OPINIÓN

Marcela Santiago

De visionario a gigante: la mentalidad que impulsa el crecimiento

El verdadero crecimiento empresarial no depende de factores externos como el capital o el mercado, sino de un cambio de mentalidad. Esta columna comparte cinco prácticas para que las emprendedoras dejen de pedir permiso, superen los límites autoimpuestos y lideren organizaciones con ambición global.
27 de mayo de 2026 a las 12:44 a. m.

Cuando emprendemos desde cero, solemos creer que los mayores obstáculos son externos: falta de dinero, mercado pequeño, competencia feroz. La verdad es más íntima y contundente: el mayor reto muchas veces está en nuestra mente. Romper versiones antiguas de nosotras mismas: creencias, dudas, hábitos, es el primer acto de valentía que exige construir algo grande.

Para muchas mujeres, ese trabajo interno viene con un peso adicional. Crecemos escuchando mensajes que nos minimizan: “Eso es muy duro”, “no es para mujeres”, “te falta experiencia”, “necesitas a alguien que te ayude”. Con el tiempo, esas frases se convierten en rutina y, sin darnos cuenta, en límites autoimpuestos. Normalizamos la idea de que quizá no somos suficientes para liderar, negociar, escalar. Y así, el talento se topa con un techo mental mucho más rígido que cualquier barrera externa.

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Pero la realidad es otra: las mujeres tenemos la capacidad estratégica, la resiliencia y la visión necesarias para crear empresas escalables. Lo que cambia no es el talento; es el mindset con el que enfrentamos el crecimiento. Aprendí esto en el día a día de construir equipos, resolver problemas inesperados y liderar con responsabilidad: no se puede construir una compañía grande con una mentalidad pequeña.

Crecer implica romperse y reconstruirse constantemente. Implica aceptar que el miedo existirá, pero decidir avanzar igual. Implica cambiar el discurso interior de “sobrevivir” a “escalar”. Cuando la ambición deja de ser un tabú y pasa a ser una herramienta, la empresa entera cambia de ritmo. He visto cómo equipos pequeños, bien orientados, pueden crecer a ritmos que superan el 300 por ciento anual: eso no es casualidad; es producto de mentalidades que se atreven a pensar en grande y de culturas que permiten que eso ocurra.

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Los libros que más han marcado mi camino como fundadora no hablan primero de dinero; hablan de personas y cultura. Dale Carnegie, en Cómo ganar amigos e influir sobre las personas, nos recuerda que las compañías crecen por relaciones humanas sólidas: escuchar, conectar, inspirar. Eric Schmidt, en Cómo trabaja Google, subraya que una empresa escala cuando atrae y retiene talento, y cuando crea espacio para que la gente cuestione y cree. Netflix demuestra que el control estricto no es el camino: crear culturas de responsabilidad y libertad acelera la innovación. Amazon nos enseña la obsesión por el cliente y la disciplina de construir procesos escalables desde temprano. Estas lecciones convergen en algo simple pero poderoso: la capacidad de construir en grande parte de crear contextos donde las personas pueden desplegar lo mejor de sí mismas.

Pienso en los unicornios y en la narrativa común: que nacen por capital, suerte o condiciones externas. Sí, esos factores influyen, pero no son determinantes. Los unicornios también nacen porque alguien se atrevió a pensar diferente cuando nadie veía el potencial. Ese atrevimiento nace en la mente: en la voluntad de sostener una visión cuando los demás dudan, en la disciplina de transformar ideas en disciplina operativa, en la generosidad de construir equipos que te permitan escalar.

Por eso insisto en cambiar la conversación, especialmente para mujeres emprendedoras. No necesitamos permiso para ocupar una mesa. No necesitamos ser ‘más’ para merecer un lugar. Ya somos capaces. El liderazgo femenino es, de hecho, una ventaja competitiva: trae empatía, escucha, resiliencia y una comprensión integral del impacto social que una empresa puede generar.

Cambiar el mindset implica acciones concretas. Algunas prácticas que recomiendo, basadas en años de aciertos y errores:

  • Introspección periódica. Reserva tiempo semanal para revisar si las decisiones reflejan tu visión y valores. Pregunta: ¿cómo me siento?, ¿cómo se siente el equipo?, ¿qué obstáculos invisibles existen?
  • Priorizar relaciones. Invierte en la calidad humana del equipo: rituales simples, espacios para hablar y celebrar, conversaciones sinceras sobre expectativas y crecimiento.
  • Diseñar para escalar desde temprano. Aunque tu empresa sea pequeña, piensa en procesos, en documentación y en experiencia del cliente como si ya fueras grande.
  • Empoderar liderazgo interno. Identifica y forma ‘almas del equipo’ que puedan liderar iniciativas; multiplican tu capacidad y liberan tu energía para pensar en estrategia.
  • Practicar la audacia informada. Atrévete a plantear metas ambiciosas, pero con hipótesis medibles: prueba, aprende y ajusta rápido.

Cambiar la mente no elimina el miedo; lo coloca en su justo lugar: como compañero inevitable del riesgo. El verdadero avance ocurre cuando actuamos a pesar del miedo. Ese empujón —dar el paso aunque el terreno no sea perfecto— es lo que separa a quienes construyen de quienes sueñan.

Finalmente, quiero subrayar que pensar en grande no solo es una ambición empresarial: es una decisión ética. Construir compañías con alcance significa generar empleo, innovación y soluciones que mejoren la vida de muchas personas. Emprender en grande desde Latinoamérica no es una fantasía; es una responsabilidad y una oportunidad histórica.

Si estás empezando, recuerda: el primer gran cambio comienza en la mente. Ajusta tu mirada, alimenta tu voluntad y rodéate de quienes te empujan hacia arriba. No pidas permiso para soñar en grande. Pide recursos, aliados y honestidad; pero no dejes que nadie te diga que no puedes. La construcción de algo grande empieza por atreverse a pensarlo.

Marcela Santiago, fundadora y CEO de Tumipay