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Alberto Donadio - Foto: DAVID ESTRADA LARRAÑETA

Un judío doblemente perseguido

No debe olvidarse ninguno de los numerosos casos de expulsiones de judíos y no judíos que narra Maryluz Vallejo al desvelar este capítulo sombrío de la historia colombiana.

Por: Alberto Donadio

Juan Jaroso fue hace 90 años el presidente del Centro Israelita de Bogotá. De él dejó un retrato Simón Guberek, un judío polaco que recorrió Colombia de cabo a rabo como agente viajero y escribió un ameno libro de memorias llamado Yo vi crecer un país: “Figura central de nuestras tertulias, un judío-ruso, de cuyos labios brotaba el español como leche o miel. Jaroso tenía un don especial y aunque administraba, con cierta modestia, una sastrería en el Edificio Liévano, toda lagente inmigrante nueva le miraba como a un ser sobresaliente, más aún, admirable.

Él ayudó al ‘verde’ o recién llegado, no sólo con sus consejos sino con hechos”. Jaroso, que se cambió el apellido original, Jarowski, fue expulsado del país por una silenciosa calumnia y nunca más se supo de él, según Guberek. La historia completa acaba de divulgarla la profesora Maryluz Vallejo en su libro sobre los expulsados del siglo XX, Xenofobia al rojo vivo en Colombia, sobre expulsiones de extranjeros de muchas nacionalidades. Ella encontró en el Archivo General de la Nación el expediente sobre Jaroso y gracias a sus dos nietas conoció el aciago desenlace.

Jaroso fue embarcado en Puerto Colombia hacia Kiev, capital de Ucrania, donde murió poco después, víctima de las purgas de Stalin. La esposa de Jaroso, una campesina de Ubaté, se quedó en Bogotá. Estaba embarazada de Elías, que nació en 1933, y fue llamado así por expreso deseo del padre. Elías se casó con una señora Forero y de ese matrimonio nacieron Vilma y Bertha Jaroso Forero. Del abuelo expulsado heredaron unas mancornas de oro, que hoy usan como anillos, y unas cartas. La tinta de esas misivas se había corrido con tantas lágrimas que la esposa de Jaroso derramaba sobre ellas al leerlas y por eso “estaban remendadas literalmente con aguja e hilo”, cuenta la profesora Vallejo. Juan Jaroso fue expulsado por la doble persecución de las autoridades colombianas y las intrigas de otros judíos que lo acusaron.

Este es apenas uno de los detallados sucesos que reconstruye la autora sobre la expulsión de franceses, japoneses, húngaros, ingleses, alemanes, venezolanos, chilenos, etc. Concluye Maryluz Vallejo que la persecución no ocurrió tan marcadamente en los regímenes conservadores, sino en los liberales: “Desde el primer gobierno de la República Liberal [en 1930] hubo judíos expulsados, pero en los mandatos de Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos la intimidación dejó de ser soterrada para volverse pública e implacable”. Eso no sorprende de Santos, el cual al posesionarse en 1938 cerró las fronteras a los judíos que ansiosamente deseaban llegar a Colombia, pero las abrió a los republicanos españoles.

En agosto de 1938 se posesionaron Eduardo Santos como presidente, Luis López de Mesa como canciller y el futuro director de El Tiempo, Roberto Posada García-Peña, como secretario del ministerio. Maryluz Vallejo cita a Guberek: “No son fáciles de describir las esperanzas que alentamos en aquella hora de angustia infinita que se vivía en Europa, con la llegada de estos tres patricios de la democracia a cargos desde los cuales podrían hacer inmenso bien a gentes cuya vida se consideraba perdida. García-Peña debía resolver las solicitudes de los aspirantes a encontrar salvación del infierno nazi y, para responder a la sagrada verdad, toda solicitud llegada a la Cancillería colombiana se decidió favorablemente por el gran periodista porque así se lo dictó su recta y humanitaria conciencia.

Se rescató por entonces de los asesinatos en masa, de los campos de concentración y de los hornos crematorios a mucha gente que hoy vive su vida normal en Colombia, al lado de sus seres queridos, contribuyendo al trabajo de la nación”. Continúa Guberek: “Pero un día (no un buen día, sino un mal día) algo raro sucedió en aquel Ministerio. Notamos la atmósfera cambiada y tuvimos la impresión de que un proceso diametralmente contrario al anterior había dado comienzo. Por orden del señor ministro de Relaciones Exteriores toda solicitud de permiso para ingresar al país pasaría a su despacho para su solución personal. Y desde entonces fue represada la corriente humana que huyendo de Hitler buscaba abrigo en el país de Bolívar y Santander.

Aquella fue una realidad triste, muy triste para nosotros, pero no debe callarse”. No debe olvidarse ninguno de los numerosos casos de expulsiones de judíos y no judíos que narra Maryluz Vallejo al desvelar este capítulo sombrío de la historia colombiana. Doblemente sombrío porque Colombia se preció de ser tierra de asilo y en el periódico del doctor Eduardo Santos se derramaron ríos de tinta sobre la epopeya del asilo concedido en 1949 a Víctor Raúl Haya de la Torre, el líder aprista peruano. Asilo que, dicho sea de paso, concedió no un eximio repúblico liberal, sino el presidente conservador Mariano Ospina Pérez.