El tesoro del monje

Lugareños y extranjeros buscan desde hace 240 años la fortuna escondida <br><br> por los jesuitas en la pampa araucana. Hasta ahora muchos siguen tras su pista.

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26 de octubre de 2007 a las 7:00 p. m.

Arauca ya era famoso por sus tesoros, muchos años antes de que la fiebre petrolera llegara a la región y lugares como Cravo Norte o Caño Limón pasaran de inspiración de joropos a estratégicos centros de reservas energéticas. Los araucanos hablan con orgullo de sus privilegiadas fauna y flora o de las odas a Tame, escenario desde el cual Bolívar y Santander lanzaron la decisiva campaña independentista de 1819 y único lugar de Colombia que resistió con éxito la reconquista española.

Aunque menos reseñada oficialmente y en parte atribuida a la imaginación de los lugareños, en Arauca parece existir otra riqueza que desde hace 240 años atrae a nacionales y extranjeros: el oro escondido por los jesuitas en 1767, cuando la corona española los expulsó de sus tierras. Según los historiadores de la región, un sacerdote de apellido Manare guardó allí el tesoro que los miembros de su congregación no podían llevarse debido a la represión de la Corona. La historia atrajo pronto a guaqueros de países vecinos, quienes pronto se dieron cuenta de que, a diferencia de narraciones como la de El Dorado, la del tesoro llanero no sólo tenía sustento histórico, sino mayor coherencia. Los jesuitas dejaron guacas en varios países y algunas de ellas fueron encontradas años después.

Milton Granados, un abuelo tameño reconocido por su buena memoria, descendiente de patricios de la región e historiador autodidacta, ya no sabe qué responder cuando le preguntan por el tema. En el fondo, piensa que el tesoro no existe, que fue desenterrado hace mucho tiempo por los religiosos o que algún desconocido pudo encontrarlo. Sin embargo, en Tame no es difícil escuchar historias de labriegos buscando oro a lado y lado del río Casanare. "La Hacienda Caribabare, de la cual fueron expulsados los jesuitas, tenía entonces más de 200.000 hectáreas en lo que hoy es Arauca y Casanare, así que el tesoro del padre Manare podría estar en cualquier parte", señala Granados.

Veinte años después de su última visita al sitio exacto donde comienza la historia, Granados aceptó volver a una pequeña finca no sólo ubicada en lo que fue la entrada de la famosa hacienda, sino heredera de su nombre original. El Caribabare de hoy está a hora y media de camino del centro de Tame por carretera destapada.

Basta entrar para apreciar vestigios del centro de evangelización y economía de los jesuitas. Ni el tiempo ni las reformas hechas por los nuevos dueños del lugar cubrieron por completo las paredes de piedra en las que se levantaban la iglesia, la procuraduría y uno de sus establos.

"Esto era inmenso. Dicen los libros que había unas 100.000 reses", señaló el historiador tameño. Luego caminó lentamente por la zona con el administrador del lugar, con quien revivió leyendas sobre el destino del tesoro. Una de ellas, también extendida por Casanare, señala que en la primera mitad del siglo XX, cuando petroleras como la Richmond hicieron presencia en la región, las multinacionales también traían detectores especiales para buscar el oro de los jesuitas.

La conversación del par de hombres fue avivada cuando llegaron a una figura de piedra en la que ya no se lee la inscripción de bienvenida tallada por los religiosos. El desolado lugar se llenó de misticismo, de vida, de ganado traído de las islas de Trinidad y Margarita, de chicha y vino de palma, de caneyes con paredes de esteras y de personas que, conocedoras del nivel de organización de la hacienda, preferían guardar allí sus tesoros, en vez de hacerlo ante la Corona española.

En el relato de los dos viejos quedaba claro que la vida en el Caribabare no siempre fue de ataques guerrilleros o paramilitares, de explotación petrolera y ni siquiera de coplas llaneras. Era, eso sí, de atardeceres soleados y de caricias del viento bajo los palmares. Hasta fue de prosperidad cuando el comercio desde Venezuela hacia Bogotá seguía la ruta de los ríos llaneros y la Sierra Nevada del Cocuy, que luego fue la ruta de los indígenas, de los conquistadores y de los lanceros de la Independencia. Era la época de un Tame mucho más grande y eficiente que el de hoy, bajo la administración de los religiosos que, al partir, dejaron tras de sí un montón de mestizos a medio adoctrinar, un abandonado ganado que pronto se volvió cimarrón y un tesoro escondido que nadie ha podido encontrar.