La compleja batalla de la familia de Débora Arango por recuperar sus obras extraviadas y reunirlas con aquellas que resguardaban como si fueran oro (en su casa de Fizebad, en El Retiro, Antioquia), para poder presentarlas al mundo, terminó.
Por fin cerraron ese capítulo de más de 30 años que implicó abogados, derechos de petición, reuniones y conversaciones privadas, en busca de los bocetos, acuarelas y cuadros de la que es considerada la artista más transgresora del siglo XX en este país.


Y las repercusiones positivas son inmediatas, porque se abrió una ventana a lo más íntimo del arte de Débora, a través de 118 cuadros expuestos en una sala permanente en el Museo de Antioquia, en el centro de Medellín. La exposición se llama El mundo en primera persona y se ubica al lado del espacio donde se exhibe la obra más íntima del artista más renombrado en estas tierras: Fernando Botero.
Al respecto de la apertura de esta sala, Pedro Miguel Estrada, sobrino nieto de la pintora, le dijo a Arcadia que este espacio le permitirá al mundo conocer a una de las mujeres más importantes de la historia de Colombia. Pedro Miguel recordó que Débora vivió una vida de tropiezos con la moral de su época. Fue la primera colombiana en pintar un desnudo, cuando estaba prohibido para ellas. “A raíz de eso, la llamó un obispo y le dijo que la iba a excomulgar, y ella le respondió: ‘Va a tener que excomulgar a todas las hijas de los socios del Club Campestre –uno de los más exclusivos de Medellín–, que son las modelos mías’”. No fue el único choque que enfrentó la artista. También, contó Pedro Miguel, soportó que le arrojaran agua caliente por las calles de su natal Envigado cuando se atrevió a montar un caballo con pantalones, a cambio de un vestido, como lo usaban en su época.


Juliana Estrada Londoño, sobrina nieta de Arango, vivió con la maestra alrededor de diez años y de ella recibió consejos que entonces eran un escándalo. Hoy, afortunadamente, no lo son. “Me decía: ‘Mija, el único pecado que existe es hacerles daño a los demás’”, expresa Estrada. Esos valores, de contracorriente para una mujer nacida en la ultraconservadora sociedad paisa de 1907, se extrapolan en su obra, más aún en la que desde ahora el mundo puede conocer.
De hecho, en la exposición se resaltan algunos pronunciamientos que la misma artista hizo de su obra. En 1986, en el artículo de María Cristina Laverde Toscano Una pintora proscrita, de la Universidad Central, Arango expresó que la situación que viven hoy las mujeres, aquí y en cualquier parte, es muy diferente a la que vivió su generación. “Esto no quiere decir, por supuesto, que todo esté hecho. Por el contrario, ¡el camino es aún muy largo!”, señaló la artista.


La sala permanente abrió este sábado y fue anunciada entre semana con entusiasmo palpable entre sus familiares. En ella se destacan cuadros como Autorretrato, donde se pintó de espaldas con el rostro caído sobre las piernas de su padre, considerado por sus familiares como único en el expresionismo de la artista. También hay algunos desnudos, bocetos de monjas en embarazo y hasta el médico de su familia, quien le imploró que no lo pintara, pero a quien dibujó de todas formas, sosteniendo una calavera en vez de un estetoscopio. De eso, y mucho más, habla aún Débora, quien, a pesar de haber muerto hace 21 años, dejó un legado grandísimo de su forma de ver el mundo, un estilo que se reflejaba no solo en sus pinturas, sino también en sus dichos.
“A lo mejor, lo que mi pintura intenta es desentrañar un cierto paganismo oculto en cada mujer”, decía la maestra.
En el evento, Alejandro Estrada, la persona autorizada por la familia para llevar la obra de Débora fuera de Colombia, recordó sus charlas con la maestra. “Yo llegaba a las dos o tres de la mañana de una rumbita en Envigado; ella me recibía, yo le daba un trago y nos poníamos a hablar de putas, de lesbianas, de la iglesia”. Él no fue el único en escucharla. Fernando Botero también era un habitual visitante de la casa de la maestra.


Los Estrada Londoño recuerdan esas visitas como si hubieran sido ayer. Juliana no olvida el día que Botero le dijo a Débora que no admiraba a muchos artistas, pero sí admiraba su obra. “Ella va a la mano conmigo”, dijo el pintor. Quizá por eso no es casualidad que hoy las obras más íntimas de ambos estén expuestas conjuntamente en el museo. Lina Botero Villa, la directora de la Promotora Cultural de Antioquia, anotó que este hecho tiene peso simbólico. “Hay una cosa muy linda del Museo de Antioquia, y es que acoge la obra más íntima del maestro Botero, que es Pedrito, y ahora alberga la más íntima de la maestra Débora, la que quedó en su casa, la que conservó su familia”.
Millones de colombianos ven a Débora Arango todos los días al tomar un billete de 2.000 pesos, así pocos la reconozcan o sepan su historia. Más allá de eso, esta sala abre las puertas a la intimidad de su obra y la pone a ella en el centro de conversaciones que trascienden el arte. Para Botero Villa, el arte de Arango es absolutamente vigente, y “el Museo fomenta diálogos de su obra con la de mujeres artistas contemporáneas de su época, como Jesusita Vallejo, que casi nadie la conoce, o Ana Fonnegra”, añade. Gracias a esta exposición permanente, el mundo dimensionará la huella de la envigadeña, que desde hace décadas el mundo compara con la mexicana Frida Kahlo.
Alejandro Estrada, quien llevó 45 dibujos de la maestra a México, expuestos en una casa donada por Carlos Slim a la Embajada de Colombia, se atrevió a decir que su tía abuela política estaría orgullosa de este logro. “La obra estuvo guardada como se guarda el oro en los bancos, encerrada en las paredes de la familia, que protegía este gran patrimonio. Y ver que la familia se unió con tanta generosidad para entregarle nuestra cultura a la ciudad, a las futuras generaciones, a la historia del arte, nuestro pasado, nuestros valores, es muy emocionante”.


También admite una paradoja: quizá Débora no hubiera resistido ver lo más íntimo de su obra expuesto al público, pues decidió cuestionar con su pincel a la sociedad en la que vivió y pagó un alto precio. “Ella siempre tuvo miedo de presentar su obra, fue opacada, fue excomulgada, fue perseguida, aunque a ella al final le valía nada, porque se dio cuenta de lo que había en ese catolicismo cuestionable”, manifestó Estrada.
Por su parte, Paola Turbay, quien visitó la muestra, calificó a Débora como una mujer avanzada en su tiempo, llena de rebeldía, y exaltó la labor del Museo de Antioquia de darle el lugar que merecía. “Es la artista más trascendental de Colombia. Hizo su obra cuando las mujeres no eran consideradas artistas. Su arte es un grito de rebeldía”, señaló.

Ese grito ahora se lee y siente en extractos de entrevistas de Débora que acompañan sus obras en el Museo de Antioquia. “No sé… quizá es que en el fondo toda mujer tiene algo que ocultar… debe mostrar una apariencia de pura y santa para que le permitan vivir la vida. Si se muestra tal y como es, tal y como siente, seguramente termina rechazada. La obligan a usar una máscara y por eso vive oprimida. A lo mejor, lo que mi pintura intenta es desentrañar un cierto paganismo oculto en cada una”.
