Quizá ya habitamos la ficción. En la serie Alien: Earth, por circunstancias inesperadas, el xenomorfo (la icónica bestia de Alien) llega a la Tierra, donde desata mucho caos, y desatará más en su segunda temporada. Pero en esa primera, muy buena, se nos presenta un mundo que no reconocemos a primera vista. Las fronteras entre países ya no existen y se obedece a limitaciones definidas entre corporaciones dominantes que asumen el control de los territorios.
Increíblemente, en 2026, exceptuando al xenomorfo (que, creemos, no existe), ya no se puede pensar en ese escenario como una distopía. Decirlo suena extremo hasta que se da con el ideólogo de cabecera de varios jugadores de poder en Silicon Valley, un señor llamado Curtis Yarvin, que gente tan influyente como Peter Thiel cita como inspiración y guía. Yarvin profesa ideas sobre un futuro dividido en zonas corporativas, feudos controlados por empresas, y se ha referido a la democracia como un aparato obsoleto. Por eso proyecta la nueva estructura de gobierno como una de “corporaciones autocráticas, similares a dictaduras, con poder absoluto sobre sus ciudadanos”.
Puede no creernos, pero créales a ellos mismos, porque estos ideólogos influyentes en la Casa Blanca todo lo han dicho en discursos, pódcasts y ensayos. Y tienen autoridad de culto por herencia de los capos de Silicon Valley, los empoderados aliados tecnológicos del segundo periodo presidencial de Donald Trump, con planes que congelan el espíritu (no por nada, Facebook resolvió esta semana una demanda de 1,4 billones de dólares por afinar su algoritmo y hacer su plataforma adictiva para los niños).
Discursos, pódcasts y ensayos fueron precisamente las fuentes que consultó el periodista californiano Gil Durán, hijo de inmigrantes mexicanos, experimentado en el trabajo por dentro y por fuera del poder, para componer The Nerd Reich, el libro que viene de lanzar y en el que denuncia el elefante en la sala: Silicon Valley en su faceta más fascista llegó al poder, y el panorama para el hombre común es alarmante. El título propone un juego de palabras entre el Tercer Reich de Hitler y el neofascismo tecnológico que ya dejó de ocultar sus dientes (voluntariamente o no). La expresión no se la inventó él; la escuchó de algunos personajes del mundo tecnológico que consultó para su libro, conscientes de que la promesa de inclusión y liberación tecnológica ha dado paso al fundamentalismo.
Y sí, Yarvin, un profeta social demente que no le habla al viento, le habla al poder detrás del poder, escribió en su blog que estas corporaciones autocráticas “podrían convertir a las personas ‘no productivas’ en biodiésel para alimentar los autobuses de la ciudad”. Durán explica que Yarvin aclaró que bromeaba sobre esto, pero poco después “dijo que lo que realmente se necesita para los pobres es ‘una alternativa humanitaria al genocidio’. “Ese es el tipo de ideas que manejan”, sentencia el periodista, con pánico ante la normalización de estos preceptos y su influencia en gente que tiene códigos nucleares. En ese marco, no parece casualidad que estos días ya no se hable de natalidad, sino de reposición. Durán subraya que Yarvin no sabe nada de gobernanza real, pero “es considerado un genio por estos multimillonarios porque les dice exactamente lo que quieren escuchar”.
En ese punto, es pertinente volver a uno de sus iluminados más poderosos, Peter Thiel, el billonario que inventó PayPal con Elon Musk y luego vio el beneficio de vastos contratos estatales de vigilancia de su empresa Palantir. Thiel pesa además porque su huella ideológica se siente fuerte en Argentina, El Salvador, Honduras, Estados Unidos y más países de la región. Fue él quien inspiró a J. D. Vance, hoy vicepresidente de Estados Unidos, a tomar la ruta de las inversiones; fue él quien impulsó sus campañas políticas, fue quien lo puso ahí (y a otros cuantos del círculo cercano de Trump). Por eso se da por descontado que Vance será el candidato de la continuidad en 2028 en el país del norte, si la democracia llega…
Para Durán y para la mayoría de la prensa libre en Estados Unidos, el actual VP es más extremo que el mandatario actual. En una entrevista de 2021, sugirió que, al ganar las elecciones, siguiendo postulados de Yarvin, Trump “debía purgar el Gobierno federal y debería desafiar a los tribunales y a la ley, obligando a los jueces de la Corte Suprema a intentar hacer cumplir sus dictámenes por la fuerza”.
EN ESTA PRESIDENCIA DE TRUMP, LOS CAPOS TECNOLÓGICOS HAN TENIDO CAMPO FÉRTIL PARA PROYECTAR TERRIBLES FANTASÍAS SOCIALES E IMPLEMENTAR ALGUNAS.
El eco del eco se escucha y se ejecuta. Porque, como añade Durán en su Nerd Reich, en 2010, Thiel afirmó ante algunos libertarios que el Gobierno es fundamentalmente malo. El periodista anota el descaro de ser un contratista de vigilancia estatal y afirmar tal cosa. “Estos hombres solo se oponían al Gobierno hasta que vieron la oportunidad de apoderarse de él para sus fines comerciales”, exhorta Durán. Y considerando que Palantir está recaudando miles de millones de dólares en contratos con la administración Trump y Silicon Valley bombea miles de millones a las arcas y empresas de la familia presidencial (entre varias maneras, por medio de esquemas desregulados de criptomonedas), razón no le falta. Por eso, para el investigador, “la tecnología parece haberse convertido en un arma de corrupción masiva en Washington”. El clima era distinto en su primera presidencia. En esos distantes tiempos, Twitter y Facebook bloquearon a Trump. Hoy alimentan su mensaje de odio y sus arcas.
En una profunda entrevista con Democracy Now, Durán asegura que, a pesar de la oscura situación, la ciudadanía se está dando cuenta de la amenaza: “Se ven protestas en todo el país de comunidades enteras que se oponen a la instalación de centros de datos masivos en sus vecindarios, o que se movilizan contra el despliegue de tecnologías de vigilancia de Palantir o cámaras de reconocimiento facial en las calles (de la compañía Flock). Hay una resistencia comunitaria real e inspiradora que trasciende las divisiones partidistas”, cuenta, pero aterriza el entusiasmo anotando que son muy pocos los políticos que abordan el tema con la urgencia que amerita. Y atado a todo esto, el marketing extremo de los capos de Silicon Valley de la inteligencia artificial como la solución a los problemas del hombre común y de las criptomonedas, cuyas bondades sienten muy pocos.
La semana pasada, en Buenos Aires, Argentina, la capital en la que Peter Thiel compró la casa más cara a la venta para mudarse después de dejar su país, una legión de hombres y mujeres disfrazados del hechicero Gandalf se hicieron sentir en su puerta, exclamando simbólicamente hacia el dueño de la propiedad “¡No pasarás!”, como lo gritaba el personaje de J. R. R. Tolkien (que Ian McKellen también hizo eterno en el cine). En El señor de los anillos, Palantir es un dispositivo mágico que permite a los magos oscuros ver más allá, y el hechicero de sombrero puntiagudo, en nombre del bien común, se opone a sus efectos nefastos. En este plano real, Palantir es sinónimo de hipervigilancia estatal, esa que alimenta a ICE y ya busca expandir su alcance global, y queda en la gente detenerlo. Quizá ya habitamos la ficción.