La pregunta habría parecido absurda hace apenas una década. Durante generaciones, América Latina observó a Europa como referente de nuestra cultura y modelo de desarrollo, estabilidad institucional y prosperidad.
Hoy, sin embargo, algo está cambiando.
Lo comprobé en Viena, donde fui invitada a participar en la conferencia internacional A New Alliance-Why the Americas Matter for the Future of Europe, organizada por Patriots for Europe, la alianza de eurodiputados y partidos soberanistas que se ha convertido en el principal referente de la nueva derecha europea.
En los salones del Skybox Vienna, conversando con parlamentarios, académicos y dirigentes de distintos países, comprendí que Europa ha empezado a mirar hacia América en busca de respuestas para una crisis de identidad que sus viejas recetas ya no pueden resolver.
El continente que durante siglos fue sinónimo de libertad económica, innovación y referente de la civilización occidental parece atrapado en una maraña de burocracia, regulación excesiva y dogmatismo.
Muchos de sus dirigentes olvidaron la fórmula que hizo grande a Occidente como heredero de la civilización judeocristiana: la defensa de la propiedad privada, la familia, el respeto por la soberanía nacional, el imperio de la ley y la libertad individual.
No es casualidad que esta preocupación sea especialmente fuerte en países que conocieron de primera mano los horrores del totalitarismo.
Europa nunca fue una sola. Mientras que buena parte de Europa occidental consolidaba el Estado de bienestar como la gran conquista social de la posguerra, al otro lado del telón de acero millones de personas aprendían, a un costo inimaginable, que cuando el Estado concentra el poder, la libertad termina siendo la primera víctima.
Por eso no sorprende que, tras la caída del Muro de Berlín y la reunificación del continente bajo el proyecto europeo, fueran precisamente Hungría y Polonia las primeras en cuestionar el creciente centralismo de Bruselas.
Quienes sobrevivieron al yugo soviético reconocieron antes que nadie que la libertad no desaparece de un día para otro, sino que se erosiona lentamente, envuelta en discursos bien intencionados y en promesas de mayor igualdad.
Esa memoria también permanece viva en Austria. Viena, antigua capital del Imperio austrohúngaro, no es simplemente una ciudad monumental; es un lugar donde la historia recuerda, a cada paso, los desastres provocados por las distintas versiones del colectivismo que marcaron el destino de Europa durante el siglo XX.
No es casualidad que aquí floreciera una tradición intelectual decidida a demostrar que ninguna sociedad puede prosperar cuando el Gobierno sustituye la creatividad, la responsabilidad y la iniciativa de sus ciudadanos.
Sin embargo, Europa parece empeñada en olvidar esas lecciones.
Francia enfrenta un gasto público que supera la mitad de su economía y una estructura estatal cada vez más difícil de sostener. Alemania, durante décadas motor industrial del continente, observa cómo la sobrerregulación y la creciente intervención gubernamental afectan su competitividad. España tiene una economía que crece por inercia, pero que se arriesga a quedarse estancada en un modelo de bajo valor añadido si no logra reducir la presión burocrática y mejorar su productividad.
El emprendedor europeo está atrapado en un laberinto de permisos, restricciones ambientales, cargas laborales y nuevas regulaciones, que terminan castigando la innovación y empujando la inversión hacia otras regiones del mundo.
Herbert Kickl, líder del FPÖ austriaco, resumió recientemente una preocupación compartida por millones de europeos: el verdadero riesgo para la democracia proviene de una élite política y burocrática que cada vez gobierna más lejos de la voluntad de los ciudadanos.
Mientras que Europa enfrenta este desgaste silencioso, las Américas han desarrollado una experiencia que hoy resulta valiosa para el mundo occidental.
Nosotros conocemos bien los efectos del estatismo en su versión más agresiva. Por eso, América Latina se ha convertido en un verdadero laboratorio de resistencia frente a la ingeniería social que amenaza a Occidente. Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Perú y ahora Colombia se han convertido en la vanguardia de una inédita ruptura ideológica contra la izquierda anacrónica.
La conversación que hoy comienza entre Europa y las Américas trasciende el comercio, la diplomacia o la geopolítica. Es, ante todo, una conversación sobre la supervivencia de los principios que hicieron grande a Occidente. Europa necesita recuperar la audacia que alguna vez la convirtió en referente de libertad, mientras que las Américas tienen la responsabilidad de no repetir los errores que tanto dolor y atraso nos han costado.
En Colombia, ese desafío es especialmente urgente. Recuperar la confianza en la iniciativa privada, fortalecer el Estado de derecho, garantizar la seguridad jurídica y devolverles el protagonismo a quienes producen, emprenden y generan riqueza es la condición indispensable para reconstruir una nación que durante años ha visto erosionadas sus instituciones por el avance del estatismo.
La prosperidad occidental nació de la libertad. Europa ha comenzado a mirar hacia las Américas porque comprende que este ya no es un debate sobre modelos económicos, sino sobre el futuro mismo de nuestra civilización.
