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“Mis temores se han cumplido”: Nicholas Carr, el gran experto en Google

Hace una década este autor predijo que la tecnología nos haría más estúpidos al sumirnos en un estado de distracción constante que erosiona la memoria, la atención y la cognición. El experto explica por qué hay fundamento para estar preocupados. Estuvo en un encuentro en la Universidad del Rosario

En 2008 Nicholas Carr escribió en la revista The Atlantic el artículo ¿Google nos está volviendo estúpidos? En ese momento el mundo de la tecnología era diferente. La gente usaba computadores personales, tanto portátiles como de escritorio, y Carr sostenía que con toda la información que salía de estos aparatos la gente tendría más dificultad para pensar y leer profundamente y estar atentos a una sola cosa. Casi diez años después, la gente usa el teléfono celular como computador principal, y desafortunadamente la manera en que se desarrolló la tecnología solo empeoró las cosas. Según Carr, los seres humanos tienen el celular activo desde el momento en que se levantan hasta que se acuestan,  interrumpiéndoles sus pensamientos. “No lo digo con nada de felicidad, pero en muchas maneras mis temores se han cumplido porque estamos constantemente interactuando con las pantallas mucho más de lo que lo hacíamos hace una década”, dijo a SEMANA el experto quien estuvo en Colombia invitado por la Universidad del Rosario.

“La gente está achicando su mente al salir a buscar la información que confirma sus propios prejuicios y sesgos. En Estados Unidos se ve la polarización: gente que tiene visiones políticas diferentes ya no puede hablar entre sí”.

El artículo dio pie para un libro llamado The Shallows (2010), cuya teoría era muy similar. Carr decía que depender tanto de Google así como en otras tecnologías como el GPS para la búsqueda de información, estaba cambiando la estructura del cerebro. En esa época esa ciencia era muy joven porque la tecnología también era reciente y los científicos aún no habían empezado a pensar en cómo nos influenciaba a pensar y ver las cosas. Hoy, sin embargo, hay más estudios y la mayoría tienden a confirmar la tesis que Carr planteó hace una década. “Lo que muestran es que con los computadores y los teléfonos estamos en un estado de distracción constante, aun si no los estamos viendo. El problema es que los teléfonos están tomando gran parte de la energía mental y eso quita espacio para contemplar cosas en las que deberíamos estar pensando. Con las investigaciones recientes ha quedado claro que estamos muy dependientes de esta tecnología para conseguir información y comunicarnos. Al ocupar nuestra mente, el individuo siempre sacrifica algo”.

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Según Carr, hay tres amenazas  de la tecnología. Una de ellas es la erosión de la capacidad de poner atención y de pensar profundamente y lidiar con temas y problemas complejos, algo que no se puede hacer mientras la gente ve tuits y publicaciones en las redes sociales.  Pero también hay problemas con la forma en que se establecen comunidades a través de redes sociales y del computador. “La gente está achicando su mente al salir a buscar la información que confirma sus propios prejuicios y sesgos. En Estados Unidos se ve la polarización: gente que tiene visiones políticas diferentes ya no puede hablar entre sí”.  Y por último está el problema de usar estas plataformas para desinformar, hacer propaganda y divulgar noticias falsas. “En las primeras etapas solo pensábamos en las cosas buenas que nos brindaba la nueva tecnología, pero ahora estamos viendo que muchas cosas malas pueden pasar también. Es muy triste que no se hubiera pensado en todo esto antes porque ahora que se han incrustado en nuestras vidas es más difícil cambiar la manera como las usamos”, dice el experto.

Hay evidencia de que la gente está perdiendo la capacidad de recordar mientras más depende de internet para encontrar la información. El peligro para Carr es que así se crea un ciclo en el que el ser humano se vuelve dependiente del computador para que este recuerde por nosotros y eso lleva a que tengamos menos capacidad para recordar y en consecuencia nuestra memoria se disminuye y “nos vamos volviendo más dependientes, es un ciclo destructivo que erosiona la memoria, la atención, y cognición. Así perdemos o debilitamos estos capacidades intelectuales que son centrales para tener una vida rica”. Un ejemplo es la experiencia de los Inuits, en el norte de Canadá. “Ellos tenían una gran capacidad de navegación y apenas empezaron a usar el GPS la perdieron, y con ello la habilidad de leer el mundo, algo que era central para su identidad”.  

"Nos vamos volviendo más dependientes, es un ciclo destructivo que erosiona la memoria, la atención, y cognición. Así perdemos o debilitamos estos capacidades intelectuales que son centrales para tener una vida rica”.

Aunque hay más consciencia hoy, no se ve a muchas personas cambiando su comportamiento y eso, según Carr, muestra el tipo de poder que estos aparatos tienen sobre las personas. Hay que aclarar que la tecnología no trabaja por su propia cuenta, sino que detrás de estos desarrollos hay grandes compañías interesadas en mantener a sus usuarios adictos a las pantallas para que las usen de manera compulsiva. “Lo que hacen Facebook y otras compañías es mantenernos  frente a esos teléfonos. Así quisiera reducir el uso de la tecnología la gente temen perder las conexiones sociales pues creen que sus amigos resentirán que no estén siempre en línea disponibles”, señala el experto. En un nivel personal lo que las investigaciones sugieren como ideal es que las personas sean menos dependientes, lo que implica hacer cosas sin ese aparato como salir a caminar o tener una conversación con alguien frente a frente o ir a una comida sin el celular.

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Al mismo tiempo que se da este mensaje la sociedad espera que todos estén conectados a toda hora. En el trabajo, en la universidad todo debe ser en línea, así como en la vida social. Los gobiernos, incluso, quieren que los ciudadanos estén conectados. Por eso hoy se requiere más que disciplina para tener un balance. “Pienso que es la cuestión es cómo podemos cambiar las normas sociales y las expectativas para que no sintamos esa presión constante de estar en línea”.

El efecto de la tecnología también se da en el plano político para afectar la manera cómo la gente forma sus opiniones y vota. Muchas personas tienen diferentes visiones sobre cuán importante fueron las redes sociales  para el voto de Brexit o en la elección de Donald Trump. No se sabe a ciencia cierta qué tanto influencia tuvieron en esos resultados, pero Carr cree que seguramente tuvieron efecto, pues muchos solo tienen como fuente de noticias a Facebook, y los algoritmos que esta red social  y otras compañías usan pueden ser empleados para manipular el sistema.

Obviamente las compañías presentan la tecnología como algo utópico que resuelve problemas, pero en todo este tiempo ellos han estado diseñando sus interfaces y aplicaciones y programas para que la gente la use de manera compulsiva y “eso se observa en el diseño de los ‘likes’ y los ‘links’ que sus expertos en comportamiento han diseñado para provocar una respuesta en la gente. “El público necesita entender cómo ellos diseñan estas cosas y luego nos las imponen”.

“El público necesita entender cómo ellos diseñan estas cosas y luego nos las imponen”.

Aunque es difícil predecir el futuro, Carr piensa que de no hacer cambios, la gente se acostumbrará a los efectos nocivos de la tecnología. Y si bien el ser humano encontrará como contrarrestar la propaganda y las noticias falsas con nueva legislación, la sociedad podría terminar pensando que el pensamiento reflexivo ya no es importante.

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Cuando empezó a escribir de manera crítica sobre la tecnología voces como la de Carr eran muy escasas. Hoy el admite que en Silicon Valley hay gente que está mostrando su preocupación. Nuevos libros como la era del capitalismo de vigilancia, de Shoshana Zuboff, postulan que estas compañías hacen dinero al predecir qué es lo que vamos a hacer. De esta forma, el problema no es solo que recolectan toda la información de los usuarios y les roban su privacidad, sino que ya están empezando a “manipularnos, de modo que ellos determinan qué vamos a hacer, qué vamos a mirar, a dónde vamos a ir, cómo vamos a comunicarnos. Y entre mejor ellos pronostiquen si vamos a hacer clic en un aviso más dinero ganarán. Y solo hacer esas predicciones les trae mucho dinero”.

Pero lo cierto es que ellos tienen los datos porque nosotros les damos la información a través de las apps y los teléfonos, por lo tanto, tienen la manera de manipular y el incentivo porque hacen mucho dinero con esa información. “Yo si pienso que hay razón para tener miedo en la manera en que estas compañías están organizadas y en la forma cómo hacen dinero”. Carr espera que de esas críticas puedan salir ideas frescas sobre cómo diseñar aplicaciones que no sean tan adictivas o que surja un movimiento cultural reaccionario que rechace la tecnología. No lo descarta, pero es posible que “ya sea demasiado tarde y estemos tan obsesionados por estas aplicaciones y aparatos que no podamos cambiar”.

Aun así, el experto cree necesario empezar a incorporar en las escuelas las desventajas de estar en línea todo el tiempo y desarrollar maneras de interactuar con el mundo que no involucren la tecnología. “Es volver a las cosas básicas”, explica. “Sabemos que para un buen desarrollo cognitivo debemos interactuar con el mundo y tener experiencias. Cuando uno pone a los niños desde edades muy tempranas frente a las pantallas les robamos esa riqueza de experiencias y eso es peligroso.

“Yo si pienso que hay razón para tener miedo en la manera en que estas compañías están organizadas y en la forma cómo hacen dinero”.

Para el los seres humanos se debaten entre dos opciones: usar la tecnología para que nos ayude a comprender el mundo más completamente o usarla para acortar nuestras oportunidades y achicar nuestras percepciones y pensamientos. “Creo que en los últimos años hemos cogido el segundo camino”. El gran reto es usarla como algo que nos abre posibilidades y no como un medio que se pone entre nosotros y el mundo. Desafortunadamente, dice, la gente ha tomado el último camino. “No nos abre al mundo. Mi esperanza es que vamos a empezar a pensar en el mejor uso de la tecnología para que nos brinde más oportunidades y retar la filosofía que Silicon Valley  nos ha impuesto y que nosotros hemos aceptado sin críticas”.

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