En principio, Amor Towles (1964), un fenómeno de las letras estadounidenses contemporáneas, sembró una carrera exitosa en las finanzas, y eso, lo sabe bien, le permitió escribir para escribir, no para sostenerse. Desde esa libertad de medios y de tiempos, ha configurado una voz tan sustancial como ingeniosa, que millones de lectores en el mundo siguen descubriendo desde el asombro y el gozo.
Towles ha publicado Normas de cortesía, Un caballero en Moscú (su obra más famosa) y La autopista Lincoln, novelas traducidas a más de 30 idiomas, y ahora comparte Mesa para dos (Salamandra, 2025), una entrega en la que aborda la existencia desde seis relatos adictivos. En una charla enfocada en ‘La fila’, el brillante relato inicial, esto nos dijo al respecto de letras, temáticas y métodos.

ARCADIA: ¿Cómo procesa el presente? ¿Lo procesa como artista?
AMOR TOWLES: Es toda una pregunta. Vivimos tiempos desorientadores, y no solo por la situación política en Estados Unidos, sino también por el avance de la IA y un retorno al autoritarismo en el mundo. La brecha de riqueza en Estados Unidos y en muchos países desarrollados ve a los ricos haciéndose muchísimo más ricos, y los pobres y la clase media quedando más rezagados. Esto crea todo tipo de desafíos para la próxima generación. Y hay que añadir el tema del medioambiente. Están ocurriendo muchas cosas inquietantes y disruptivas.
Pero, si usted conoce mi obra, sabe que ese no es mi terreno natural. Es decir, no lo proceso como artista enfocando mi lente en la actualidad. Hay muchos escritores que trabajan temas de coyuntura. Desde luego, la mayoría de los escritores de no ficción lo hacen: escriben sobre Trump, o sobre la IA o algún problema cívico. Muchos escritores de ficción también lo hacen. Les interesa captar, abordar o enfrentarse a los desarrollos de nuestro tiempo y considerarlos a través de personajes e historias, o a través de sus propias vidas, en la autoficción.

Y ese no es mi interés. Personalmente, me interesa mucho más hacer un trabajo que sea atemporal, no oportuno. En gran parte, porque no confío en mí mismo para escribir sobre la coyuntura. Si intentara escribir una novela sobre este momento, sentiría que la afectarían todas las ansiedades al respecto, mi propia implicación personal, mi falta de conocimiento sobre la época…
Todos estamos llenos de ideas sobre nuestro tiempo, pero tenemos un conocimiento muy defectuoso de él, en parte por la desinformación. Así que no se me daría bien. No sería bueno narrando este momento. Debo confiar en mis instintos: si logro crear una historia atemporal, puede situarse hace 50 o 100 años en otro país o en otra región de Estados Unidos. Si la hago bien, aspectos de esa historia resonarán con los lectores y los del futuro de una manera valiosa, que los afecte, amplíe su pensamiento, alcance sus emociones y quizá les brinde consuelo, inspiración o una comprensión del presente, así la historia no lo aborde directamente.

ARCADIA: Mesa para dos comienza con ‘La fila’, una historia intrigante en 1930 que conecta Moscú y Nueva York. ¿Cómo le habla al presente desde ese marco?
A.T.: Espero que distintos lectores tengan respuestas distintas a esa pregunta. El objetivo del periodismo tradicional occidental, hasta cierto punto, es escribir con gran economía. Si se redacta para la portada del New York Times, no puede haber lenguaje ni espacio desperdiciado. Pero parte de la ambición del periodismo es que todos los lectores se queden con la misma impresión de lo que se dijo. No debería haber ambigüedad ni desvío; cualquiera que lo lea debe decir: “Esto es, al menos, lo que este reportero afirma que está ocurriendo ahora en el mundo”.
La ficción es casi lo contrario. Puede apelar a la misma economía, pero, en lugar de significar lo mismo para todos, intenta significar algo distinto para cada lector. Usando el mismo lenguaje, aspira a que 100 personas lo lean y cada una se lleve una impresión diferente.

En un relato como ‘La fila’ hay elementos universales que captarán la imaginación de los lectores, pero uno quiere que sea lo bastante rico como para suscitar interpretaciones diferentes. Es, un poco, un cuento de hadas. Empecé con la idea: “¿Y si hubiera un hombre que no fuera muy bueno para la vida, pero resultara que lo mejor que sabía hacer era hacer fila?” (ese quién es Pushkin, casado con Irina). En la superficie es absurdo, hasta encantador, pero esconde dilemas existenciales: cómo descubrimos eso para lo que somos buenos, cuál es nuestro papel en la vida o cómo encajamos.
Algo interesante que surgió para mí fue pensar en las filas en la Rusia soviética. En los años treinta había filas para todo por las fallidas políticas económicas. Pero en ese mismo momento, por razones completamente distintas, también había filas en Estados Unidos por la Gran Depresión. Y pensé: “Este hombre hace filas en Rusia… pero Estados Unidos también tenía filas”.

ARCADIA: Usted lo conecta brillantemente a través de una fila.
A.T.: Al escribir el cuento, aprendí que la fila es algo muy democrático. En todo el mundo desarrollado existen. Para sacar su licencia de conducir debe hacer fila; para subir al autobús, para esperar mesa en un restaurante… Y, en cualquier fila, la persona delante y detrás puede ser completamente distinta a usted. Gran parte de nuestra vida transcurre entre personas parecidas a nosotros: enviamos a nuestros hijos a escuelas donde la gente se parece a nosotros, o a asociaciones o iglesias similares. Pero la fila es un lugar donde participamos de la sociedad cívica. El hombre delante puede ser rico o pobre; la mujer detrás, judía, musulmana o cristiana. En ese momento todos son iguales: por importante que usted se crea, es igual a los demás mientras espera su turno. Me resultó fascinante la democracia universal de ese instante.
ARCADIA: Ha sido elogiado por los conjuntos de personajes que entrega en sus relatos. En ‘La fila’, el pintor Serguéi Litvinov encarna una tragedia que impulsa la historia…
A.T.: Al construir una narración se introducen personalidades distintas y se crea química. Porque cada individuo tiene rasgos propios pero al juntarlos surge algo completamente nuevo. Serguéi Litvinov encarna el hecho de que las mejores personas pueden pagar un precio terrible. Y me gusta que Pushkin, el protagonista, se tropiece con las circunstancias del pintor. Porque Pushkin nunca habría imaginado querer abandonar el país; intenta resolver el problema de Litvinov y así cae en el destino que busca ese busca...
ARCADIA: Su escritura saca carcajadas al lector. ¿Se ríe de su propio material? ¿Cómo interactúa con ese aspecto?
A.T.: Interesante pregunta, porque soy planificador; hago esquemas, diseño mis novelas durante años antes de escribirlas. Sé todo lo que va a pasar: la secuencia de eventos, los capítulos, la estructura, las personas, sus antecedentes, sus personalidades. Todo lo conozco de antemano. Y también planifico los cuentos. Pero algo que no planifico es el humor. No digo: “Aquí habrá una escena graciosa”. Eso surge de la propia escritura. Cuando se imagina a las personas en la situación, la comedia aparece sola. Y sí, me sorprende cuando sucede y me río. Pienso: “Esto es divertidísimo”. La esposa de Pushkin, Irina, es muy graciosa. Dice algo y me hace reír de una forma que no podía planear.


ARCADIA: ¿Lo llamaría una característica dominante de su obra?
A.T.: Como lo hace un dramaturgo, uno intenta abarcar todo el espectro emocional humano. Puede haber momentos que sorprendan al lector, que lo entristezcan, que resulten iluminadores, que celebren algo y, por supuesto, puede haber humor. Soy admirador de Tolstói, de García Márquez y de muchas grandes novelas del siglo XIX, e intento recrear la vida capturando la variedad de la experiencia humana. Y el humor forma parte de ella, incluso en una historia trágica. Lea a Gógol: introduce humor en situaciones muy trágicas. Yo vengo de esa tradición, en la que me gusta que todos esos elementos se expresen en la historia.
ARCADIA: En la segunda historia, La balada de Timothy Touchett, usted introduce a Paul Auster. ¿Por qué él?
A.T.: En la primera parte del libro, hay seis cuentos. El primero (“La fila”) empieza en Rusia y termina en Nueva York, pero los otros cinco son historias neoyorquinas, en su mayoría situadas alrededor del año 2000; es decir, relativamente recientes.
Ese segundo relato, La balada de Timothy Touchett, es parecido al primero en que es bastante cómico. Un joven escritor llega a Nueva York, y no sabe sobre qué escribir porque no ha tenido experiencias en la vida. Entonces consigue trabajo en una pequeña librería donde el dueño vende primeras ediciones y ejemplares firmados. El propietario descubre que el joven, en su tiempo libre, hojea las cartas de autores famosos e imita sus firmas por diversión. Y se da cuenta de que puede ponerlo a firmar autógrafos falsos y ganar una fortuna. Así se convierte en su carrera.
Timothy es un poco como el personaje de Pushkin (de “La fila”): no pretendía infringir la ley, pero se ve arrastrado por la circunstancia. Su única regla es que solo falsifica autores muertos: Hemingway, Virginia Woolf, gente así. Piensa que no los perjudica y que hace muy feliz a quien compra el libro al creer que tiene un ejemplar firmado por Hemingway.
Empieza a ganar cada vez más dinero, ilegalmente. Pero un día su jefe le dice: “Escucha, ¿podrías hacer uno de Paul Auster?”. Yo sabía, al planear la historia, que rompería su regla y lo haría con un autor vivo… porque hay una clienta que lo necesita. El jefe dice: “Tengo una amiga monja que ama a Paul Auster y está en su lecho de muerte. ¿La harías feliz?”.
Así que acepta, y lo que ocurre es que, mientras los libros están sobre el escritorio listos para enviarse, Paul Auster entra a la tienda y descubre las firmas. Entonces llama a la policía.

En mi planificación sabía todo lo que iba a pasar: que haría la firma, que el autor vivo la encontraría, llamaría a la policía y ese sería el final. Pero no sabía quién sería el autor. Uno empieza a pensar: ¿Toni Morrison?, ¿John Updike? ¿Quién sería adecuado en la literatura estadounidense? Y de pronto: “¡Claro, Auster!”.
Porque, si usted conoce su obra, ha escrito libros donde Paul Auster, el personaje, aparece en la historia, distinto del Paul Auster autor, y otros donde alguien finge ser Paul Auster. Pensé: esto sería perfecto. Añade comedia. El verdadero Paul Auster descubre la falsificación, llama a la policía y pasan cosas.
Fue también una especie de homenaje, porque admiro su trabajo. No lo conocí, y tristemente murió justo cuando el libro acababa de publicarse. Pasó de ser un homenaje a una persona viva a serlo tras su muerte. Supo del asunto al final de su vida: amigos en común le contaron que aparecía en el libro y, me alegra decirlo, no se opuso.


ARCADIA: Sabemos que leyó muchas novelas de los años cincuenta cuando preparaba The Lincoln Highway, y suele hacerlo en sus trabajos... ¿Qué literatura leyó al preparar Mesa para dos?
A.T.: Con los cuentos hay menos de eso. Mesa para dos tiene dos partes. La segunda mitad es una novela corta de unas 200 páginas que sigue a un personaje mío (de Normas de cortesía), Eve, hasta Hollywood en 1938. Ahí sí hay una influencia clara de la ficción y del cine de esa época. Pero en los relatos cortos es menos directo. Ahora trabajo en una ficción ambientada en Nueva York en los años treinta, y leeré material alrededor de ese periodo. Para Un caballero en Moscú leí autores rusos durante años. Prefiero eso a leer un libro de historia para captar el espíritu de la época.
ARCADIA: ¿Cuál fue el último gran libro que leyó?
A.T.: Nunca había leído Persuasión, de Jane Austen. Había leído Sentido y sensibilidad y Orgullo y prejuicio, pero ya sé que Persuasión es una de sus grandes obras. Tiene 200 años y lo primero que sorprende es que el inglés no ha cambiado tanto. Si usted lee a Shakespeare, el idioma es muy distinto del actual. Pero hacia 1815 el inglés había evolucionado a un punto en que podemos leerlo prácticamente sin notas al pie.


Más importante aún, se siente muy fresco. No necesita explicaciones en su reflejo de la interacción familiar, los estratos sociales, los ricos frente a la clase media y la trabajadora, la forma en que describe el romance, los problemas y la vanidad… Todo es completamente contemporáneo en su tono. No se siente pintoresco ni anticuado. Es asombroso. Volver a él me recordó que, cuando un libro está bien escrito, puede resonar 200 años después, pese a todas las locuras que ocurren en nuestro mundo.
