SEMANA: Usted regresa a Colombia después de muchas décadas. ¿Cómo encontró el país?

Luis María Cazorla: En efecto, yo estuve en Colombia en 1987, siendo secretario general del Congreso de España. Visité Bogotá, Medellín, Cali, Popayán y Riohacha. La impresión que me llevo ahora de Bogotá es de una transformación radical para bien. He visto una evolución muy favorable en la ciudad. A mí me parece increíble entenderse tan bien a tantos kilómetros de distancia hablando el mismo idioma; produce un efecto maravilloso. Me siento como en casa porque, como digo muchas veces, España sin América no se entiende y, posiblemente, la América hispana tampoco se entienda sin España.

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Además, la razón de mi visita a Colombia es muy gozosa: fui invitado por la Academia Colombiana de Jurisprudencia, como presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España, para pronunciar la lección inaugural, y luego a la Universidad de Cartagena a otra conferencia sobre la Constitución de Cádiz.

SEMANA: Usted es un experto en la transición democrática en España, que será el tema de su conferencia...

L.C.: Bueno, al término de esta etapa de mi vida profesional, como digo medio en broma y medio en serio, soy experto en lo general. Esto, porque he vivido tantas situaciones y desde muy distintos puntos de vista que me llevan a hacer esa afirmación. Tuve la suerte de entrar muy jovencillo al Congreso como letrado de las Cortes, tras una durísima oposición en un cuerpo muy profesional, en junio de 1977, es decir, a la entrada de la democracia. Fui ocho años secretario general del Congreso, un cargo muy técnico también, y eso me permitió vivir de cerca toda la transformación política de España, que ha sido verdaderamente muy acusada.

Luis María Cazorla Prieto, presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Foto: ALEJANDRO ACOSTA-SEMANA

SEMANA: ¿Qué lecciones ve usted en ese proceso que vivió España para el mundo actual?

L.C.: Esa pregunta es tan amplia que se puede contestar de muchas maneras, incluso evadiéndose, pero no lo voy a hacer. El discurso que voy a pronunciar se titula La transición democrática española y lo que queda de ella hoy. Es un análisis de lo que supuso el enorme esfuerzo político, económico y social de transformarse en una democracia plena partiendo de una dictadura y de un sistema jurídico dictatorial. Pero eso se construyó con base en el llamado consenso, con el cimiento de que las dos grandes fuerzas protagonistas de entonces se pusieron de acuerdo sobre extremos fundamentales y básicos de la convivencia. Todas aquellas bases de la transición, con el tiempo, han quedado bastante erosionadas. Al igual que ocurre en otras partes del mundo, esto tiene mucho que ver con los problemas que afrontan las democracias actuales: el frentismo y la exclusión del oponente político como un enemigo han predominado desgraciadamente sobre una visión más pactista y de acuerdo en lo fundamental. Eso tensa las instituciones democráticas y les dificulta afrontar los retos que tienen por delante. No es exclusivo de España, pero en nuestro país esto se ha agudizado en los últimos años.

Familia Real de España. Foto: GETTY IMAGES

SEMANA: Hoy muchos hablan de la crisis de la democracia y de que quizás este sistema no responde a las necesidades actuales. ¿Está de acuerdo con eso?

L.C.: Yo soy un ferviente defensor del sistema democrático representativo, parlamentario y del Estado de derecho. Creo que es la fórmula de gobierno contemporánea más apropiada para la realidad actual. Ahora bien, están llegando problemas nuevos como la inmigración o el fraccionamiento y el enconamiento de las fuerzas políticas, que hacen que la base común se resquebraje y lo vuelven, en cierto momento, un sistema débil. ¿Por qué? Porque su propio sistema jurídico arranca del respeto al procedimiento, a los derechos humanos y del rechazo a las vías de hecho. Ante situaciones extremas, los sistemas democráticos a veces no son capaces de responder con la eficacia y rapidez requeridas. Pero, aun así, creo que es la fórmula más adecuada para el gobierno de las sociedades contemporáneas; con ella se han logrado los mayores avances económicos y sociales.

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SEMANA: ¿Es el populismo uno de esos riesgos?

L.C.: El populismo ofrece, ante problemas complejos, respuestas simples y aparentemente fáciles cuando no lo son en la realidad. El populismo hace que, por encima de la ley, predomine la sola voluntad política, lo cual trae consigo que no se respeten los cauces propios del Estado de derecho. El populismo, tanto de un extremo como de otro, es uno de los grandes enemigos de la democracia.

SEMANA: ¿Cómo debe reaccionar la democracia?

L.C.: Tiene que reaccionar a través de los procedimientos propios del Estado de derecho, aunque a veces sea de manera más lenta. En la propia esencia jurídica y procedimental del Estado de derecho se debe encontrar la respuesta frente a los populismos. Pero, verdaderamente, es uno de los grandes retos que tiene el sistema democrático: no caer en manos del populismo fácil de un extremo ni del otro.

Luis María Cazorla Prieto, presidente de la Real Academia de Jurisprudencia y Legislación de España. Foto: ALEJANDRO ACOSTA-SEMANA

SEMANA: ¿Qué otros problemas ve hoy?

L.C.: Otro problema es que fórmulas inmediatas y aparentemente sencillas escondan los verdaderos desafíos, abordándolos con recetas puramente demagógicas que a la postre terminan agravándolos. También creo que las democracias se enfrentan a la pérdida de fuerza de los parlamentos como órgano de supremacía política. A esto se suma la aparición de liderazgos mesiánicos donde todo el poder tiende a concentrarse en una sola persona, así como la falta de respeto a la independencia judicial, otro gran problema que se está viviendo en España. En definitiva, es un conjunto de factores que amenaza la sustancia de las instituciones democráticas, tendiendo a vaciarlas por dentro mientras mantienen la apariencia del sistema.

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SEMANA: Hay quienes utilizan los mismos mecanismos de la democracia para destruirla desde adentro. Lo vivimos en Colombia con las propuestas de Petro. ¿Considera que esto es una tendencia?

L.C.: Identifiquemos la democracia actual con el Estado de derecho, el Estado de libertades públicas, el respeto a la independencia judicial y una división de poderes respetada. Claro está, la democracia, por su propio diseño, tiene que dar libertad de expresión a fuerzas que no son necesariamente democráticas. La grandeza de la democracia radica en su capacidad de defenderse de esas fuerzas respetando las reglas. Históricamente, hay hechos donde se ha llegado al poder a través de vías democráticas por parte de sectores que no lo eran. Pero eso no significa que deba privarse de los derechos propios de un sistema a quienes no participan de él. La grandeza de la democracia es respetarlos y, con su propia fuerza institucional, defenderse de ellos. Para eso hace falta fortalecer las ideas y saber por qué principios luchamos.

SEMANA: España tiene la particularidad de articular la democracia con una monarquía. ¿Por qué cree que ha funcionado?

L.C.: Primero hablemos de qué tipo de monarquía hay en España: es una monarquía constitucional y representativa, sin poderes ejecutivos inmediatos; es una magistratura de prestigio. Tiene, además, una particularidad histórica importante: cuando se restablece, el rey recibe los poderes dictatoriales de Franco, heredando todo un ordenamiento autoritario. Sin embargo, la Corona fue capaz de desprenderse de esos poderes y transformar el Estado en un sistema representativo y democrático. La monarquía no se puede entender hoy solo por valores simbólicos, tradición o historia. Primero, en España hubo un referendo al aprobarse la Constitución de 1978. Segundo, la monarquía encuentra su fuerza en el ejemplo, en la legitimación del ejercicio diario y en hacer bien su trabajo. Creo que España tiene mucha suerte en este momento, porque don Felipe es un rey plenamente constitucional que cumple sus funciones de una manera muy acertada.

Plaza Mayor, Madrid, España. Foto: Universal Images Group via Getty

SEMANA: Quiero hacerle, para terminar, una pregunta de otro tema, porque usted también lidera una firma de abogados. Hoy muchas profesiones están amenazadas por la inteligencia artificial. ¿Cómo ve esta irrupción en el derecho?

L.C.: Vengo de una familia de abogados de varias generaciones y presido una firma con muchos profesionales. Creo que el impacto de la inteligencia artificial en la abogacía va a ser muy grande en ciertos aspectos. Afectará sobre todo a la primera fase de la carrera, al trabajo tradicional del pasante que ayuda a recopilar datos e información. Por otra parte, entraña un gran peligro: querer resolver casos complejos confiando exclusivamente en la inteligencia artificial. La IA se centra en casos repetitivos y mecánicos que no requieren un enfoque singular. El riesgo está en prescindir del matiz y del análisis humano que estos instrumentos no son capaces de dar.