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"De la depresión hay que renacer sin necesidad de matarse”: Margarita Posada

El libro Muertes chiquitas es un recuento personal de la periodista y escritora Margarita Posada sobre la depresión y el suicidio. Aquí la autora confiesa que fue su familia y su perro lo que la ayudó a superarla, que hay que posponer siempre la fecha para matarse y que la vida tiene sentido a pesar de que uno no se lo encuentre.

“La depresión es la nueva gripa y muchos han muerto de esta pulmonía en el corazón”

 Somos más conscientes. El entorno sí genera demasiada visibilidad, las redes sociales, los likes, el influencer. Todo es como un Truman show y eso ha causado que la depresión sea como la nueva gripa. Hay que ponerle atención. Mientras estemos en negación y desconectados de ser parte de algo vamos a estar jodidos.

“La depresión es un gran disgusto con la vida o, mejor, es un pulso con la vida”

La depresión es el resultado de huir el dolor. Es como poner el dedo en una vela y decir “no me duele”, mientras que los seres humanos que no sufren de depresión lo quitan y dice “ay me quemo”, “me dolió”. Las que sufrimos de esto aguantamos mucho. También puede ser el resultado de heridas mal curadas en la niñez y la adolescencia y de echarles tierrita y dejar que se gangrenen. Yo creo que es eso: el resultado de dolores no resueltos y de evasión. La depresión es querer amoldar la realidad a uno y no uno a la realidad y verla como es.

 La depresión es una muerte chiquita…las muertes chiquitas son como ver un fantasmas de uno mismo y recordarse vivo cada instante de la eternidad en que estas muerto”.

Y está bien, quizás porque a veces somos absolutamente fogosos. Y en la vida el fuego se enciende y se apaga. Hay que dejar que esas muertes chiquitas surtan efecto para uno pueda volver a renacer sin necesidad de matarse.

“A veces comparo la depresión con la diabetes de mi sobrino…sin embargo nadie le pide a mi sobrino que no tenga diabetes como nadie le pide a una persona enferma de cáncer que no tenga cáncer. En ninguno de los dos casos tienen que esconder el hecho de que toman insulina o reciben quimioterapia”. 

Los que sufrimos de depresión nos toca en suerte esa enfermedad como a otros les toca el cáncer. Me parece grave que este término se utilice para referirse a estados de ánimo fluctuantes. Es muy normal que los seres humanos seamos así, un poco ciclotímicos, solo que cuando los picos son para arriba y para abajo, pues ahí está grave la cosa. Por eso me da mucho coraje que haya personas que usen esa palabra, no para referirse a un estado de verdad clínico, sino a una cosa pasajera. Ay, qué depresión. No. No dejen caer esa palabra por ahí, porque es necesaria para estos seres que sufrimos de depresión. Me da coraje también que no pueda hablar de esto y que sea tomado en serio. Me parece que lo que más ayuda es aceptarlo y poder hablarlo a calzón quitado, sin vergüenza. No entiendo por qué tenemos que avergonzarnos de nuestras enfermedades mentales si no nos avergonzamos de una enfermedad. Es una enfermedad y quienes la padecemos no somos culpables, pero sí somos responsables de lo que tenemos que hacer, que es buscar ayuda profesional. 

“La depresión es una adicción del ego, como todas las adicciones”.

La depresión tiene que ver con el ego. Yo me he dado cuenta de que el ego es como una falsa fortaleza. Eso de ser fuerte, ser líder, eso también genera mella en las personas. El deber ser. ‘Tu no te quiebras’, y uno si se quiebra. Vaya ayude a alguien, cuide a alguien enfermo, a alguien solo. Salirse de uno ayuda a dejar de rumiar. Porque la depresión lo que genera químicamente es como un disco rayado. Pensar demasiado puntual y específico cansa mucho. Yo creo que hay relación entre estas enfermedades y las adicciones. A la comida a las personas a muchas cosas. Esas tendencias tienen que ver con calmar la ansiedad. Tenemos un alto desarrollo intelectual pero una paupérrima educación emocional y eso es lo que tenemos que trabajar.

“Tomaba para relajarme y acababa temblando de la resaca, a punto de sufrir ataques de pánico”.

Estadísticamente una persona que ha sufrido de más de dos depresiones va a sufrir de más episodios porque va a haber altibajos químicos en el cerebro y en ese sentido es mejor no jugar con las neuronas. ¿Para qué meterse en temas de drogas, de alcohol? Eso puede hacer más grande el hueco o más alta la subida. La depresión no llega sola, hay que ver cuál fue el golpe que estuvo evitando. Los depresivos nos damos contra pared y es como si no nos pasara nada. Ahí es donde está el dolor acumulado. 

“No queremos preguntas, no tenemos respuestas. No sabemos cómo estamos. No queremos estar. No tenemos ánimo para hablar de cómo va el ánimo. Forzar a una persona deprimida es inútil”. 

Yo evitaría decirle a un enfermo de depresión palabras como “ánimo”, “tu puedes”, “fuerza”, “no te dejes vencer, “la vida es bonita”, pues son negativas para una persona enferma. Como también me parecen positivas las frases “va a pasar”, “te entiendo”, “aguanta”, “trata de hacer lo poquito que puedas”. Uno no tiene por qué decirle a una persona que está deprimida: “bueno, ya, qué hubo, quítese la bobada, a trabajar”. Lo más indicado es pedirle cosas muy pequeñas, uno parte de que esta persona está teniendo dificultades para hacer cosas muy normales, que incluso antes sabía hacer muy bien. Hay que pedirle que se bañe, que se desayune. Quien quiera acompañar a alguien con depresión le tiene que decir que vaya a caminar así sea una vuelta a la manzana. Eso ayuda a cambiar el estado de ánimo de una persona y la ayudan a atravesar 24 horas por 24 horas. Decir “descansa, no tienes que hacer nada” es liberarlo de obligaciones para no generarle más ansiedad. Por supuesto, hay que llevarlo donde un psiquiatra responsable que no medique a todo el mundo. Creo que la medicación es como un inflamatorio para la rodilla de un deportista: no le va a arreglar la rodilla, solo la desinflama para que haga una terapia. Si uno no esculca por dentro no creo que llegue a buen lugar a punta de pastillas. 

Me pregunto qué es la vida sino la repetición de rutinas, y encontrar un patrón en ello que nos diga quienes somos”.

Cuando uno está deprimido el poco sentido que uno le puede poner a la vida es bañarse, lavarse los dientes, ir a caminar. Vayan a visitar a las personas que están deprimidas, incluso contra la voluntad de sus papás y contra la del enfermo. Yo a veces les decía a mis papás “no quiero que me vean así”. Eso sucede porque personas que me quieren mucho me decían “No te quiero ver así”. ¿Y yo qué puedo hacer para que tu no me veas así? Pues, no me veas. En cambio que a uno le digan “te quiero así como eres, esa también eres tú”, es aceptar y eso ayuda a pasar los baches. 

“Presiento que esta pequeña locura de amor por un perro (Primo) es lo único que va a salvarme de mi y de mis ganas de morirme antes de tiempo”.

Agarrarse de la familia que es de lo más bonito y lo más feo. Sanar relaciones familiares, estar y dejarse estar con las personas que uno sabe que son incondicionales. Uno se da cuenta de que son muchas más de las que pensaba. Y el perro, el perro me ayudó a atravesar la última depresión. Este perro es mi apoyo emocional, así lo determinó mi siquiatra y va conmigo a todas partes. Antes tuve dos gatos que fueron mis hijos y me fui a escribir este libro a mi finca en Cachipay y dure sola seis meses en esta ilusión romántica del escritor alejando del mundanal ruido. Resulta que me deprimí porque el perro de mi finca mató a mis gatos. Se que va a sonar mal. “Cómo se deprime por tonterías”, “vieja floja”, “consentida”. No. Lo que pasa es que a veces las causas de una depresión son absolutamente desproporcionadas con respecto a lo que uno reacciona. 

“Me han preguntado muchas veces qué me ha salvado de dar el último paso, qué me mantiene viva”.

Quienes no han tenido estas ideas suicidas de verdad calándole en el cuerpo creen que son amenazas, pero en realidad no lo son. Son alertas, pedidos de ayuda. Lo primero que tiene que hacer una persona es manifestarla y nadie debería tomarse a la ligera que alguien le cuente qué está pensando en morirse. A mí me sirvió mucho posponer la idea de suicidarme. Está determinado que me voy a morir. Perfecto. Y luego decía: Mañana. Y creo que las personas que están alrededor de uno no pueden sacarlo a uno de la idea de morirse y de que la vida no tiene sentido y que todo esta mal, pero si pueden decir “listo, pero todas las decisiones en la vida pueden demorarse 24 horas”. Entonces el tema de posponer es un gran gancho de ayuda inmediato. Por otro lado, yo creo que hablar ya puntualmente de cómo uno lo está planeando y decírselo a otra persona ayuda a uno a darse cuenta de que no es tan fácil. Hablar cura, hablar previene.

“¿De qué se trata la vida?”

Yo no creo que la vida tenga un sentido que sea asible por el cerebro humano, pero estoy segura de que la vida tiene un sentido más allá del que puede percibir el ser humano. Cuando uno está a punto de suicidarse, porque yo he estado ahí en el borde, hay 50 por ciento de tu cabeza que quiere morirse y el otro 50 que quiere vivir. Y ese 50 50 es lo que hace que valga la pena pensarlo por lo menos. La idea de no querer estar vivo es muy diferente a la idea de matarse. No tenemos ni idea qué pasa después. Quién dijo que es apague y vámonos. Qué tal que vengamos a este plano y tengamos que atravesar un río y viene un rápido y me dejo morir y lo que pasa es que volvemos al principio del río. Qué tal que sea volver a empezar. Harto, ¿no? Eso para mí fue clave. No es por el cielo ni el infierno,  ni el pecado, ni el castigo, sino porque algún sentido debe tener esto y a veces se nos escapa. Eso no quiere decir que no lo siga teniendo. 

Quieres morirte pero no te atreves. No quieres vivir más. Luego te das cuenta de que en esa oración hacen falta tres letras que cambian todo el sentido de la vida y la muerte. NO quieres vivir más así”. 

Todas las situaciones de la vida son transitorias y la muerte es una solución definitiva a un estado transitorio. Porque cuando uno está deprimido siente que está estancado y ya no hay salida. Pero lo cierto es que mientras uno esté respirando las cosas están transformándose. El abuelo de una amiga decía que toda situación es susceptible de empeorar. Para los que no son tan optimistas ese es un buen leitmotif

Qué es lo que viene antes y después de cada depresión: una pérdida afectiva, un rechazo laboral, una decisión en falso, una fuga geográfica, un cambio abrupto…”

Mi diagnóstico fue depresión pero tuve que mirar qué pasaba antes de la depresión porque yo subía mucho pero no lo suficiente para tener un pico de manía. Mis manías eran de corte “voy a ser mamá soltera”, “me voy a casar y voy a ser una ama de casa”. Eran cosas que para alguien normal no serían cuestionables, pero quienes me conocen dirían “tiene fiebre”. Uno debe entender cuándo está tratando de complacer al mundo o cuándo necesita el foco de atención, ser el centro del universo. Entre más altas esas subidas, más bajo llega uno. Hay que ayudarse con medicamento yoga, cosas espirituales para poder ir en una marea tranquila. 

“Muchos de nosotros, en cambio, escondemos el hecho de estar medicados como si fuera pecado y no paramos de recibir palmaditas en la espalda acompañadas de un no esté triste...”

Las primeras veces que me incapacitaron porque me daba pánico hacer cosas que sabían hacer muy bien, o cuando me tocó retirarme del trabajo yo decía mentiras. Que estaba con anemia, decía. Me daba susto. Y poco a poco fui entendiendo que entre más lo negara y me resistiera más complicado iba a ser e iba a pegarme de rebote. Al contarlo todo, está bueno aprender recibir críticas como las adulaciones de manera muy tranquila y neutral.  

“Postrarse en una cama no es más que declararse impedido y atemorizado para tomar cualquier decisión”.

Yo me imagino que hay tantas depresiones como personas con depresión en el mundo y que la mía es del estilo muertito en cama, tres meses en pijama. La reconciliación con ese lugar es muy importante cuando uno deja de estar deprimido. Estamos avocados a creer que cualquier tipo de ocio está mal. Que si no somos productivos ni cumplimos con el sistema está mal. Y no lo está. Entonces hacer las paces con la cama fue una de las claves para no volver a generar alarmas falsas de que me estoy deprimiendo porque me quedé hasta las 10 en la cama el domingo. No. Está bien. Y está bien parar. Y eso es lo otro. A uno esta enfermedad le enseña que entre más respiros tomes más posibilidades de que termines la maratón. No es una carrera de 100 metros.

Ahora entiendo que mi vida no me pertenece. Le pertenece a ustedes, los que me quieren sin condiciones y por quienes yo debo respetar este tesoro de seguir respirando.

Si llevan un mes sin ánimos para nada, para hacer cosas que normalmente eran fáciles, no les llama atención lo que antes les causaba placer, cuando hay apatía es porque algo está mal. La depresión no es estar triste. La tristeza es cuando a uno le hacen falta cosas y es sana, hay que abrazarla; cuando uno está deprimido no le hace falta nada. Ahí es donde debe decir “algo está mal”. Uno debe ir al psiquiatra o al psicólogo incluso de manera preventiva para conocerse más. No estoy curada por haber escrito este libro, seguramente cuando venga la depresión de nuevo voy a tener que afrontarla, pero por lo menos ya tengo claro que cuando tengan ideas suicidas es porque hay un mal funcionamiento de mi cabeza, de mis neuronas, que no están haciendo la sinapsis como es y uno tiene que confiar más en lo que está afuera.

“Si una sola persona que sufre de depresión y está pensando en matarse reconsidera la idea de quitarse la vida a leer estas páginas,  yo me habré salvado también”.

Luché con mi propio estigma. Mi primera depresión fue a los 28 años. Y solo hasta hoy que tengo 41 me di a la tarea de abrirme por completo, fue proceso progresivo, primero a un círculo, después a otro, después dije “si uno puede ayudar a otro a decirle usted no está solo en esta vuelta’, por qué guardárselo. ¿Por ego? ¿Reputación? Pues, que no me vuelvan a contratar. Si a mí me dicen que este libro le salvó la vida a alguien me doy por bien servida.

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