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Opinión

  • | 2017/11/04 10:42

    Ojalá que aprendamos la lección

    La displicencia por la periferia nacional y las regiones remotas del centro del país fue la generadora de los grupos armados que impusieron su ley y la causa de que el país se nos llenara de coca.

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Después de que Timochenko, el jefe del grupo negociador de las FARC, se proclamó como candidato a la Presidencia; de que las curules de ese grupo en el Congreso son un hecho; y luego de la proliferación de “disidencias” que adelantan las acciones que realizaba antes el grupo armado, las críticas contra el gobierno y el acuerdo de La Habana se han incrementado. Sin embargo, si el negociador del acuerdo por el gobierno se postula también como candidato por el Partido Liberal, ¿cuál es la queja?

La paz con la guerrilla fue el lema principal de todos los gobiernos desde hace muchas décadas. Hasta el punto de que el país, después de que presenció “en vivo y en directo” los sangrientos golpes infringidos al ejército durante la administración Samper y convencido de que la única forma de subsistencia era la negociación, eligió como presidente a Andrés Pastrana, luego de que apareció en una fotografía departiendo con Tirofijo.

Después del fracaso de la Zona de Distensión, cuando el país nuevamente se sitió desbordado y perdió la esperanza en el diálogo, eligió a Uribe, que había prometió una acción enérgica contra la guerrilla.

Miles de estudios se han elaborado sobre el problema colombiano. Muchos de ellos por pomposas organizaciones o expertos extranjeros que se olvidan de que, por los designios de su destino geopolítico, nuestro país siempre “miró hacia adentro”. Todo giraba alrededor de Bogotá, Medellín, Cali y Barranquilla, de esta, por ser la “puerta de oro de Colombia”.

El Pacífico, separado del resto del país por la Cordillera Occidental, era otro mundo. Al sureste de la Cordillera Oriental, estaban los “territorios nacionales”, que eran regiones de “infieles” y de “tribus bárbaras”, como decía el concordato, encomendadas a misioneros católicos extranjeros.

En los colegios de religiosos a los alumnos se les pedían contribuciones para las misiones, pero para las del Congo, mucho más conocido que la Costa Pacífica, el llano, la Amazonia, La Guajira y San Andrés. Incluso no faltaban muchachas que después de una decepción amorosa se iban como misioneras en esa colonia belga, donde estaban los Pigmeos, una tribu de enanos más conocidos en Colombia que los piapocos o los huitotos que habitaban en nuestro territorio.

Ejemplo de esa mentalidad fueron las instrucciones que don Clímaco Calderón, abogado, exmagistrado de la Corte Suprema de Justicia, designado a la Presidencia de la República y embajador en Estados Unidos, impartió como ministro de Relaciones Exteriores en el año de 1905 a Enrique Cortes, nuestro representante en Washington para adelantar gestiones con el gobierno de ese país:

“Desea el gobierno vender las islas de San Andrés y Providencia que ninguna ventaja le proporcionan y que por el contrario ocasionan al Tesoro Público erogaciones considerables, antes que verlas separadas y sustraídas de la soberanía de Colombia”.

La periferia nacional, olvidada y desconocida, así como las regiones remotas del centro del país fueron ocupadas por esforzados colonos que hacían patria donde no había comunicaciones ni medios de ninguna clase. Pero también para allá migraron delincuentes que se impusieron como autoridad mientras que esas regiones se llenaron marihuana y coca, con todos los problemas que conllevan.

Cuando el país se dio cuenta, ya era demasiado tarde. Esa ignorancia displicente hacia la otra parte de Colombia nos llevó a la situación actual. Ojalá que aprendamos la lección.

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