En Colombia todavía creemos que un conflicto de familia termina cuando un juez firma una sentencia. Nos equivocamos.
El expediente se archiva, las partes abandonan el juzgado y el derecho da por cumplida su función. Sin embargo, la verdadera historia apenas comienza. Los hijos continúan creciendo entre dos hogares, los padres siguen tomando decisiones sobre su educación, su salud y su futuro, y las heridas emocionales permanecen abiertas, muchas veces durante años. El conflicto jurídico termina; el conflicto humano, casi nunca.
Quizá por eso resulta paradójico que una sociedad que habla constantemente de paz haya aprendido tan poco a resolver los conflictos que nacen dentro de sus propias familias. Hemos perfeccionado el litigio, pero seguimos desaprendiendo el diálogo. Convertimos la diferencia en una batalla, la conversación en una competencia y el desacuerdo en una declaración de guerra.
No es casualidad que cada vez más procesos de familia lleguen a los despachos judiciales cargados de rabia, orgullo y deseos de revancha. Lo preocupante es que, en muchos casos, el objetivo deja de ser proteger derechos para convertirse en derrotar al otro. Entonces aparecen las demandas utilizadas como castigo, las denuncias estratégicas, las solicitudes desproporcionadas y una larga lista de actuaciones donde la justicia termina siendo instrumentalizada por emociones que nunca fueron resueltas.
El problema no es acudir a los jueces cuando resulta necesario. Para eso existe la administración de justicia y su papel es irremplazable. El problema comienza cuando creemos que un juez puede solucionar aquello que solo las personas están llamadas a transformar.
Ninguna sentencia obligará a dos padres separados a respetarse. Ningún fallo enseñará a comunicarse a quienes llevan años utilizando el silencio como arma. Ninguna decisión judicial logrará que un hijo deje de sentirse atrapado entre dos adultos que convirtieron su dolor en un campo de batalla.
Ahí es donde la conciliación cobra un sentido mucho más profundo del que tradicionalmente le hemos atribuido.
Durante años se le ha visto como un requisito procesal, un paso previo antes de demandar o una herramienta para descongestionar los despachos. Esa visión burocrática le ha hecho un enorme daño. La conciliación no nació para llenar formularios ni para disminuir estadísticas judiciales. Nació para devolverles a las personas la posibilidad de construir, por sí mismas, soluciones más inteligentes que las que cualquier tercero podría imponerles.
Conciliar no significa obligar a las personas a permanecer juntas. Tampoco significa renunciar a los derechos o aceptar acuerdos injustos. Significa comprender que, incluso cuando una relación de pareja termina, la responsabilidad de construir un entorno sano para los hijos apenas comienza.
Como abogada de familia he visto procesos en los que ambas partes aseguran haber ganado. Uno obtuvo la custodia, el otro consiguió un régimen de visitas más amplio o una cuota alimentaria diferente. Sin embargo, al salir del juzgado, ambos siguen siendo incapaces de saludarse, de asistir juntos a una reunión escolar o de celebrar el cumpleaños de su hijo sin convertir el encuentro en una nueva confrontación.
¿Quién ganó realmente?
Quizá el derecho de familia deba empezar a formularse esa pregunta con mayor frecuencia. Porque la justicia no puede medirse únicamente por el número de sentencias dictadas, sino también por su capacidad para contribuir a la reconstrucción del tejido familiar cuando ello sea posible.
En una época en la que hablamos de salud mental, bienestar emocional y crianza respetuosa, resulta contradictorio seguir entendiendo la conciliación como un simple trámite. En realidad, representa una oportunidad para que las personas cambien la forma en que enfrentan sus diferencias. No elimina el conflicto, pero sí puede evitar que el conflicto destruya todo lo que encuentra a su paso.
Tal vez ha llegado el momento de transformar también nuestra cultura jurídica. De formar abogados que sepan negociar antes que confrontar, escuchar antes que acusar y construir antes que vencer. Profesionales que comprendan que, en los asuntos de familia, el mayor éxito no siempre consiste en ganar un proceso, sino en impedir que ese proceso termine destruyendo los vínculos que deberán sobrevivir a la decisión judicial.
Porque en derecho de familia existe una verdad que ningún código puede ignorar: una sentencia puede cerrar un expediente, pero nunca cerrará por sí sola las heridas de una familia.
Y quizá esa sea la mayor lección de nuestro tiempo: la conciliación no salva matrimonios. La conciliación salva personas. Y cuando salva personas, también salva el futuro de las familias y, en buena medida, el de una sociedad que necesita aprender a resolver sus diferencias sin convertir cada conflicto en una guerra.
Adriana Bocanegra Triana, abogada y catedrática del Área de Familia, autora del libro La Valentía de Ser Madrastra, host del podcast ‘Confesiones de una Madrastra’ y CEO de Abogados Corporativos Bocanegra Triana.