Es la primera vez que niega un noviazgo de su nómina de parejas y encuentros fugaces, exhibidos unos, ocultos la mayoría. En realidad, lo que haga Petro con su vida privada no debería importarnos lo más mínimo si no fuese porque, al mezclarlos con la esfera pública, afecta no solo sus neuronas, sino la política nacional y la de Estado, en especial cuando viaja fuera de nuestras fronteras o practica la altisonante diplomacia de X en sus febriles madrugadas.
Como no existen criterios profesionales que justifiquen el nombramiento de unas mujeres que carecen de la experiencia, mundo y madurez que requieren los cargos de máxima responsabilidad y confianza presidencial, interpretamos que en ocasiones las escoge y mantiene por los escabrosos secretos que guardan, modelo Laura Sarabia. En otras, por una relación íntima y, en unos más, como el de Angie Rodríguez, al necesitar una hormiguita esclavizada que maneje su caótica agenda, guarde silencio sepulcral ante las embarradas que presencie y cumpla las peticiones burocráticas y contractuales de determinados alfiles petristas.
Lo de la joven costeña que contaba con un helicóptero de la Policía a su servicio, la resguardan camionetas blindadas y guardaespaldas, falsifica títulos académicos y posee un insolente descaro para encubrir sus innumerables trampas y (presuntos) delitos termina siendo la tapa del abuso institucional.
Luciendo una gorra verde oliva a lo Che, atuendo elegido para satisfacer a su patrón, Juliana Guerrero saltó a la palestra nacional en un consejo de ministros televisado, consciente de que emprendía una pestilente y torcida ruta que coronaría en su tierra natal.
Por los pasillos del Palacio de Nariño corrían rumores que daban por hecho que mantenía los inmerecidos, vergonzosos y delictivos privilegios debido a sus amoríos con el presidente. No era ni es la única, como nos ha dejado claro el propio Gustavo Petro, pero, por alguna razón, los relatores del culebrón palaciego, no apto para menores de edad, aseguran que Verónica, cuando seguía siendo esposa y primera dama, montó en cólera al descubrirlo y la mandó sacar, al menos de su vista.
Dirán que los chismes de almohada no son propios de una columna de opinión, pero una joven que protagoniza un tsunami de escándalos ligados al Gobierno y que sigue ostentando un poder inmerecido justifica que nos adentremos en espacios que deberían mantenerse fuera de los focos mediáticos. Sobre todo, porque es el propio jefe de Estado el que desnuda sus intimidades.
Cuando uno esperaría que ordenara investigar las denuncias sobre Juliana Guerrero expresadas por Angie Rodríguez y despidiera a continuación a la directora del Fondo Adaptación, el estrafalario mandatario, restándole apenas un trimestre de presidencia, respondió en su cuenta de X (reproduzco textual): “No hablo de mi vida sentimental sino de acuerdo a mi decisión libre”.
Y remató el insustancial y delirante mensaje, que confirma el inquietante estado mental del ultraizquierdista aprendiz de tirano, con un “Si el poder se mete en la intimidad, se muere la libertad humana”.
Indiferente ante las críticas y segura de contar con el favor presidencial, Guerrero consiguió meter sus venenosos tentáculos en la Universidad Popular del Cesar, conforme a diversos informes periodísticos.
Lo que mucha gente ignora es el poder que atesora quien controla una entidad educativa de presupuestos multimillonarios y gestión discrecional. Desde otorgar simples concesiones para explotar una cafetería hasta designar docentes entre jueces o funcionarios de un órgano de control, esperando que le devuelvan el favor más adelante, pasando por un abanico de oportunidades para embolsillarse plata. Me refiero, por supuesto, a si la persona persigue objetivos perniciosos en lugar de excelencia académica.
Lo develado por Angie Rodríguez abona la certeza de que estamos ante un jefe de Estado voluble y afectado por una vida disoluta, incapaz de poner siquiera orden en su propia casa. Rehúye rodearse de los mejores, opta por esbirros de escasa formación y mezcla sus desvaríos sentimentales con las responsabilidades presidenciales.
Aunque dedica insultos y calumnias a los periodistas, son sus funcionarios cercanos y familiares los que destapan las ollas podridas. Y es su manifiesta ineptitud, que ya prodigó en su alcaldía, la forjadora del Ejecutivo más corrupto de los últimos lustros. Un estilo de desgobierno que el candidato de la extrema izquierda, Iván Cepeda, no solo evade criticar, sino que pretende continuar.
NOTA: Recuerden, entre otros muchos despropósitos, que meses antes de estos últimos acontecimientos, con síntomas de hablar alicorado y ante la atónita mirada del alcalde de Bogotá, Petro declaró: “A ningún periodista chismoso le debe interesar qué hago yo en la cama. Hago cosas muy buenas y pienso. Y pienso y nadie se olvidará de mí porque seré inolvidable ahí”.
