La coherencia no es solo una postura, es el refugio de quienes decidimos no negociar con la verdad. Por eso, mientras algunos se pierden en los moldes de la corrección política, yo he preferido llamar a las cosas por su nombre. Hoy la coyuntura me da la razón. Cuando veo a Colombia en manos de quienes pretenden desmantelarla, mi mayor orgullo es no haber claudicado jamás.
Por eso terminaré este ciclo en el Senado de la República con la misma satisfacción del deber cumplido y la coherencia inquebrantable con la que he actuado durante todos estos años. No me debo a los cálculos políticos ni a componendas burocráticas; mi compromiso es con los ciudadanos que ven en mi voz una defensa de sus valores más profundos. Por eso quiero hablarles con absoluta claridad al país y, especialmente, a quienes han creído en este proyecto político que no se dobla ni se rinde.
Frente a la próxima elección presidencial, no niego que enfrentamos una encrucijada determinante. Yo quiero un candidato que no venga a prometer, sino que se comprometa con el alma con este país. Necesitamos a alguien que no relativice la justicia ante el bandido, que defienda sin temor a la familia como núcleo de la sociedad, que sea el terror de la corrupción y que tenga la claridad absoluta de que al criminal se le persigue o se le da de baja. Punto. El momento histórico que vive Colombia nos exige definiciones de fondo, no discursos para quedar bien con el establecimiento.
Rescatar a una nación que ha sido asfixiada por el progresismo y sometida al relato de quienes odian la libertad exige mucho más que fuerza; requiere la firmeza absoluta de las convicciones. Por eso, mi decisión se basa en principios innegociables y mi respaldo será para quien tenga el carácter de defender, sin un solo matiz, los cinco pilares que sostienen a toda sociedad civilizada: la vida, la familia, la propiedad privada, la libertad económica y la libertad individual.
Le propongo al país abrazar un proyecto de derecha real, una derecha con determinación. Necesitamos un liderazgo que tenga la valentía de restablecer el orden perdido, de garantizar la seguridad ciudadana en cada rincón del territorio y de hacer respetar la ley con todo el peso de la autoridad. No podemos seguir cediendo ante la criminalidad ni premiando a los violentos. Los grupos armados ilegales deben ser enfrentados con firmeza dentro del marco del Estado de derecho, asegurando que la justicia prevalezca sobre la impunidad que hoy nos gobierna.
La coherencia ha sido mi norte. Por eso mantengo mi rechazo frontal a la imposición de visiones ideológicas en las aulas. Tampoco respaldaré jamás la persecución a los empresarios, que son los que generan empleo. Y rechazaré por siempre el crecimiento desbordado de un Estado que devora la riqueza de los ciudadanos mediante impuestos confiscatorios.
Aquí no hay espacio para la confusión. El enemigo tiene nombre propio: se llama Gustavo Petro y su heredero designado, Iván Cepeda. Son dos comunistas que están dispuestos a destruir este país por el que hemos luchado de día y de noche.
El país se encuentra ante dos caminos excluyentes: el modelo del supuesto “cambio” que ha despedazado la seguridad y la economía, o el camino de quienes queremos recuperar el orden y la libertad.
Colombia necesita un liderazgo que defienda la ley, la empresa privada y la libertad individual por encima de cualquier pretensión colectivista. Ese será el único criterio que guiará mi decisión. Todo por Colombia, ni un paso atrás.
