OPINIÓN

Redacción Semana

Todo lo destruyen

Gobernar con la doctrina del odio y la revancha, creer que se es infalible o que un país se maneja como una finca son aberraciones del poder, especialmente cuando no se está preparado para ejercerlo.
10 de enero de 2024 a las 11:09 a. m.

Muchos ejemplos alrededor del mundo muestran que todo lo que toca la izquierda lo destruye o lo corrompe y tanto las amargas experiencias del vecindario, como lo que nos está agobiando hoy a los colombianos, lo confirman. Esta ideología política sólo busca llegar al poder para imponerse a la fuerza, violentando a la población, pasando por encima de sus derechos, seduciendo falsamente a muchos incautos para tiranizarlos y posteriormente lucrarse con la explotación de sus capacidades, pero nunca buscando el bienestar o la prosperidad de los ciudadanos, ni tampoco el progreso del país.

Gobernar con la doctrina del odio y la revancha, creer que se es infalible o que un país se maneja como una finca son aberraciones del poder, especialmente cuando no se está preparado para ejercerlo. Tratar de pasar por encima de la Constitución, gobernar sólo para unos grupos, abusar de su posición política, generar enfrentamientos sociales o gestar una sociedad de zánganos que vivan del Estado para hacerlos sus esclavos políticos, en lugar de conducir el Gobierno con visión de progreso, de integración y de desarrollo, son características de sistemas totalitarios o dictatoriales.

El nuevo año ha traído para gran parte de los colombianos tristeza y dolor de patria frente a posiciones gubernamentales, posiblemente impulsadas por la animadversión acrecentada de los zurdos al haber perdido poder político en las pasadas elecciones, como es el caso del débil apoyo a los Juegos Panamericanos con sede en Barranquilla y, por consiguiente, las desastrosas consecuencias económicas para esta bella región, o las trabas a la ampliación de la Autopista Norte en Bogotá requerida para descongestionar el tráfico ante situaciones que agobian diariamente a los conductores, o la ausencia de presupuesto para terminar las vías 4G de la pujante Antioquia, o promover una nueva reforma tributaria para ahorcar financieramente a las personas naturales, posiblemente buscando recaudar fondos para financiar a lo que pueden ser sus milicias populares.

Casos como el denominado proceso 15.000 (acordémonos de las infidencias del alfil Benedetti) o las investigaciones por la violación a los topes de las campañas, o los procesos que involucran a los familiares y a personas muy cercanas al poder, parece que se han ralentizado y ojalá que no vayan a ser olvidadas en el tiempo. El despilfarro gubernamental creando entidades innecesarias, dotándolas con centenares de trabajadores para enriquecer la bolsa partidista, la promoción de una falsa austeridad, la impunidad ante el delito y las negociaciones extremadamente laxas con el ELN, sumado a la asfixiante inseguridad y la aparente ineficiencia de la fuerza pública para combatirla, tienen un impacto desalentador frente al futuro inmediato del país.

Cada día se está polarizando aún más a la población por decisiones totalmente desacertadas que afectan a grandes regiones del país y están generando un ambiente político de mayor incertidumbre, llegando a promoverse en varios espacios de diálogo el interés de la federalización del Estado, e inclusive algunos entes territoriales visualizan lo que puede llamarse una desobediencia fiscal, debido a la gran brecha entre la generación de recursos para el Gobierno central y la escasa retribución de los mismos a estos entes para el desarrollo de sus proyectos de inversión.

Al país le ha costado muy caro el experimento de llevar al Palacio de Nariño a un gobierno de izquierda, el cual ha logrado causar tanto daño en tan poco tiempo a la economía, a la industria, a la imagen y prestigio internacional, a la sociedad en general, pero particularmente está afectando a las personas de menores recursos. Su radicalismo ideológico, plasmado en las reformas a la salud, a la justicia, a las relaciones laborales, tienden a acabar con los sistemas que han sobrepasado duras pruebas como la pandemia y que han demostrado su efectividad, pues lo que busca el Gobierno, al mejor estilo marxista, es que el proletariado dependa totalmente del régimen para controlarlo.

Colombia debe ver el futuro incierto que le espera si no se cambia la dirección política que hoy nos controla, así como debe fortalecer y aplicar los principios y valores que verdaderamente apuntalan a una sociedad de avanzada.