La primera edición de un nuevo pero muy prestigioso galardón como el I Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat, impulsado por una editorial nacida en Oaxaca, México, casa de letras de vanguardia regional, recibió 2.204 manuscritos provenientes de 22 países y cuatro continentes. Entre estos, como lo determinó un jurado de lujo compuesto por tres escritoras de enorme presente y camino (la mexicana Cristina Rivera Garza, la ecuatoriana Mónica Ojeda y la argentina Selva Almada), el premiado fue David Silva Rojas. El peruano nació en 1981, en Ica, donde vive después de años formativos en Japón, y se define como “abogado de profesión e investigador de diferentes temas, más que todo de índole de vulnerabilidad y de derechos humanos”.

David Silva Rojas (Ica, Perú, 1981) es abogado, investigador y narrador. Marcado por una temprana mudanza a Japón, su formación literaria se consolidó en los programas de escritura dramática de Gamagōri y en los talleres de guion del NHK Bunka Center. Foto: Editorial Almadía / A.P.I.
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El jurado destacó su novela Donde el agua trabaja por construir “la atmósfera opresiva de la explotación laboral, la vulnerabilidad y la relación desigual entre trabajadoras y capataces con un lenguaje sutil, oraciones breves como el goteo de los regadores en las viñas, sin caer nunca en la tentación del panfleto ni la declamación”. Antes de su paso por Colombia en septiembre, y con el fresco anuncio de su triunfo, esto le dijo a Arcadia este escritor que despega.

ARCADIA: ¿Cómo marca su trabajo y su persona ser de Ica?

David Silva: Ica, en el interior del país, es una provincia muy bella que se destaca por su agricultura, pero también por sus centros turísticos. Es una vida calmada, sosegada; no es ajetreada como las grandes urbes o la capital. Aquí se puede vivir más tranquilo, y esa serenidad siempre me ha gustado. Y he vivido en el extranjero, pero siempre mi corazón me ha llevado a recordar mi querida ciudad. Y aquí estoy. Cuando regresé de Japón, por cuestiones profesionales o académicas, me ofrecieron irme a otra ciudad, pero dije: “Mi corazón ha querido regresar aquí, donde nací y pasé mis primeros años de infancia”.

ARCADIA: Cuéntenos de los escritores que lo marcaron, esas influencias poderosas…

D.S.: Cuando era niño, ahora y siempre me ha gustado un tipo de escritura melancólica. Siempre admiré a un escritor peruano, paisano mío, Abraham Valdelomar, por su mirada de nostalgia, de evocar esas etapas que lo marcaron a uno cuando era niño. También me ha gustado la lectura de índole social, como por ejemplo la de Julio Ramón Ribeyro, y su mirada hacia las personas casi nunca mencionadas, hacia esas realidades o historias que a primera vista podrían parecer insignificantes, pero enseñan mucho. Lo más irónico es que empiezan mal y terminan igual o peor que cuando comenzaron. Siempre vi esa ironía en la vida. A veces las historias no tienen un final feliz; solamente hay una continuación en la que lo aprendido de algo de lo que viviste te hace enfrentar mejor los momentos que vendrán. También me gusta la lectura de José María Arguedas, que habla sobre ese doloroso sentimiento de arraigo a su tierra cuando se va a otro lugar. Se vive tratando de encajar, incluso hasta hacerse invisible para que el choque no afecte, o nadie lo señale. Eso lo pude vivir cuando estuve en Japón.

Cristina Rivera Garza, Mónica Ojeda y Selva Almada decretaron ganador a Silva Rojas. "El simple hecho de que me hayan leído para mí ya es un premio. Salir ganador, créanme, no me lo imaginaba ni en mis sueños más locos", dice el escritor. Foto: Juan Rodrigo Llaguno / Lisbeth Salas / Alejandra López / Montaje Arcadia
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ARCADIA: Háblenos de esa intersección suya entre Perú y Japón y cómo impacta en su quehacer y sus letras...

D.S.: Me fui de Perú cuando tenía 13 años, y cuando entré a la secundaria japonesa, lo primero que sentí fue ese choque cultural. Aquí somos muy expresivos y sentimentales; en Japón es todo lo contrario, es todo más contenido. Allá aprendí a observar, a ver las cosas en pequeños gestos y movimientos, en pequeños detalles que a veces, ya sea por la tecnología o por las cosas que suceden, pasan desapercibidos ante nuestros ojos. También aprendí sobre la introspección, poder pensar en qué me gustaba, qué no me gustaba y cómo podía mejorar. Japón me enseñó disciplina, y se lo agradezco. El querer ser mejor, siempre, jamás decir “esta es la cúspide, hasta aquí llegué”. Como decían mis profesores: “Hasta cuando te mueras tienes que seguir. Un ser humano nunca deja de aprender”.

ARCADIA: Háblenos de su novela, Donde el agua trabaja, sus protagonistas y cómo los atraviesan los temas clave...

D.S.: Es una historia muy íntima en la cual la protagonista trata de entender el desasosiego y desarraigo que experimenta por salir de un entorno que conoce, y mientras vive ese choque con personas que no son como las que conocía donde vivía. Y traté de expresar ahí que uno encuentra fuerza en su interior, en uno mismo. Y que antes de dejarse sosegar o amedrentar, vale buscar esa fuerza por las convicciones.

Muchas veces uno emigra, no por uno mismo, sino por personas que ama, sus padres, sus hermanos, para darles esa vida que uno no pudo tener… permitirles estudiar, o que ya no trabajen en las labores duras en las que están trabajando. Mi protagonista es ese tipo de persona. Vive el sacrificio en el que desatiende su propia vida para darles la posibilidad a sus hermanos y a sus padres de una mejor vida. Y en ese camino aguanta no solo el trabajo, también la indiferencia y la falta de empatía de otros. Tampoco los culpo; esos otros no conocen su vida; no saben que detrás de ella hay una historia por la que no la pueden entender.

ARCADIA: ¿Mutó mucho su novela desde la primera idea que tuvo hasta esta que será publicada?

D.S.: Desde que la pensé, la idea no mutó. Se podría decir que cambiaron los detalles de cómo expresar las ideas o los sentimientos. Toda esta novela empieza con una investigación académica sobre la agroexportación acá en Ica. Y cuando comencé a escribirla, al principio pensé que estaba hablando sobre lo difícil que era trabajar en el campo, pero después me di cuenta de que estaba escribiendo sobre algo más íntimo, más revelador, sobre cómo los entornos y las personas nos afectan a nosotros y nos hacen cambiar. Uno empieza la novela de una forma y la termina de otra manera, y en el camino entiende muchas cosas que no imaginaba. Eso es importante, nos hace un poquito más fuertes y nos permite ver la vida de manera diferente.

ARCADIA: ¿Los temas que aborda en esta novela tocan sus escritos anteriores?, ¿se separan por completo?

D.S.: Algo que coincide en todas las cosas que escribo es que lo hago desde una mirada interior: más que explicar, apunto a mostrar y quiero que sea el propio lector el que se formule su propia respuesta al leer. En Japón me enseñaron a escribir con la idea de que los silencios no son un desmérito, no son falta de escritura, todo lo contrario. Es el lugar donde el lector va a encontrar su propia reflexión y respuesta. Mi profesor, Fujita, me decía: “Nunca moralices, nunca juzgues, nunca expliques; muéstralo”.

En cuanto al desarrollo de la trama son completamente diferentes. Por ejemplo, en el cuento que escribí cuando estaba en Japón, O rastro da canela, con el que gané el premio Novo Mundo, fue sobre el descubrimiento de la infancia, el desarraigo que se siente. Es un cuento sobre la vida en la calle, de niños que muchas veces no tienen padres y tienen que subsistir vendiendo caramelos o chocolates.

En cada obra trato trata de un tema diferente. En este caso es el trabajo agrícola, y en mi otra obra que se llama La limpieza abordo la trata de personas. Ese recibió una mención honrosa en el concurso Julio Ramón Ribeyro del Banco Central de Reserva del Perú este año también.

La novela será publicada a partir de septiembre de 2026 en distintos países y posteriormente iniciará una gira internacional de presentación que incluirá actividades en Colombia, Argentina, Perú, España y México. Foto: Editorial Almadía / A.P.I.
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"La edición independiente ha demostrado que no solo publica libros: también crea espacios para que la literatura circule, se encuentre con los lectores y siga creciendo", dice Guillermo Quijas, Director General de Almadía. Foto: Editorial Almadía / A.P.I.

ARCADIA: ¿Qué escribe ahora?

D.S.: Estoy terminando una nueva novela que también se basa en el trabajo agrícola, pero desde una perspectiva diferente. Cuando escribía Donde el agua trabaja, sentía que era una obra contenida, que la protagonista aceptaba las cosas y trataba de hacer lo mejor que podía, y me quedó ese sinsabor. Mi próxima protagonista es una mujer más aguerrida. Hablará, tendrá más agencia. La veo como una estratega de cómo mejorar su situación, lejos de resignada…

ARCADIA: Es abogado especializado en derecho penal constitucional y ha trabajado en la dirección distrital de defensa pública. Nos preguntamos si sus escritos le son un escape de su mundo profesional, porque parecen atados a él…

D.S.: No se equivoca, no del todo. A veces uno lee tantos expedientes, tantos casos, que llegan a una resolución frustrante, que a uno le parece que debió ser, se queda con ese sinsabor. Y entonces lo trata de volcar hacia la escritura, para poder lidiar con que ese expediente se archive y nadie conozca el caso. Mi profesor me dijo en Japón que cuando ese tipo de sentimiento me venga, lo vuelque hacia la escritura, lo escriba. Una vez lo escribes, deja de ser invisible, deja de estar dentro de ti, pasa a estar en blanco y negro y ya no tiene ese poder en ti. Duele, pero ya no da miedo. Escribir es una manera de hacer catarsis también, de poder decir: “Estas vidas existieron, esta situación existió, yo lo he escrito y no se va a poder borrar”...

"Durante años escuché hablar del éxito de la agroexportación peruana, de sus cifras y de su crecimiento. Yo quise escribir sobre las personas que hacen posible ese éxito". Foto: Editorial Almadía / A.P.I.
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ARCADIA: Viene en septiembre a Bogotá y a Medellín, ¿qué expectativa le genera esa visita?

D.S.: De niño, en Japón, tenía compañeros colombianos y ellos me enseñaron esa picardía, ese sabor que tenemos. Me decían: “No seas tan tímido, no seas tan callado, nosotros no somos japoneses, ¡somos latinos!”. Con ellos aprendí algo que me gustó mucho, que todavía forma parte de mí: la música colombiana, los vallenatos, la salsa. Con ellos me volví fan del Grupo Niche, de los Titanes, de Guayacán, de Carlos Vives y de Lisandro Meza, con sus vallenatos. Era muy joven, pero me gustaba cómo retrataban ese sentimiento a través de la música. Y después vinieron el Binomio de Oro, Los Inquietos del Vallenato, tantos artistas que compartía con ellos. Desde entonces, siempre me ha gustado ese tipo de música. Por eso me da una gran ilusión visitar por fin esa tierra que conozco a través de su cultura, y ahora conoceré físicamente. Podré estar ahí y decir: “Antes de morirme estuve en Colombia”.