Hoy la conversación sobre la gestión del talento humano ha cambiado de manera profunda. Ya no gira únicamente en torno a la compensación, los beneficios o las estructuras organizacionales. Sin dejar de reconocer la importancia de estos factores, hay una pregunta que, desde mi perspectiva, está redefiniendo la manera en que atraemos, desarrollamos y fidelizamos el talento: ¿Qué sentido tiene trabajar aquí?
Puede parecer una diferencia sutil, pero estoy convencida de que refleja un cambio estructural en la forma en que las personas se relacionan con las organizaciones.
Durante años, el empleo se construyó desde una lógica principalmente transaccional: estabilidad, desarrollo profesional, competitividad y una compensación justa. Aunque estos elementos siguen siendo necesarios, hoy ya no explican, por sí solos, las decisiones que toman las personas. Cada vez resulta más evidente que la conexión con un propósito influye de manera directa en la vinculación, la permanencia, el compromiso y el desempeño.
Lo que estamos viviendo no es una tendencia pasajera. Es, en muchos sentidos, un nuevo acuerdo entre las organizaciones y el talento. Un acuerdo que va más allá de lo contractual, porque incorpora una dimensión de significado que antes no ocupaba un lugar tan determinante.
En este contexto, las personas ya no buscan únicamente un lugar donde trabajar. Buscan espacios donde lo que hacen tenga sentido, donde puedan conectar quiénes son con aquello que hacen cada día y donde su contribución esté alineada con un impacto que trascienda lo individual.
Ahí aparece uno de los mayores desafíos para las organizaciones, pero también una de sus mayores oportunidades: lograr una conexión auténtica entre el propósito personal y el propósito organizacional.
Y esa conexión no se construye imponiendo un relato. Se construye generando espacios donde sea posible, genuina y sostenible. Donde cada persona pueda comprender con claridad cómo su rol aporta al negocio y, al mismo tiempo, cómo ese aporte genera un impacto económico y social más amplio.
Cuando esa conexión es auténtica, se convierte en una ventaja competitiva. Permite atraer talento con mayor afinidad cultural, fortalece el sentido de pertenencia, incrementa la fidelización desde un vínculo que va más allá de lo contractual y potencia el desarrollo, porque el aprendizaje deja de ser una obligación para convertirse en una decisión consciente.
Sin embargo, para que esto sea posible, existe una condición fundamental: la coherencia. Debe haber coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos, entre la estrategia y la cultura, entre los resultados del negocio y la experiencia cotidiana de las personas. Porque el propósito no se proclama. Se demuestra en cada decisión.
Cuando una persona comprende cómo su trabajo contribuye a un propósito colectivo, su compromiso cambia de naturaleza. Encuentra sentido en lo que hace y ese sentido se traduce en mayor autonomía, responsabilidad y una conexión más profunda con su equipo y con la organización.
Estoy convencida de que ese es el gran desafío, pero también la gran oportunidad para las organizaciones: estar a la altura de esas expectativas, acompañar el desarrollo de las personas y construir entornos donde el propósito deje de ser un discurso para convertirse en una experiencia cotidiana.
Por: Ángela María Ceballos Buitrago, Vicepresidente de Talento Humano y Administrativa del Banco de Occidente.
