócrata de bajo rango que no gozó de prestigio entre sus contemporáneos ilustrados.

Querido Mauricio:

Como quizás lo imaginaste, no era tarea sencilla elaborar para ti un listado de lecturas recomendadas como las que suelen aparecer con regularidad en la prensa. No soy un influencer ni cantante de moda, tampoco un escritor de prestigio, que pueda inducir la lectura de cualquier cosa que recomiende. Mi único título para justificar la osadía de mandarte esta larga carta es el afecto mutuo, y el haber sido un devoto lector desde la infancia. Borges escribió en alguna parte: “Que otros se enorgullezcan por los libros que han escrito, yo me enorgullezco por los que he leído”. Recuerdo con cierta ternura mis horas de lectura en el refectorio de los sacerdotes que regentaban mi colegio. Creo recordar que me miraban esbozando una discreta sonrisa, mientras leía, a mis catorce años, y, por supuesto, sin entender casi nada, a un gran sabio del renacimiento, Erasmo de Róterdam. Por factores dolorosos que no mencionaré, yo era el único estudiante interno. Con sorna mis compañeros me llamaban ‘el niño de los curas’. ¡A mí que no era huérfano!

Termino de escribirte luego de haber concluido, hace dos noches y por segunda vez, la lectura de El Infinito en un Junco, el libro de Irene Vallejo, cuya belleza y profundidad son difíciles de igualar. A modo de homenaje y colofón voy a citarla:

En diferentes épocas, hemos ensayado libros de humo, de piedra, de tierra, de hojas, de juncos, de seda, de piel, de harapos, de árboles, y, ahora, de luz ―los ordenadores y los ebooks―. Han variado en el tiempo los gestos de abrir y cerrar los libros, o de viajar por el texto. Han cambiado sus formas, su rugosidad o lisura, su laberintico interior, su manera de crujir o susurrar… pero lo incontestable es el éxito apabullante del hallazgo.