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| 10/6/2018 4:15:00 PM

No hay que saber mucho para ser buenos padres

Los hijos salen y no todo lo que son es culpa de nosotros, dice el profesor de filosofía, Gregorio Luri, autor de varios textos sobre pedagogía, quien estuvo en Colombia promocionándolos. Habló sobre la crianza con culpa, con miedo, y con neurosis.

Entrevista con Gregorio Luri sobre la crianza con culpa, con miedo, y con neurosis. No hay que saber mucho para ser buenos padres Foto: SEMANA

“La biblia es muy sabia”, dice Gregorio Luri, un reconocido filósofo y pedagogo español.  Y lo es, dice, porque comienza con una lección esencial para los padres: la de Adán y Eva, papás originalmente de dos hijos, a quienes educaron sin los aparatos tecnológicos de hoy. Y sin televisión, sin amigos, sin barrios problemáticos; de hecho los educaron en un paraíso, sin droga, en medio de naturaleza. Luri pregunta: “¿Y cómo salió cada uno?”.  Cuando la hace, su audiencia siempre suelta una gran carcajada sin necesidad de contestar. Y usa la historia bíblica para llegar a un punto y es que no hay padres perfectos. “El ejemplo de Caín y Abel nos ayuda a entender que los hijos salen”. Salen como cuando los papás dicen “este salió arquitecto, este salió gay, este salió introvertido”. Y la razón por la que son de una u otra forma no es culpa de los padres. Por lo tanto su llamado es a que ellos le rebajen un poco a las tensiones que se forman sobre esta noble misión de ser criadores de seres humanos. Explica que es imposible controlar lo que ellos serán porque los hijos no son solo nuestros. “Ellos  también son hijos de su tiempo y de sus opciones y una de esas opciones son sus amigos. Son nuestros sí, pero solo en parte”.

Luri estuvo en Bogotá presentando su libro La escuela contra el mundo y su más reciente trabajo El elogio de los padres sanamente imperfectos. A continuación un recuento de las ideas que planteó en su charla con Semana.com.

¿Qué necesitan saber los padres para educar a sus hijos?

Yo creo que los padres tienen que saber pocas cosas. Básicamente solo tienen que dejarse guiar por su sentido común. A veces a las nuevas generaciones les parece que son ellos los que han inventado la familia, y me parece que hay una cierta neurosis de la paternidad contemporánea porque quizás no tienen suficiente con hacerlo bien y quieren hacerlo perfecto. Y entonces ahí se vive una cierta tensión entre las expectativas y la realidad. La realidad es que los seres humanos no somos perfectos y si uno no es perfecto, pues dos tampoco y dos más un niño, tampoco. Tener un niño es maravilloso, pero también esa maravilla la tienes que comprar cara con horas de sueño y con problemas de todo tipo.

Entonces hay días buenos, días malos, hay regulares, y creo que aceptar que eres un ser humano imperfecto pero que no se contenta con ser imperfecto sino que está dispuesto a aprender de sus errores y de lo que hace bien y de lo que hace mal,  es la condición de un buen padre. Más aún, diría que nadie nos garantiza el éxito pero que eso tampoco es tan importante. Lo que es realmente importante es que les enseñemos a nuestros hijos a encarar los problemas con una cierta tranquilidad. Lo más importante, diría, es aprender a quererse entre los padres e hijos a sabiendas de que son imperfectos. Porque el hijo solo se hace adulto cuando es capaz de aceptar a sus padres conociendo eso.

La histeria de los padres: el colecho, el pecho y el biberón

“Hablamos demasiado de cosas que en el fondo no son tan problemáticas como nos parecen: que si la alimentación,  el colecho, si el pecho, si el biberón, si la escuela... Vamos acumulando problemas. Ocurre esto tan curioso de que queremos hacerlo todo tan bien que acumulamos problemas y problemas. Pero hay que decir que las cosas nunca pasan porque sí, sin razón. Y en este caso las razones para esa cierta neurosis de la paternidad contemporánea, no es que les haya entrado a los padres jóvenes de repente una especie de enfermedad colectiva. Hay elementos objetivos.

Primero, un elemento nuevo es que los niños han quedado sin ámbitos donde puedan vivir su infancia sin la supervisión de los adultos. Estén donde estén, hay un adulto vigilándonos. Cuando yo era pequeño mi madre estaba siempre deseando que fuera a jugar por ahí. Ahora no. Esos espacios se han reducido. Segundo, vivimos en una sociedad tecnológica y lo realmente nuevo de la tecnología es que nos induce a creer que para cada problema hay una respuesta específica, y  las cosas humanas no van así. No somos un manual en el que cada problema vaya acompañado por su respuesta.

El tercer elemento es de una importancia enorme. En España, cuando yo comencé a estudiar, los padres tenían claro que estudiar servía para progresar y lo que se entendía por progresar era trabajar menos que tus padres y ganar más. Ahora cualquier padre mira a su hijo de frente y no puede estar seguro de que él va a trabajar menos y a ganar más. Hay más elementos: las propias tecnologías hacen que nuestros hijos crezcan en un medio en el cual nosotros no tenemos experiencia. Normalmente las experiencias de los adultos que conservamos de la infancia nos sirven para aconsejar a nuestros hijos. Ahora vemos que las tecnologías van mucho más rápidas que nuestra capacidad para comprender sus efectos.

Por ejemplo, algo que potencialmente es preocupante es que  los niños comienzan a tener sus primeras informaciones sexuales a partir de la pornografía de los móviles, entre los 12 y 13 años. ¿Qué repercusiones va a tener esto? Por primera vez nos encontramos en esa situación. Por eso es comprensible que haya preocupaciones nuevas por parte de los padres. Lo que no me parece tan comprensible es que haya tantos supuestos especialistas ofreciéndoles soluciones fáciles. Te puedes encontrar muchísimos libros y muchísimas revistas que te dicen las cinco cosas que tienes que hacer para tener éxito pero no hay sustituto para el sentido común.

Sobre el derecho a equivocarse: llevamos con nosotros el rostro de nuestros padres

“Claro que se van a equivocar y ya aprenderán de sus errores, como nos hemos equivocado todos. Vivir en un ambiente humano es vivir en un ambiente en el que ahora aciertas, ahora te equivocas, ahora no sabes muy bien, ahora dudas. Y eso hay que vivirlo sin dramatismo. Eso es ser humano. Yo creo que hay realmente pocas cosas esenciales en la vida. Una de ellas es la que, en definitiva, hace que merezca la pena de verdad vivir: la posibilidad de encontrar a alguien que te quiera de manera incondicional. No porque es ciego y no ve tus defectos sino porque los ve y viendo tus defectos te quiere. Eso me parece que es maravilloso. Al principio te parece que la persona que quieres está en una nube y es perfecta, pero ahora sabes perfectamente qué es lo que no te gusta de tu mujer o de tu marido o de tu pareja, y puedes hacer una lista de las cosas que incluso te ponen histérico de ella, y a pesar de todo la quieres. Ese es el gran milagro de la vida humana.

Pues bien, a nuestros hijos los queremos así, de manera incondicional por una cosa muy extraña: por el hecho de haber llegado. No hay otro ámbito en el mundo en el que te quieran de manera incondicional por el hecho de haber llegado. En la vida profesional,  en la vida de los amigos y la de los vecinos exigen siempre algo a cambio de tu cariño, ya sea amabilidad, confianza. En casa tus hijos te pueden decepcionar mil veces diarias y sin embargo el cariño se mantiene. Eso es realmente algo que el hijo tarde o temprano descubre y cuando descubre eso, descubre también qué infantiles eran los juicios que hacía de sus padres porque no eran perfectos. Ese es el proceso de la vida. Nuestros hijos efectivamente nos van a poner en cuestión, pero si tenemos un poco de sentido común y recordamos un poco nuestra infancia sabemos que ser niño es tener más energía que sentido común para controlarlo. De niños hacen cosas que su propia energía, su propia impulsividad les lleva a hacer y después, con el tiempo, van adquiriendo el sentido común que te hace entender eso. Ahí es cuando echas de menos  a tus padres, porque sabes que te dan un cariño absolutamente incondicional por ser quien eres. Y porque una vez que has olvidado todo aquello que te decían, los regaños, lo que te queda son los ejemplos que te dieron y que llevas contigo para siempre.

Puede leer: El papel de los papás en la crianza importa

Yo alguna vez he escrito lo siguiente, no sé si les parezca un romanticismo barato,  pero lo creo y a veces me parece que en las cosas humanas un poco de cursilería va bien. La diferencia fundamental entre el hombre y el animal en cuanto a cuestiones familiares es que cuando el animal abandona el pecho de su madre, abandona a su madre; el ser humano cuando abandona el pecho de su madre se lleva el rostro de ella con él para siempre. Porque cuando amamantamos no estamos pendientes solo del pecho, no nos están nutriendo sino que nos está envolviendo en un clima psicoafectivo y ese rostro lo ves contigo. Esos que hablan del psicoanálisis, de esas pulsiones sexuales y todas esas cosas, yo las dejo un poco al margen. Lo que sé es que el rostro de mi madre me acompañará siempre. Esas cosas hay que valorarlas cuando tenemos a veces problemas, por ejemplo, en la adolescencia. Seamos honestos, voy a decir algo pedagógicamente poco correcto pero que cualquier padre con niños adolescentes entenderá. En la adolescencia hay momentos tan terribles con tu hijo que cualquier intento de dialogar con él no hace más que empeorar las cosas. Pues incluso en esos momentos hay que recordar que ese hijo, aunque no lo sepa, va a llevar con él nuestro rostro de por vida.

Sobre la imperfección sensata: una solución irónica.

“¿Qué haría falta para ser padres perfectos? Yo esa respuesta la tengo muy estudiada. Las condiciones imprescindibles para ser unos padres perfectos serían las siguientes: la primera es tener el segundo hijo antes que el primero. Si tuviera eso ¡lo que cambiarían las cosas! Segundo, sería maravilloso que los hijos nacieran con más sentido común que energía, con lo cual siempre serían dueños de sus impulsos. Nunca harían ninguna tontería.  Tercero, que pudiéramos programar nuestros estados de ánimo y el de la familia.

De esa manera las horas que suelen ser familiarmente las más caóticas del día y que son las más importantes -la de irse a la cama y la de despertarse- pues podríamos programarlas para estar todos con un estado de ánimo maravilloso. Diríamos “niños a la cama”, y saltarían de alegría. Podríamos decir alguna cosa más, por ejemplo, que fuese compatible tener dinero, hijos y  tiempo libre. Pero no son compatibles. A una hay que renunciar. Entonces si no es posible ser una familia perfecta, olvidémonos de la perfección y vamos a aspirar a lo que está justo por debajo, la imperfección sensata, que es una utopía maravillosa. Ese día que llegas del trabajo agotado y además te han salido mal las cosas y por si fuera poco has tenido una discusión con el compañero de trabajo y te ha salido todo mal. Llegas a casa te sientas en el sofá. Coges el mando a distancia de la televisión y lo que te apetece es ver los programas más triviales que hay. Y viene tu hijo y te dice: ‘mamá, ¿me ayudas a hacer este problema de matemáticas?’  Pues tienes todo el derecho del mundo a decirle ‘No, hijo ahora no, necesito media hora’. Y tu hijo sí crece, tiene que saber que su padre tiene derecho también a tener malos momentos y a querer un tiempo para él. ¿Dónde está el drama?

Sobre la culpa y el miedo a que ellos se traumaticen

“El pesimismo es la enfermedad de la imaginación. Los problemas de la realidad, por muy grandes que sean, nos deberían volver realistas, pero cuanto tú te enfocas en los problemas que tienes delante con una actitud pesimista, primero, estás tú mismo coartando tus posibilidades de darles respuesta, y segundo les estás mintiendo a tus hijos. Un cierto histerismo a la hora de enfrentarse a los problemas es lo que ellos van a heredar. Por lo tanto vamos a responder a los problemas evitables con una cierta tranquilidad sabiendo que siempre hay alternativas y ese pesimismo que vemos ahora solo nos cuesta los límites de nuestra imaginación.

Sobre padres y maestros: que cada cual haga su papel

“Ambos deben trabajar conjuntamente por el niño, pero no necesariamente bajo la misma imagen. El padre soy yo y el otro es el maestro, que no intente él hacer de padre porque me enfadaré  y de la misma manera, yo no tengo por qué hacer de maestro. Normalmente los padres somos maestros bastante malos, nos falta paciencia y cuando les hemos explicado a nuestros hijos tres veces la misma cuestión comenzamos a echar humo. Yo tengo que querer a mi hijo por ser tal cual es y lo quiero incondicionalmente. El maestro no. El maestro es el amante celoso de lo mejor que puede llegar a ser su alumno. El maestro quiere en el alumno aquello que puede llegar a ser y tú quieres en tu hijo lo que es. Eso hace que las dos perspectivas sean muy distintas. Los padres somos muy buenos, extraordinariamente buenos, infinitamente mejores que cualquier maestro a la hora de captar el estado emotivo de nuestro hijo. Basta un ‘hola’ por teléfono para saber cómo está. Pero precisamente porque nuestra relación paterno-filial está envuelta en emociones, solemos ser muy malos a la hora de evaluar objetivamente el comportamiento de nuestro hijo. El maestro, precisamente porque quiere al niño menos que nosotros, es más objetivo evaluando su comportamiento. La objetividad se gana con una distancia afectiva.

Cuando padre y maestro hablan, a veces hay roces  y se producen ciertas chispas. A veces parece que estás hablando de una persona distinta. Y tú como padre intentas hacerle ver al profesor que está pasando por un mal momento. Todo esto es una grandeza del ser humano que es poliédrico, es decir, tenemos distintos perfiles y es bueno, además relacionarnos con personas distintas para poder descubrir esos perfiles. El perfil de ti mismo que te descubres como alumno es distinto del que descubres como hijo. Y crecemos a medida que vamos engrandeciendo y aumentando nuestros perfiles con las relaciones humanas, y eso está muy bien. Por lo tanto, yo creo que lo que hay que decir a los maestros es haga usted de maestro. No pretendas ser ni el amigo de mi hijo, que para eso ya tiene sus pares, ni pretenda ser su padre. Y si el maestro tiene que llamarle la atención que no lo dude porque su capacidad para evaluar objetivamente el comportamiento de mi hijo es mejor que la mía. Ahora bien, si se trata de estados afectivos diría al maestro que antes de juzgarlo consulte conmigo, por favor, porque igual yo conozco mejor las complejidades de su vida anímica.

Sobre los derechos de los padres y los de los hijos

“Yo reivindico el derecho del niño a ser frustrado. Eso es un derecho elemental de la infancia. Yo alguna vez he dicho que me gustaría reescribir los Derechos del Niño. El primero de todos sería el niño tiene derecho a tener unos padres tranquilos. Todo niño tiene derecho a tener unos padres imperfectos porque cuando los acepte como imperfectos serán adultos. Tercero, todo niño tiene derecho a ser frustrado es decir a que no le digan siempre ‘sí, cariño’, a cualquiera de sus deseos porque ser adulto es pasar de utilizar el imperativo y pasar al condicional y el subjuntivo. El niño se caracteriza por el imperativo. Si le decimos sí a todo le estamos impidiendo dominar los otros usos verbales: el condicional y el subjuntivo que son los tiempos morales porque son aquellos tiempos que te dicen… si ocurre tal cosa harás tal cosa.

Somos seres humanos porque somos capaces de interponer en la emergencia de un deseo y nuestra respuesta un tiempo de reflexión. El niño lo quiere ahora y de manera imperativa está convencido que el mundo en general solo tiene una misión: satisfacer sus deseos. Bueno hay que decirle no, no siempre todos tus deseos deben ser satisfechos porque mi misión tampoco es satisfacer todos tus deseos. Pero me gustaría que los padres pensaran que cuando simplemente le dicen  a un niño ‘no, ahora no, espera un poco’ están ayudándolo a hacerse adulto y que quizás no se trate de renunciar a nada sino de saber elegir el momento y el lugar adecuado para su satisfacción.

Hay muchísimas cosas que en privado las puedes hacer sin mayores problemas, pero si quieres vivir con los demás y gestionar una cierta cordialidad en el trato común, pues tienes que reprimir determinados impulsos y no pasa nada. Eso es lo que te permite tener relaciones sociales. Toda esa visión un poco catastrófica de la represión como si reprimirte  va a generarte traumas, pues es lo contrario. Si no te reprimes seguro que los vas a tener. Todos llevamos heridas con nosotros. Pero pretender llevar un mundo color de rosa es imposible. Me parece mucho más sano aprender a vivir en el mundo tal como es. Es legítimo tener sueños. Es maravilloso tener sueños. Lo que es infantil es creer que la misión del mundo es satisfacer nuestros sueños porque el mundo no tiene esa misión para nosotros. En la competencia entre los papás por lo que hacen y tiene sus hijos veo un cierto infantilismo de las familias. Es una cierta competición entre familias pequeñoburguesas que intentan competir entre ellas a través de sus hijos. Y eso hay que decirlo señores. El infantil tiene que ser el niño y no  ustedes.

Le sugerimos: ¿Es malo para los niños dormir con sus papás?

Sobre cuándo termina la crianza y ser abuelo

“Nunca, jamás. Uno sigue educando y sufriendo y alegrándose con las alegrías de ellos. Yo sufro enormemente con cualquier cosa que me parece que puede hacerlos desgraciados.  Intento que no se manifieste, pero lo sufro. Me alegro enormemente cuando veo que algo bueno les sucede. Cuando creo que mis hijos están bien, duermo a pierna suelta. Lo único que me quita el sueño es la preocupación de que mis hijos tengan algún problema, algo que a veces solo está en mi cabeza. A cambio soy abuelo. Cada uno de mis hijos tiene su propio hijo. La experiencia me parece absolutamente afortunada y gozosa. Se quiere muchísimo a los nietos pero personalmente a mí lo que realmente me emociona -y me emociona profundamente- es ver a mis hijos haciendo de padres, y pienso que un hijo merece el título de buen hijo cuando sabe  devolver el amor que ha recibido a su propio retoño.

Sobre sus libros

En la Escuela contra el muro hablo del papel del maestro, que es  específico. La escuela ha de tener una cierta clausura para poder llevarse a cabo, en sus convicciones, en sus ideales y en sus maneras de ver. No rendirse inmediatamente a la última moda y ni a la última moda pedagógica de la última moda tecnológica ni a la última moda de nada. Cuántos niños fracasan por ejemplo, porque no han tenido a su lado a un profesor que les haya enseñado teniendo en cuenta aquello de que son capaces. Pero para eso hay que entender que la escuela es un mundo. Se diría que la escuela es una institución al mismo tiempo noble y muy imperfecta. Nosotros podemos hacer dos cosas: o subrayar su nobleza o sus imperfecciones, pero lo que hagamos contribuye a la nobleza o la imperfección de la escuela. Por eso, sabiendo que es una institución noble e imperfecta creo que nuestro deber republicano, en el sentido etimológico del término, es apoyarla siempre reconociendo sus imperfecciones porque de esa manera subrayamos su nobleza. Intento decir que la escuela no es el mundo. El mundo es otra cosa. Están tus padres, tus amigos, el bar, la televisión, los medios. La escuela es un reducto, si quieren, una reducción de la complejidad del mundo en la cual te encuentras con alguien que te quiere incondicionalmente porque ama lo que puedes llegar a ser. Esa visualización de lo que puedes llegar a ser necesita un cierto enclaustramiento.

Sobre el Elogio de las familias sensatamente imperfectas, es un poco dirigido a los padres a quienes les digo: Señores, el problema no es ser imperfecto, el problema es no reconciliarte con tus imperfecciones, lo cual no quiere decir que las utilices como justificación de que has hecho una trastada y ahh como soy imperfecto,  no importa. Simplemente es saber situarte retos que te ayuden a sobrellevar tus imperfecciones de una manera incluso alegre. Somos imperfectos y nuestros hijos son imperfectos, y los sueños que hacemos al pie de la cuna tarde o temprano se ven desmentidos por la realidad. Eso es un poco lo que nunca nos atrevemos a confesar delante de nuestros hijos y a veces ni siquiera delante de nuestras parejas. Pero todos lo llevamos con nosotros.  Pero por otra parte, lo curioso de este mundo es que no deja de ser paradójico que estemos educando a nuestros hijos para que sean autónomos y después nos enfademos porque lo son. Si les decimos que sean autónomos que tomen sus decisiones que tienen que pensar por su cuenta. Después toman sus decisiones y como no nos gusta nos ponemos histéricos.

Por lo tanto rebajemos un poco las tensiones. Quisiéramos que fueran hijos nuestros pero en parte son hijos de su tiempo y en parte son hijos de sus opciones y una de esas opciones son sus amigos. Son nuestros sí,  pero solo en parte.

Hablo también de que quizás el cambio más notable que ha traído la nueva paternidad es que ahora los hijos ya no los trae la cigüeña sino la agenda. Lo tengo que tener en la primavera, en la segunda quincena. Cuando a los hijos los traía la cigüeña uno abría la puerta y era esa zancuda fatal y tenías que ver que hacías. Ahora los programas. Y cuanto mayor es tu libertad de elección mayor es tu sentimiento de responsabilidad con el elegido. Si los habitantes de Bogotá están obligados todos a tener el mismo modelo de coche pues eso es lo que hay. Pero si puedes elegir coche estás con la posibilidad de que te equivoques y que descubras, cuando ya has firmado contrato, que tu vecino ha sido más inteligente que tú y  has comprado un coche mejor al mejor precio. El sentido de responsabilidad va asociado al sentido de libertad. Hoy los padres lo saben que precisamente porque ese hijo ha sido libremente programado su sentimiento de responsabilidad también es mayor”.

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