Hace unos días subí a un escenario en Cartagena a recibir el Start-Up Award de los Women in Tech LATAM Awards, un reconocimiento a las mujeres que están construyendo tecnología en la región. Lo recibí con emoción, agradecimiento y también con una convicción que quiero compartir, porque contradice lo que muchos dan por sentado: no llegué hasta aquí por ser la mayor experta técnica de mi empresa. Mi formación es en finanzas, no en ingeniería. Y aun así, hoy dirijo una compañía de tecnología que opera en tres países, y que hace esfuerzos por expandirse a muchos más.
Durante mucho tiempo interpreté eso como una carencia que debía disimular. Hoy lo entiendo como el centro de una lección: liderar en tecnología no exige ser el mayor especialista de la sala. Exige algo distinto y, a mi juicio, más determinante: criterio. Principios claros e ideas propias sobre la tecnología, incluso cuando no se es quien la desarrolla.
Vale la pena detenerse en esto, porque es el corazón del asunto. Quien está al frente de una compañía no necesita dominar cada detalle técnico, pero sí tiene la responsabilidad de comprender el terreno en el que compite: hacia dónde se mueven las tendencias, qué tecnologías están madurando, cuáles pueden transformar el negocio y cuáles son apenas entusiasmo pasajero. No para presumir de conocimiento, sino para formular las preguntas adecuadas, decidir con fundamento y distinguir lo que de verdad aporta valor a la empresa, a sus clientes y al entorno que la rodea. Un líder que no entiende las fuerzas que están redefiniendo su industria delega sin capacidad de juicio, y esa es la manera más silenciosa de rezagarse.
La pregunta, entonces, es cómo se construye ese criterio cuando uno no proviene del mundo técnico. Mi respuesta, después de años de hacerlo, es que se cultiva con intención. Se estudia con la misma disciplina que se dedica a las finanzas o a las ventas. Se alimenta leyendo, preguntando y rodeándose de personas que saben más que uno. Y, sobre todo, se nutre de estar presente donde ocurre la conversación: en los foros donde se discute el futuro del sector, escuchando con atención, dejándose incomodar por lo que aún no se domina. Cuando esos espacios no existen, hay que crearlos. Porque el líder que espera a que el conocimiento le llegue siempre reacciona tarde; el que lo busca, anticipa.
Lo aprendí a lo largo de mi propio camino. Mi acercamiento a la tecnología no nació de un título, sino de descubrir su capacidad para resolver, con una eficiencia que yo desconocía, los mismos problemas que había visto durante años en el mundo financiero. A partir de esa fascinación me correspondió formarme con constancia, buscar mentores y aprender a rodearme del mejor talento técnico. Comprendí que mi papel no era construir la solución con mis propias manos, sino entender el problema con la profundidad suficiente para plantear la pregunta correcta, y reunir a personas capaces de resolverla, que se sintieran seguras para desplegar todo su potencial. Mi función no era ser la persona más técnica del equipo, sino formar ese equipo, darle las mejores condiciones y fortalecer constantemente el conocimiento de quienes lo integran.
Ese criterio, además, nunca es un logro definitivo. La tecnología no se detiene, y por eso dirigir en este terreno impone una inquietud permanente: preguntarse siempre qué viene, qué sigue, qué más es posible. La innovación no es un acontecimiento que sucede una vez; es una manera de mirar, la de quien no da por cerrado el aprendizaje y asume que siempre hay algo más por construir. El día en que un líder siente que ya comprendió lo suficiente, comienza a quedarse atrás de lo que su equipo y su mercado necesitan.
En eso consiste, para mí, el verdadero liderazgo en la era de la tecnología, y no se aprende en ningún manual técnico. Se sostiene en la curiosidad, en la humildad para reconocer lo que no se sabe y en la determinación de salir a buscarlo. El especialista construye la herramienta; el líder comprende para qué sirve, hacia dónde se dirige y a quién debe servir.
Subí a recibir mi premio al escenario representando a Colombia, y pronto tendré el honor de representar a la región en la final global, en París. Pero más allá del reconocimiento, me llevo una idea que quisiera dejarle a cualquiera que sueñe con construir en tecnología y crea que no puede porque no es experto: no necesitas serlo. Necesitas la curiosidad para comprender, la humildad para rodearte de quien sabe y la constancia para no dejar de aprender nunca. La técnica se estudia, se contrata y se construye en equipo. El criterio para dirigirla con propósito lo pones tú. Y ese es, verdaderamente, intransferible.
Marcela Santiago, fundadora y CEO de Tumipay