INSPIRADO POR BENJAMIN Fondane, un polifacético iconoclasta de la primera mitad del siglo XX, apagado en Auschwitz y hasta ahora desconocido para las masas, Patricio Pron, pluma de afilada sustancia, partió para dar vida a su más reciente novela, En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Anagrama).

El libro se planteó en inicio como una biografía, a realizarse aprovechando los recursos a su disposición sobre un personaje que lo fascinaba, al fin, en la Biblioteca Pública de Nueva York (que lo becó para realizar el escrito). El resultado, sin duda, se aleja de la biografía clásica, dando amplia pista a lo que el escritor percibía mientras la investigaba en una Nueva York pospandémica y trumpista (hoy, quizá distinta, por cuenta de su alcalde). Para el autor, entre el tiempo de su personaje Fondane y el suyo, más que una repetición paralela, se sienten las rimas de los tiempos.

Pron presentó el libro en Bogotá, en la reciente Filbo, así como el brillante ensayo No, no pienses en un conejo blanco (Isla de Libros), en el que reflexiona sobre la literatura y su papel dentro de una sociedad sometida por el bombardeo de estímulos y datos, en los que los libros, como bien explica en esta entrevista, son lenta resistencia. Esto nos dijo.
ARCADIA: Su última visita fue en 2019, antes de una pandemia y años dementes. ¿Cómo definiría este periodo?
PATRICIO PRON: Es difícil resumir seis años de la vida de alguien. Se me hace difícil incluso resumir un día de la mía. Pero diría que he estado haciendo lo mismo desde que alguien dijo que yo era un escritor. He estado leyendo, escribiendo, procurando que mis libros hiciesen todas las cosas que los libros tienen que hacer con sus lectores: emocionarlos, conmoverlos, seducirlos, aliviarles una espera, acompañarlos en un viaje en autobús, en un viaje en tren, aliviarles una noche de insomnio, etcétera. Pero mis libros también hacen otras cosas. Escribiendo esos libros he estado en los últimos años, y viajando mucho. Pasé un año en Nueva York, becado por la Biblioteca Pública de Nueva York para escribir esta novela, y me siento muy feliz de estar de regreso.
ARCADIA: En todo hay una grieta y por ella entra la luz es un título realista y, a la vez, optimista. ¿Cómo define sus particulares títulos?
P.P.: A veces, estos anteceden a la escritura de los libros. En ocasiones vienen después y se convierten en lo último que yo sé acerca de un libro. En este caso, el título acompañó la escritura. Se me impuso muy pronto durante su escritura. Recordé la frase de (Leonard) Cohen, que no es de Cohen, y dije: “Este podría ser un buen título de trabajo”, pero no hubo otro.
ARCADIA: Cuéntenos de Benjamin Fondane (1898-1944), ese personaje de los albores del siglo XX que da pie a la novela, y de usted, narrador, que alimenta el relato.
P.P.: Fondane es un personaje indescriptible. Fue alguien que se interesó por muchas cosas, incluyendo el cine, cuando muy pocos se interesaban por él. Llegó tarde al dadaísmo y no llegó tarde al surrealismo, pero se enfrentó a él. Llegó tarde, posiblemente, al existencialismo, que lo ocupó los últimos años de su vida. Y podríamos pensar que fue alguien que fracasó en buena parte de sus intentos, aunque, en realidad, es evidente ahora que no es el caso: estamos recordándolo prácticamente a 100 años de su muerte.
Es un personaje fascinante. Yo estuve obsesionado con él durante diez años y, sin embargo, no encontraba mucha información, no me tropezaba y no encontraba libros acerca de él. Una de las razones para aceptar la propuesta de la Biblioteca Pública de Nueva York de pasar un año allí fue descubrir que tenían mucho material sobre Fondane. Y eso lo hizo el sitio al que tenía que ir. Sin embargo, yo no podía escribir la biografía al uso que había prometido que iba a escribir.


Tenía que escribir otra cosa, algo más fiel al espíritu iconoclasta de Fondane. Entonces, aunque la novela consiste en dos páginas que son la promesa de una biografía y algo más de 200 que son la refutación o el cuestionamiento de esa idea, y que nos confrontan con el personaje, con su entorno y con sus ideas, tengo la impresión de haber escrito la biografía que dije que iba a escribir… Solo que ella, los hechos de Fondane y los estímulos de Nueva York me arrastraron con ellos.
ARCADIA: ¿Establece paralelos alternando entre la vida de Fondane y la suya?
P.P.: Algunas personas sostienen que la historia se repite. Tenemos la famosa frase de Marx de que “la historia se produce primero como tragedia y después como farsa”. Honestamente, no creo que la historia se repita. Sin embargo, creo que en la historia hay rimas.
Casi como si fuese una especie de largo poema, en ocasiones, la historia se repite de algún modo o un periodo resuena en otro. Y en este periodo presente resuena profundamente el periodo en que vivió y murió Benjamin Fondane, el periodo del ascenso del fascismo, en que se producen dos guerras mundiales devastadoras, en el que los discursos de odio se imponen. Es un periodo también de profundas transformaciones tecnológicas y demográficas, como este.
En ese sentido, me parecía que los acontecimientos de la vida de Fondane y el modo en que navegó su época podían resonar e incluso iluminar el presente, al tiempo que el presente y la discusión sobre él, que también es importante en este libro, podían iluminar la biografía de Fondane. Es una persona que sigue inspirándome porque lo cuestionó todo y en más de una oportunidad decidió decir que no, que es tal vez lo que todos tenemos que decir en este momento.
SOBRE BENJAMIN FONDANE, EL ICONOCLASTA QUE ALIMENTA SU NOVELA, PRON ASEGURA: “SIGUE INSPIRÁNDOME PORQUE LO CUESTIONÓ TODO”.
ARCADIA: ¿Qué tanto lo retó definir el formato de la novela?
P.P: No demasiado, honestamente. Hay colegas que trabajan con una especie de plano o de mapa, y van recorriendo ese mapa. Yo no escribo de esa manera. No cuestiono el modo en que escriben mis colegas, les sirve, pero yo escribo de una manera muy distinta.
Lo que yo hago es crear un espacio en el que algunas ideas y personajes van a encajar de algún modo. ¿De qué modo van a hacerlo?, no lo sé de antemano, lo descubro mientras escribo acerca de ellos. En ese sentido, la escritura es algo parecido a un descubrimiento, algo similar a lo que los lectores y las lectoras experimentan cuando comienzan a leer el libro. En mi caso, la escritura de En todo hay una grieta y por ahí entra la luz fue mi manera de averiguar en qué consistía y cómo se escribía una novela llamada así. Siempre tiene algo de especulativo, de conjetural, de improvisado, pero esto es para mí la prueba de que sus personajes y las historias están vivos y me arrastran con ellos. Yo no les impongo nada. Ellos me llevan a donde quieren dirigirse, y, por consiguiente, también lo harán con los lectores y lectoras del libro.

ARCADIA: ¿A qué lugares inesperados se llevó en este trabajo? Usted siempre hilvana muchas subtramas e inquietudes...
P.P: A decenas de ellos, desde luego, cosas de las que me interesaba hablar. Me interesaba hablar de ciertos proyectos vinculados con el arte contemporáneo que se proponen cuestionar el presente. Me interesaba hablar de la ciudad de Nueva York, no por Nueva York en sí misma o por su reputación, sino porque estaba experimentándola en ese momento como una avalancha de estímulos muy contradictorios, todos muy atractivos y fascinantes.
Todos esos estímulos arrojaban preguntas acerca de cómo vivimos en la actualidad y cuál es esa grieta de la que habla la novela. Luego, el primero de estos sitios al que yo no pensaba llegar se resume en la forma del libro. Cuando comencé a escribir esta novela, incluía una nota a pie de página y a continuación me dije a mí mismo: a nadie le gustan las notas a pie de página, de modo que mejor la quito. Pero a continuación me dije: ¿Hay novelas que consisten solo en notas a pie de página? ¿Se puede escribir algo así?, ¿podría escribir algo así alguien como yo?
Este lugar, el de una novela que promete un libro en sus primeras dos páginas y a continuación entrega siete notas a pie de página que continúan en notas a pie de página, que a su vez tienen notas a pie de página, es un sitio al que yo no sabía que iba a llegar pero al que la novela me llevó. No fue dificultoso, entre otras cosas porque si hubiese sido un proceso dificultoso, hubiese pensado que iba a ser dificultoso también de leer para sus lectores y lectoras. Pero se da con una fluidez absoluta. El libro fue llevándome con él, fue arrastrándome con él y aparentemente lo está haciendo también con la atención de los lectores y lectoras.

ARCADIA: Es muy interesante darse cuenta de eso al leer la obra, entenderlo. También lo es encontrar de nuevo el código que maneja usted, de usar una letra para designar a personaje...
P.P: Bueno, esa una de las manifestaciones más visibles de la influencia de Kafka en mi trabajo y tiene que ver con una especie de percepción o, más bien, con un capricho personal. Diría casi un cierto prejuicio.
Afortunadamente, mis libros tienen lectores y lectoras en muchos países, y en gran medida en ambas orillas del Atlántico. En estos dos territorios, al menos, las personas tienen nombres muy distintos, y en algunos casos los nombres de los personajes irritan en un lugar al tiempo que no irritan en otro. Los que parecen perfectamente razonables en un país como Argentina se hacen implausibles o inverosímiles en otro. Lo mismo sucede con los nombres colombianos. Entonces, cuando yo leo una novela colombiana y me encuentro con un personaje llamado Candelaria, me parece perfectamente viable y disfruto de encontrarme con un nombre que no escucho en mi vida cotidiana en España. Y, sin embargo, para algunos lectores y lectoras esto es como si los cogiesen de los pelos mientras están leyendo y les dijesen: “Ah, esto no puede convencerte”. De modo que poner una letra es fácil, porque si llamas a los personajes él y ella, como en Mañana tendremos otros nombres, el problema está resuelto. O si les pones F., pues posiblemente en España dirían que es un Francisco, quizás en Colombia dirían que es un Felipe, o en España dirían que es un Froilán (un nombre absurdo que ya nadie emplea, excepto en España, donde se emplea bastante). Es un atajo, es una manera de resolver un problema concreto de la escritura cuando tus libros son leídos en ambas márgenes del Atlántico.
ARCADIA: En sus ensayos aborda el tiempo actual, la tecnología. En Pron vs. Prompt enfrentó a la IA, una tecnología que emociona y aterroriza a millones.
P.P.: La Universidad Nacional de Educación a Distancia de España me contrató para participar en una serie de experimentos vinculados con la inteligencia artificial: tenían como propósito determinar qué es la creatividad, si esta puede ser medida y si las máquinas tienen creatividad o no la tienen.
En la última etapa del experimento, me enfrentaron a la última versión de ChatGPT. Me pidieron proponer 40 títulos de filmes inexistentes, y lo mismo le pidieron a la IA. A continuación, “los dos” (entre comillas, la IA es una no entidad) escribimos 80 reseñas de esos filmes, y fueron evaluadas por un grupo de expertos para determinar, en primer lugar, qué había escrito el humano y qué había escrito la máquina, y, en segundo lugar, cuál de los dos había sido más creativo. El experimento se hizo a ciegas: los evaluadores no sabían quién había escrito qué. Y, aparentemente, mis textos fueron los ganadores en términos de creatividad. Prevaleció el humano.
A pesar de esto, no soy especialmente optimista. Muchos autores, editores y voces autorizadas creen que el problema radica en que las máquinas van a mejorar tanto que van a suplantar a los humanos en tareas creativas. En mi propia experiencia, tras haber hecho este experimento, es exactamente lo contrario lo que va a suceder.
De hecho, es lo que está sucediendo. No es que las máquinas mejoren, sino que nosotros empeoramos. Y no tengo ninguna duda de que, posiblemente dentro de un par de años, lo que produce la máquina en materia de textos escritos —esta especie de excrecencia, este loro mecánico que repite clichés y con toda esta cosa completamente imbécil de “me encanta que me preguntes esto” y tonterías así— habrá devenido el estándar de la comunicación humana por escrito. Serán imitados por las personas porque considerarán que eso es escribir bien.


ARCADIA: El nuevo estándar, ¿no es cierto?.
P.P: Exacto. De hecho, yo ya percibo en cierto sector de la prensa la imitación de giros y formas que vienen de las máquinas. Me consta que las personas que están detrás de determinados artículos que leo con frecuencia son voces bastante autorizadas y es evidente que son humanos, porque los he conocido. Pero están escribiendo ya de alguna manera maquínicamente porque tienen la percepción de que así los comprenden más o conectan mejor con sus lectores y lectoras. Lo vemos en el ámbito de los títulos en la prensa. Los títulos ya solamente responden a un criterio completamente maquínico de cuántos clics pueden producir. Es poco lo que puedo decir al respecto que no nos vaya a hundir a todos en la miseria, así que mejor hablemos de otra cosa.
ARCADIA: Háblenos de las lecturas que lo alimentan, lo estimulan.
P.P.: En los agradecimientos de este libro, hay una serie de autores que yo recomiendo mucho; son los que dieron forma a este libro. De Vivian Gornick a Judith Schalansky, de Alberto Manguel a Susan Faludi, de Simon Critchley a Vinciane Despret. Autores muy distintos que están hablando de algo que a mí me interesa mucho: la posibilidad de desarrollar un pensamiento del fin que nos permita habitar mejor los tiempos que nos han tocado. Creo que todos tenemos una enorme claridad acerca de cómo podríamos arruinar las cosas aún más, pero no tenemos la misma certeza en relación con cómo podríamos arreglarlo. Acerca de cómo podríamos arreglarlo, no sabemos prácticamente nada. Sin embargo, debemos aprenderlo y la literatura sirve para eso.
La literatura constituye una especie de enorme reservorio de ideas y de vidas posibles. Y en ese sentido se opone a las tremendas simplificaciones y las manipulaciones que surgen en su mayoría de los discursos políticos actuales.
ARCADIA: Tiene raíces argentinas, tiene sus piernas en España, ha estado en Alemania y en los Estados Unidos de Trump. ¿Cómo promedia usted todo eso? ¿Lo ve todo como una ola global o le ve individualidad a cada territorio?
P.P: Es evidente que hay rasgos nacionales. De hecho, todas estas ideologías de odio se conciben o se presentan como la reivindicación de ciertos rasgos nacionales en detrimento de otras cosas. Como tales no son nacionales en absoluto, puesto que el nacionalismo es un invento alemán del siglo XIX. Ya están importando cosas, ya hay poco de telúrico o nacional en la defensa del nacionalismo.
Recuerdo que cuando yo comencé a vivir en Alemania, un político alemán de derechas decía que había que imponer la cultura dominante alemana. Naturalmente le preguntaron los periodistas qué era exactamente la cultura dominante alemana, y este hombre no supo responder. Algo más tarde, alguien con mucho sentido común dijo: “Bueno, pues la cultura dominante alemana consiste en la comida, la religión y el idioma”. Y una tercera o cuarta persona respondió: “Bueno, pues la comida viene de Polonia, el idioma viene de Austria y la religión viene de Palestina”.

Nos enfrentamos diariamente a esta clase de cosas y podríamos, y deberíamos, reírnos ligeramente al menos de la estupidez que está detrás de estas ideas. Al mismo tiempo, sin embargo, no debemos dejar de pensar en su peligrosidad. Hay características nacionales, es evidente, pero hay rasgos generales. Esos rasgos apuntan a este mundo del que hablaba, este mundo del fin, al temor que preside ese mundo del fin. A un miedo generalizado e informe que se objetiva en el miedo a los inmigrantes, a la pérdida del trabajo, o al miedo a lo que sea.
Básicamente lo que domina todo esto es la imposibilidad de aceptar al otro. Lo que coloca a la literatura en un lugar muy interesante porque la literatura es pura y dura otredad. Cuando leemos libros habitamos en el mundo de sus personajes y de alguna manera somos ellos, lo que no significa que tengamos que coincidir exactamente con sus ideas. Cuando emergemos de un libro que nos ha hecho a nosotros lo que tienen que hacer los libros, emergemos a un mundo más rico en el que nuestra vida no es solamente la única vida que podemos tener, y en ese sentido la literatura adquiere en este contexto el carácter de una resistencia. Eso me interesa mucho a mí. Es un gesto político.
ARCADIA: Si hubiera que mandar un libro suyo en una cápsula al espacio, al futuro, ¿cuál escogería usted?
P.P.: El que todavía no he escrito.
