SEMANA: Usted es la hija de Régis Debray, amigo del Che Guevara, y muchos consideran que pertenece a la estirpe más pura de la izquierda francesa. ¿Por qué escribe un libro sobre la monarquía, que es lo más distante del entorno donde usted se crió?
Laurence Debray: Lo que vi de mis padres siempre fue puro compromiso, un compromiso político muy radical. Crecí en ese ambiente revolucionario, de Guerra Fría, de tensiones políticas, golpes de Estado… Entonces, cuando descubrí en España que el rey había hecho una transición, un proceso político sin revolución, me interesó mucho este momento de la historia de España.
También me gustó, desde el punto de vista ya más humano, el personaje del rey. Me gustó esa contradicción de que un rey que, en efecto, había heredado los plenos poderes del general Franco, actuara de una manera tan democrática y próxima a la gente.
Yo había entrevistado al rey antes de que se retirara de la vida pública y, tiempo después, me llamó desde Abu Dabi durante la pandemia y me habló de este proyecto.
SEMANA: Antes de entrar en el libro, cuénteme de su papá, para quienes no lo conocen en este país.
L.D.: Mi padre, Régis Debray, es un filósofo brillante que muy joven decidió irse a Venezuela y juntarse a los movimientos revolucionarios que estaban bajo la influencia de Cuba, en donde ya se había hecho la revolución. Allí conoció a mi madre, Elizabeth Burgos, venezolana, antropóloga, e hicieron juntos un recorrido por América Latina.
Escribió un artículo que leyó el Che, quien le dijo a Fidel Castro que había que invitarlo a la Intercontinental que se iba a organizar en Cuba. Mi papá escribió un libro que se llama ¿Revolución en la Revolución?, que era como un poco el libro de referencia para todos los revolucionarios. Se juntó al Che en Bolivia, lo capturaron.
El Che murió, pero a mi papá lo condenaron a 30 años. Al final salió a los cinco, tras una presión internacional muy grande. La historia es larga, pero luego se fue con Allende a Chile y después con Mitterrand en Francia. Hoy está retirado.
SEMANA: Usted, a raíz de la vida de sus padres, escribió un libro que se llama Hija de revolucionarios. Y más adelante escribió una biografía del rey Juan Carlos y ahora su libro de memorias. ¿Por qué el rey decide contar así su vida?
L.D.: Es inédito. Los reyes no suelen escribir sus memorias, pero este rey nunca ha hecho lo que se espera de él. Al comienzo, él pensó en escribir un libro para los jóvenes, pero también es cierto que se trata de un testimonio directo, su versión de los hechos.
En el libro, él dice: “Siento que me robaban mi historia”. Todos hablaban de él, el Gobierno, periodistas, y él no se reconocía en esos relatos. Entonces esta es su verdad. En realidad son sus recuerdos, porque además trabajamos sin sus archivos, que están hoy en el Palacio de la Zarzuela, en Madrid.
SEMANA: Usted vivió en Abu Dabi dos años para poder reconstruir con el rey su vida. ¿Cómo fue esa experiencia?
L.D.: Fue un largo proceso porque quería que el libro fuera su voz, quería que fuera su manera de contar las cosas, sus anécdotas personales. Para mí era importante que fuera su libro. La experiencia es bastante excepcional.
Fue una linda aventura, de gran responsabilidad y, bueno, un honor y un privilegio también. Lo escribimos en francés, que es mi idioma y que él habla a la perfección también.
SEMANA: En el libro él habla de episodios muy duros y controversiales de su vida. Quizás el más doloroso, cuando por cuenta de un disparo suyo fallece su hermano. Él narra cómo murió en los brazos de su padre. ¿Cómo fue recordar eso?
L.D.: Sí, es la primera vez que lo habla en público. Cuando comenzamos a trabajar, él sabía que íbamos a hablar de todo, de lo bueno, de lo malo, de lo doloroso, y creo que eso fue lo más trágico que le pudo pasar. Me lo contó unas dos o tres veces para tener una versión correcta, pero tampoco quise insistirle tanto. Entiendo que es algo que debe costar. La emoción sigue allí.
SEMANA: En la vida del rey hay algo paradójico y es que en los últimos años ha sido un hombre muy controversial, ha tenido que vivir fuera de España, pero muchos olvidan que fue un monarca muy importante. Entonces quiero comenzar a preguntarle por lo bueno de él. ¿Qué lo hizo ser tan especial?
L.D.: Es único que un rey tenga un papel así de político, porque los reyes suelen ser más simbólicos. Pero el rey Juan Carlos fue el motor del cambio en España; era algo muy difícil en un contexto de crisis económica, de Guerra Fría.
Cuando Franco murió, los españoles y el mundo se imaginaron que iba a haber una segunda guerra civil, pero él llegó con este proceso de reconciliación y de democratización, a pesar de tenerlo todo contra él. Es una persona que tuvo una visión de su país a largo plazo.
SEMANA: Ahora le pregunto por lo malo. Al final, el rey terminó con una fama muy mala por cuenta de sus amantes y deslices amorosos. ¿Por qué ha dicho usted que le parecen extrañas las críticas que eso le generó?
L.D.: No sé cómo se vean esas cosas en Colombia. Los franceses somos muy liberales, especialmente en la vida privada. Y yo creo que hay que distinguir. Prefiero un jefe de Estado irreprochable con una vida privada complicada que lo opuesto.
Ahora, entiendo que él decepcionó a los españoles, lo entiendo perfectamente; además, lo habían casi santificado. Entonces, entiendo que cuando descubrieron la parte escondida, las fragilidades del rey, quedaron decepcionados. Pero no para tirar todo, casi 39 años de reinado. No para olvidarse de todo lo bueno que hizo para España.
SEMANA: Pero esas relaciones del rey dejaron de ser de su vida privada con Corinna Larsen, quien dijo que el rey le giró 65 millones de euros por “gratitud”, en un episodio que ha sido examinado judicialmente. ¿Qué dice el rey de eso en el libro?
L.D.: Él no la cita directamente. Corinna tuvo esa fama en España; no sé si aquí en América Latina llegó a ser famosa, pero en Francia, por ejemplo, nadie la conoce. No es un personaje histórico y escribimos este libro para que quede en la historia. Pero el libro lo tendrán que leer, no quiero revelarlo todo.
SEMANA: El libro es un relato, como usted dijo, para las nuevas generaciones. Pero quizás la más importante de esa nueva generación es la nieta del rey, la princesa heredera Leonor. ¿Usted cree que es una carta para ella?
L.D.: Qué lindo. Lo dedicó a toda su familia. Espero que ella lo lea y vea lo que hereda, porque es una herencia muy fuerte.
SEMANA: ¿Cree que Leonor llegará a ser reina?
L.D.: Sí. Una mujer reina. La monarquía sigue siendo un símbolo fuerte en España que reúne a todos los españoles; es la garante también de su democracia. Al final, necesitamos símbolos fuertes y permanentes.
El mundo está cambiando tanto, con populismos, con tantas guerras, con tantas locuras de los políticos, que la monarquía es una garantía de alguna estabilidad institucional.
SEMANA: Le quiero hacer una última pregunta sobre dos países que deben tocarle el corazón: Venezuela y Cuba. ¿Qué piensa de lo que está pasando?
L.D.: Es increíble cómo los dos países están relacionados. Fidel Castro, después de su revolución, fue a Caracas a intentar una revolución en Venezuela. Son dos destinos muy entrelazados. De Venezuela, quiero decir que admiro a María Corina Machado. He conocido pocas mujeres tan valientes como ella, pero veo muy difícil el camino hacia la democracia. No lo veo a corto plazo.
Desafortunadamente, Trump no está obsesionado ni con la democracia en su propio país. Pero quiero subrayar el hecho de que me parece insólito que no solo Delcy Rodríguez, sino la cúpula, que estuvieron machacando el imperialismo americano durante todas sus vidas, de un día para otro se vuelvan proamericanos sin ningún problema.
Ahí ya te das cuenta de la impostura moral de esa gente. Ahora, también debo decir que yo odio a Trump, pero cuando cogió a Maduro, lo amé durante dos horas.
SEMANA: ¿Y sobre Cuba?
L.D.: Tuvimos muchas esperanzas cuando hubo ese movimiento ‘Patria y vida’. Hoy ya es oficial que el régimen funciona solo con la represión. Cuba era una pequeña isla y, al final, los Castro lograron tener una influencia política en todo el continente.
¿Se va a caer? Yo creo que todo puede pasar. Pero pienso también que los países nunca tocan fondo del todo. Lo que ha aguantado el pueblo cubano es alucinante y uno creía que no podía caer más bajo y sí ha sido posible. Yo espero que todo el continente latinoamericano pueda algún día mirar hacia el siglo XXI, incluso Colombia.
¿Por qué estamos atrapados en esa ideología del siglo XX? ¿No hay que pasar ya la página y salir de esas ideologías que han impedido el desarrollo? Es mi impresión. Yo he querido deconstruir esos mitos de la revolución, porque soy hija de revolucionarios, pero es muy difícil. Y me da pena, porque el precio lo paga el pueblo.