Luciano D’Alessandro vive uno de los momentos más visibles de su carrera reciente. Mientras el público colombiano comienza a descubrir una faceta inédita del actor en la nueva temporada de MasterChef Celebrity, el venezolano sigue consolidando una trayectoria que se ha construido con el éxito actoral en televisión y el cine, pero también por una vida marcada por la migración.

Su nombre no es ajeno para las audiencias latinoamericanas. Con una carrera de más de dos décadas en la actuación, D’Alessandro ha desarrollado buena parte de su trabajo entre Venezuela, Colombia y Estados Unidos. Sin embargo, 2026 lo encuentra en una coyuntura particular: protagoniza uno de los formatos más exitosos de la televisión colombiana en la película Susana y Elvira, y observa, con preocupación y esperanza, el futuro de Venezuela tras la salida de Nicolás Maduro y los recientes terremotos que golpearon varias regiones del país.

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Luciano D’Alessandro conversó con SEMANA sobre su participación en Masterchef, en la película colombiana ‘Susana y Élvira’ y su visión sobre la transición en Venezuela. Foto: Omar Charcousse

Desde Miami, donde actualmente reside, el actor conversó con SEMANA sobre los retos de exponerse en un reality, el descubrimiento de una pasión tardía por la gastronomía y el vínculo emocional que mantiene con la tierra que lo vio nacer.

Fuera de su zona de confort

Para Luciano, participar en MasterChef Celebrity fue, ante todo, una apuesta personal. Durante años había rechazado invitaciones para integrarse al programa. El miedo, admite, pesó más que la curiosidad. Hasta ahora. “Fue un proyecto increíble, con mucho aprendizaje y en el que uno pone a prueba todo el tema sentimental, físico, mental y psicológico.

Son jornadas largas de grabación y, además, estás completamente fuera de tu zona de confort. Hoy, cuando veo el programa y la respuesta de la gente, siento que valió la pena haber dicho que sí”, le cuenta a SEMANA.

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La cocina nunca fue su territorio natural. Hijo de un padre italiano y de una familia en la que cocinar era casi un ritual, Luciano reconoce que siempre estuvo más cómodo del otro lado de la mesa. Su experiencia culinaria se limitaba a sobrevivir viviendo solo. “Yo siempre fui un gran comensal, no un gran cocinero”, resume entre risas.

Antes de ingresar al programa, apenas dedicó unas semanas para preparar recetas en casa. Mientras que algunos de sus compañeros llegaban con meses de entrenamiento e incluso chefs particulares, él decidió enfrentar el reto desde la intuición. “Yo fui muy inocente. Llegué a la primera semana de inducción y me di cuenta de que había compañeros que llevaban meses preparándose. Ahí pensé: ‘¿En qué me metí?’. Pero decidí aprender dentro de la cocina de MasterChef y disfrutar el proceso. Nunca entré pensando en ganar, sino en descubrir cómo reaccionaba Luciano en un lugar que no era el suyo”.

Ese descubrimiento terminó siendo una de las mayores recompensas. El actor asegura que el programa le ha permitido conocer aspectos de su personalidad que ni siquiera él había identificado. “Fue una experiencia reveladora”, insiste. “La gente va a conocer a un Luciano distinto”.

La exposición pública, sobre todo en un formato que mezcla competencia y convivencia, implicó un desafío para alguien que históricamente ha mantenido su vida privada lejos de los reflectores. En esta ocasión no hubo manera de esconderse. “Toda mi vida he tratado de mantener mi privacidad. En un reality eso desaparece. Allí aparecen tus fortalezas, tus inseguridades y tus emociones. Hay cosas que descubrí de mí mismo que no sabía que estaban ahí, y creo que eso es lo que termina conectando con el público”.

El actor también reveló que halló en sus compañeros un elemento fundamental de la experiencia. Muchos de ellos ya eran conocidos; otros terminaron convirtiéndose en amigos. “Me tardé tanto en aceptar MasterChef porque me tenía que tocar esta edición. Había momentos de tensión, como en cualquier competencia, pero la relación fue increíble. Con Emiro, Paula, Farah, Diana, Luisa y Huguito formamos una familia. Compartíamos la grabación y después seguíamos juntos en el hotel. Esa energía traspasa la pantalla”.

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El actor habla con especial afecto de Emiro Navarro y recuerda con cariño las cenas improvisadas después de las grabaciones. Para él, el programa deja vínculos que sobreviven a las cámaras.

También reconoce la influencia de personas cercanas en su proceso de aprendizaje. Entre ellas, la actriz y presentadora Nela González, finalista de una edición anterior del programa, quien lo recibió en varias ocasiones en su casa para cocinar durante sus días libres.

Ese espíritu colectivo parece explicar, en parte, la buena recepción de esta temporada entre los espectadores. D’Alessandro observa con entusiasmo cómo las redes sociales han reaccionado a cada episodio y cómo el público ha comenzado a apropiarse de las historias detrás de los participantes.

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Paralelamente al reality, Luciano llegó este año a las salas de cine con una participación especial en Susana y Elvira, la adaptación cinematográfica de una de las producciones digitales más recordadas del entretenimiento colombiano.

Aunque su aparición es breve, el actor asegura que aceptó el proyecto por el significado cultural que representa. “Fue una sorpresa muy bonita. Sé lo que significa Susana y Elvira para el público. Me hubiera encantado que el personaje tuviera más recorrido, porque me quedé con ganas de seguir explorándolo. Ojalá esta película abra la puerta para que algún día exista una serie y podamos regresar a ese universo”.

Migración y esperanza

Sin embargo, fuera de las pantallas, hay un tema que surge inevitablemente en la conversación: Venezuela. Días antes de los devastadores terremotos del 24 de junio, que afectaron distintas zonas del país, Luciano había regresado a saludar a su familia. Recorrió playas, visitó a sus padres y compartió en redes sociales imágenes de una Venezuela distinta a la que durante años ha ocupado titulares internacionales.

Me vine de Venezuela lleno de amor y de esperanza. Sentía que el país se estaba preparando para algo bueno, para un cambio. Salí un martes y, al día siguiente, ocurrió el terremoto. Fue un golpe muy duro porque todavía tenía esa emoción de haber visto a la gente soñando otra vez”.

La tragedia también lo alcanzó en el plano personal. Su madre se encontraba en Caracas durante el sismo y su apartamento sufrió daños importantes. Durante varias horas, las dificultades en las comunicaciones mantuvieron a la familia en vilo.

Desde Miami, el actor se sumó inmediatamente a las jornadas de ayuda humanitaria junto con organizaciones como Willow Foundation y Global Empowerment Mission. La respuesta de la diáspora venezolana, asegura, ha sido conmovedora. “Ha sido hermoso ver a los venezolanos unirse. Los que estamos afuera tenemos otras herramientas para ayudar, pero admiro profundamente a quienes están dentro del país: los cuerpos de rescate, los motorizados, la gente común. Muchos de ellos se convirtieron en héroes en medio de la tragedia”.

También destaca el apoyo recibido desde nuestro país, con el que mantiene una relación profesional y afectiva desde hace años. “La ayuda de Colombia ha sido inmensa”, afirma, al recordar el trabajo realizado por el Banco de Alimentos de Bogotá para movilizar insumos hacia las zonas afectadas.

La conversación desemboca inevitablemente en el futuro político de Venezuela. Aunque evita caer en triunfalismos, Luciano reconoce que, antes del terremoto, percibía un ambiente distinto en las calles. “Uno quisiera volver a una Venezuela donde la gente tenga calidad de vida, pueda trabajar, recibir un sueldo digno y tener acceso a la salud. No estamos esperando un país perfecto, pero sí un país donde vivir con dignidad sea posible. Para eso tiene que haber una transición y, sobre todo, justicia”.