OPINIÓN

Redacción Semana

Somos la voz de las mujeres que no tienen voz

Por: Paula López Espinosa
11 de septiembre de 2023 a las 10:20 a. m.

La violencia contra las mujeres y las niñas es un problema de proporciones desbordantes. Una de cada tres mujeres hemos sufrido algún tipo de abuso a lo largo de nuestra vida y el agresor generalmente es alguien cercano a nuestro entorno.

Las Naciones Unidas define la violencia de género contra la mujer como todo acto de violencia física, psicológica, emocional, sexual, económica e institucional que resulte en un daño contra la integridad de la mujer.

En el año 2008, el secretario general de la ONU puso en marcha la campaña “Unidos para poner fin a la violencia de genero contra las mujeres”, apelando al “Imperio de la ley” como vehículo para su erradicación, con el objetivo de que todos los países adoptaran leyes específicas contra esta violencia de conformidad con las normas internacionales de los derechos humanos.

Cuando oímos hablar de violencia de género, lo primero que imaginamos es que son hechos que suceden en lugares lejanos como Afganistán, en donde las mujeres son golpeadas por quitarse el burka en público o -peor aún- cuando las familias entregan a sus hijas menores de edad para que contraigan matrimonio forzoso a cambio de dinero para subsistir.

Es muy probable que nuestra sociedad occidental no sea consciente del altísimo grado de violencia de género presente en nuestro entorno más cercano.

Cuando las mujeres llevamos en el alma y en la piel “heridas de guerra”, usualmente las escondemos, aunque hayamos librado las más dolorosas batallas algunas físicas y otras emocionales.

Existe aún la tendencia a creer que la violencia contra la mujer es algo que se ve solamente en los noticieros o en los periódicos, sin embargo, no nos detenemos a reflexionar que existen cientos y miles de mujeres que sufren o han sufrido este flagelo y lo normalizan o lo callan, pues sienten que en ocasiones es mejor perdonar, olvidar e intentan meterlo en el bote de la basura.

Sé que son más las mujeres que intentan relativizar esta situación, pues poco o nada pueden hacer al respecto, porque lastimosamente cada vez nuestra sociedad -y en ocasiones las leyes- no castigan ni sancionan a los victimarios.

Cuando se trata -por ejemplo- de violencia física, es más fácil de denunciar, pues nos quedan heridas en la piel, pero cuando se trata de violencia psicológica y maltrato emocional o traición, no podemos ir a mostrar aquellas heridas invisibles, pero que sangran y quedan en el alma.

¿Cómo se demuestran? ¿Cómo se enseñan? ¿Cómo se evidencian si quedan tatuadas debajo de la piel y marcan con cicatrices invisibles nuestra dignidad y autoestima?

Si eres mujer y estás leyendo estas líneas, pregúntate si en tu infancia, en tu adolescencia o en tu vida adulta, has vivido algún tipo de violencia física, verbal o psicológica por parte de algún hombre cercano a tu vida.

Ahora pregúntate, ¿cómo ha afectado este choque emocional tu vida y tus relaciones? ¿Lo has traído a tu conciencia o lo has trabajado en un proceso de sanación o terapéutico? ¿O quizá lo has callado y has hecho de cuenta que no sucedió? Si aún lo tienes callado y escondido, ten cuidado, pues tarde o temprano saldrá a flote en tu vida psicológica y emocional.

Hoy te pregunto; ¿crees que es más doloroso para una mujer musulmana que su esposo la golpee por no obedecer sus leyes autoritarias?

¿O es igual de doloroso que una mujer de nuestra sociedad sufra maltrato y violencia doméstica, a través de atropellos psicológicos y emocionales, golpes, empujones, humillaciones, críticas permanentes, infidelidades y agresiones de todo tipo?

No existe un termómetro físico ni emocional, que mida los grados de dolor que sufrimos las mujeres cuando atravesamos el umbral del padecimiento que en silencio va desgarrando la piel del alma.

Desde niñas algunas, en su adolescencia otras, en su vida adulta y quizá ahora mismo, muchas mujeres nos preguntamos, ¿ahora qué hago con este dolor? Algunas han sido víctimas de padres autoritarios que se han creído con el derecho de gritar y ofender a sus hijas, escondidos en la falsa moral de darles una educación, corrigiéndolas de modo violento y a veces golpeándoles el cuerpo o el corazón, dejándoles la autoestima herida de muerte.

Otras hemos sido víctimas de golpes, puñetazos y patadas que nos dejan el cuerpo herido y el corazón partido, dejándonos el sistema nervioso desconfigurado y alterado. Perdonarnos por haberlo permitido y aprender a respetarnos es nuestra tarea espiritual.

También las heridas ocultas que nacen del adulterio, del irrespeto, de las mentiras, de las humillaciones, de los gritos, de la violencia verbal, de la descalificación, la manipulación, el abandono y el engaño, son heridas que dejan traumas, en ocasiones irreparables e imposibles de sanar.

Las mujeres heridas no pueden llegar a un juzgado de familia a demostrar cómo han sido laceradas en su dignidad, las mujeres no tienen voz para defenderse y en la mayoría de las ocasiones no tienen medios económicos ni la fortaleza emocional para buscar ayuda legal o terapéutica, por eso debería haber más mujeres capaces de levantar su voz por aquellas mujeres que no tienen voz. Si nos atrevemos a denunciar, podríamos entre todas crear jurisprudencia, es decir, incentivar la creación de nuevas leyes que encuentren sustento en decisiones que han sido dictadas en casos similares anteriores y que vayan transformando nuestro sistema judicial en uno que nos proteja y nos dé seguridad.

El 65% de las mujeres víctimas de violencia de género no tienen trabajo, el 16% trabajan sin contrato y en condiciones de absoluta desprotección, sin embargo, hay buenas noticias, las denuncias por violencia de género alcanzaron su máximo histórico, lo que pone en alerta al sistema judicial y lo exhorta a crear más leyes para la protección de las mujeres adultas, las adolescentes y las niñas.

Mi columna aquí tiene el propósito espiritual y moral de lograr una creciente de la conciencia social y un estímulo para que las víctimas rompamos el silencio, pues seguir callando solo aportara más fuerzas a la impunidad judicial y social.

¿Qué es para ti violencia de género? Respóndete esa pregunta en las entrañas de tu alma y de tu dignidad, porque si de algún modo has sido víctima, puedes levantar tu voz de modo valiente para honrar las heridas y el dolor de quienes no la tienen.

Shakira -como cantautora- se atrevió a denunciar a través de su arte, yo como escritora lo hago a través de mis ensayos, libros y conferencias, tú, ¿qué podrías aportar a nuestra familia de mujeres que trabajamos día a día por construir un mundo más justo, equitativo y humano?

Quizá eres abogada, juez, quizá doctora o enfermera, diseñadora, administradora, artista, ama de casa, terapeuta o simplemente una mujer valiente, que siente la poderosa fuerza interior, que la inspira para ayudar a reconstruir nuestro tejido social, a sanarlo y repararlo.

Te invito a que esta reflexión te lleve a ser uno de los hilos del alma de las mujeres madres, hijas, esposas, hermanas y amigas; que nos unimos para proteger la semilla sagrada que engendra y da luz al género humano.

Si eres una mujer víctima de algún tipo de violencia de género, está en tus manos empoderarte, lo que significa la renuncia absoluta a permanecer herida, levántate, sánate, perdona y perdónate, transforma tu dolor en algún talento o misión que pueda transformar el mundo.

Levanta tu voz y ayuda a otras mujeres a salir de su cárcel emocional.

Enaltezco y honro a cada uno de los hombres que tratan a las mujeres como el pétalo de una rosa, en nombre de cada alma femenina agradezco a los caballeros que son incapaces de romper o agredir la vida de una mujer, ellos son el equilibrio y la esperanza de las mujeres, quienes esperamos que los hombres sean nuestros compañeros de vida y nuestros aliados.

A los hombres decentes, honestos, leales, fieles, cariñosos, tiernos, responsables, éticos y respetuosos, gracias, porque por ustedes aún creemos que es posible construir un mejor mañana para cada una de las mujeres de las próximas generaciones, a quienes queremos dejarles un mundo mejor.

A los demás hombres, recuerden que sus hechos dicen más que sus palabras, destrozar vidas tiene un costo muy alto.

Mi píldora para el alma

¡No te rompas a ti misma por mantener completos a los demás!

Recuerda que tu dignidad es tu más alto valor y que no es negociable. Nadie sabe tu valor si tú no se lo enseñas.

¡Atrévete a levantar tu voz!