Rafael Tamayo asumió la dirección del Museo de Arte Moderno de Medellín, MAMM, en diciembre de 2025. Es doctor en Historia por la Universidad Nacional de Colombia, estudió Derecho Internacional y tiene más de 17 años de trayectoria en gestión cultural. Su llegada ocurre en una coyuntura decisiva: el museo se prepara para cumplir 50 años en 2028 y busca ampliar sus públicos, fortalecer la circulación del arte y profundizar sus vínculos internacionales.
SEMANA conversó con él sobre una institución que quiere intervenir en la vida cultural de Medellín. Su historia está marcada por las primeras bienales, por la violencia de los años ochenta, por el legado de Débora Arango y por una transformación que llevó al museo de un barrio a Ciudad del Río.
Tamayo ubica uno de los antecedentes fundamentales del arte contemporáneo en Colombia en las bienales de Medellín de 1968, 1970 y 1972, financiadas por Coltejer. A su juicio, aquellos encuentros transformaron la relación de la ciudad con el arte: jóvenes que las visitaron decidieron estudiar y dedicarse a la creación, mientras quienes estaban formándose encontraron inspiración para experimentar.
El MAMM no fue el primer museo de arte moderno del país. Fue, según Tamayo, el último de esa generación. Nació en 1978 gracias a nueve jóvenes artistas que quisieron crear un museo sin tener sede ni una colección consolidada.
Débora Arango y la lección de la circulación
En 1984, el MAMM realizó la primera exposición de Débora Arango. La artista, ya mayor y retirada en su casa después de haber enfrentado censura durante años, decidió después de aquella retrospectiva donar parte de su obra. El resto quedaría para después de su muerte. Tras discusiones con la familia, la mayor parte de la colección terminó en el museo.
En 2026, Arango vuelve al centro de la programación, pero su historia también dejó una reflexión sobre los públicos. Tamayo considera que el episodio de 2025 sobre la venta de dos de sus obras demostró que la sociedad sí observa y se interesa por los museos. “Uno piensa que efectivamente la gente no está interesada en los museos y el incidente demostró que la gente sí está interesada en los museos, está interesada en el arte, quiere saber qué está pasando”.
La otra enseñanza tiene que ver con la circulación. El MAMM tiene, según Tamayo, unas 2.400 piezas y no funciona bajo la idea de una sala permanente. Usa parte de sus obras, pero también las presta. En ese sentido, destaca las exposiciones de Débora Arango realizadas este año en el Claustro Santa Clara y el Claustro San Agustín, en Bogotá, y el libro que será presentado en la Fiesta del Libro. “Yo creo que a la gente hay que contarle los procesos, no solamente con la colección, con todo. Entonces, no solo un aprendizaje es que no solo se comunican desde las instituciones culturales los resultados, sino también los procesos, y eso es bien importante”.
Un museo joven y para nuevos públicos
La transformación que ha tenido el museo con los años también ha sido institucional. Ahora su interlocución incluye instituciones como el MUAC de México, el MALBA de Argentina, el MALI de Perú y el Reina Sofía de Madrid.
El objetivo no es sustituir lo local por lo internacional, sino establecer una circulación en ambas direcciones: que artistas y proyectos del mundo lleguen a Medellín y que los creadores colombianos encuentren caminos hacia otras escenas.
“Yo lo que creo es que el MAMM es, de alguna manera, como un puente de doble vía con el mundo, con el mundo del arte contemporáneo en el resto del mundo. Y esa es una manera por la que llega el arte contemporáneo del resto del mundo a Colombia y a una ciudad como Medellín”.
Tamayo ve una paradoja: hay escuelas, artistas y procesos de gran calidad, pero no existen suficientes instituciones y lugares de exposición. Fortalecer la circulación también significa abrir oportunidades para una escena que produce mucho y tiene menos espacios de salida.
El MAMM conserva una colección de arte moderno, pero Tamayo quiere reforzar su papel como institución dedicada al arte contemporáneo. Para él, la llegada de artistas como Dan Flavin, Sophie Calle y William Kentridge demuestra que Medellín puede participar en conversaciones internacionales. A la vez, quiere un museo joven y capaz de utilizar nuevas tecnologías.
“Además, también quisiera que fuera un museo como muy joven, que siguiera amando la gente. Es decir, yo creo que las nuevas tecnologías son un reto, pero al mismo tiempo una oportunidad”.
Agenda para 2026
Esa idea atraviesa la agenda de 2026. El segundo ciclo expositivo se inaugura el 10 de septiembre. Incluye a Pedro Gómez-Egaña, colombiano radicado en Oslo; a Gala Porras-Kim, radicada en Los Ángeles y con su primera exposición en Colombia; y a Astrid González, artista local que trabaja con procesos afro y migraciones. Tamayo encuentra entre las propuestas un hilo relacionado con movimiento, migración y desarraigo.
En el laboratorio de experimentación sonora estará Félix Blume, artista francés, con Enjambre, una instalación de 250 pequeños parlantes que reproducen sonidos de ovejas grabados especialmente.
A esta programación se suma una experiencia inmersiva dedicada a Débora Arango, entre el 25 de septiembre y el 25 de octubre. La tecnología será utilizada como puerta de entrada para públicos que quizá no se acercarían a una exposición tradicional.
“Yo creo que queremos llamar niños y jóvenes y estoy seguro de que puede haber gran parte de la población que se puede interesar mucho más fácil por conocer a Débora Arango con la experiencia inmersiva que con la exposición”.
La estrategia de nuevos públicos no ocurre únicamente dentro de las salas. El cine al aire libre, que ya cumplió diez años, se convirtió en una de las actividades más multitudinarias del MAMM. La última edición reunió a 6.500 personas en la plazoleta y el parque. “Hay todo un ritual urbano en torno al último viernes de cada mes, en torno al cine al aire libre del museo. Es impresionante”.
Algo similar ocurrió con el MAMMFest, que reunió a 3.500 personas en un momento marcado por las dificultades generadas por el terremoto. Hubo dudas sobre si realizarlo, pero el museo decidió continuar y llevar actividades desde el exterior hacia el interior.
El equipo y la mirada hacia 2028
Para el director, una programación ambiciosa necesita un equipo comprometido. Aunque todavía no cumple un año en el cargo, identifica el trabajo colectivo como una fortaleza del MAMM. Pone como ejemplo el cine al aire libre: empleados de distintas áreas permanecen allí, toman fotografías, entrevistan visitantes, hacen encuestas o acompañan la actividad porque quieren hacerlo.
“Yo creo que el MAMM ha hecho un gran esfuerzo por tener un grupo compacto, por tener gente como con fuego en el corazón por lo que quiere hacer, motivada y muy interesada”.
El museo también participa en bancos de buenas prácticas con Idartes e intercambia experiencias con Chile y México. Tamayo considera que esos aprendizajes pueden compartirse con museos y centros culturales de todo el país.
El horizonte más visible es 2028. El MAMM cumplirá 50 años y prepara una celebración pensada como una bisagra entre memoria y futuro. Habrá una publicación centrada en los públicos que han habitado el museo, una exposición colectiva con obras de los fundadores y una retrospectiva de Débora Arango.
“Estamos preparando la celebración de los 50 años, como una especie de bisagra de hacerle honor al pasado, pues a un pasado que poco a poco fue construyendo una institución muy sólida, y darle de lo que viene hacia el futuro”.
Casi cinco décadas después de que nueve jóvenes imaginaran un museo sin sede y con apenas nueve obras, el MAMM enfrenta una nueva etapa. La apuesta de Tamayo consiste en mantener abierta la institución, hacer circular el arte, atraer públicos diversos y conectar a Medellín con otras escenas sin perder el vínculo con su historia. En esa visión, el museo no es únicamente un lugar para conservar obras: es también un espacio para encontrarse, discutir y construir una conversación cultural de doble vía, de Colombia hacia el mundo y del mundo hacia Colombia.