Una nube de polvo color ceniza— por las tejas de barro que se desplomaron de los techos de las viviendas— se resiste a desaparecer del El Cairo, el municipio de Valle del Cauca, ubicado a cinco horas de Cali, hasta donde llegó SEMANA.
El terremoto del pasado 10 de agosto sacudió la tierra y devastó casi todo el pueblo conformado por casas de bahareque, adornadas con colores encendidos que se asemejan al reconocido Salento, en el Eje Cafetero. Un lugar turístico hermoso, pero apenas conocido por los colombianos que aprenden a ubicarlo en el mapa en medio de esta tragedia.
Sus pobladores viven a dos horas de San José del Palmar, en el Chocó, epicentro de la catástrofe que le deja a Colombia más de 200 muertos.
Se camina entre los escombros desde el ingreso al caserío. Latas, trozos de cemento, barro y tejas de zinc aún permanecen entre las vías. Los moradores escasamente barren las ruinas de la entrada de lo que quedó de sus predios, mientras esperan que los organismos de socorro aterricen en las polvorientas calles. Allá, por la distancia, no ha llegado la Gobernación del Valle o el Gobierno central, aunque la gobernadora Dilian Francisca Toro tiene claro que el 70 % del pueblo desapareció.
Los pobladores, en su mayoría productores de café y plátano, recogen sus enseres, lo poco que les dejó el terremoto de magnitud 7.4. Las fachadas de las casas quedaron en el piso y desnudaron el interior de los predios; sofás, mesas de comedor, equipos de sonido, camas destrozadas y lavadoras que rescatan entre los nubarrones de polvo que cayeron tras el fuerte movimiento telúrico. Varias cajas fuertes quedaron expuestas. No se salvaron de la destrucción.
“Trato de recuperar lo que me dejó el terremoto”, le dijo Christian Rivera a SEMANA. “Pensé que era un temblor normal, pero no paraba, una cosa muy horrible. Casas derrumbándose, gritos de todo el mundo. Mi casa se cayó como un castillo de naipes. Me salvé porque me salí hacia el patio”, detalló.
En una de las esquinas de El Cairo, una aglomeración de víctimas no pasa desaparecida. Mujeres, ancianos y niños se agolpan con sus teléfonos celulares en busca de señal.
El wifi del municipio es el único que, extrañamente, quedó sirviendo intermitentemente tras la tragedia. “Mamá, estoy bien”, “saludos a todos, estamos bien”, coinciden varias de las señoras que se reportan vía telefónica ante sus familiares. Segundos después, se lamentan porque la señal se esfumó.
En el parque central todo quedó en ruinas. Escasamente se sostiene la sede de la alcaldía municipal, una infraestructura mucho más moderna que funciona como albergue.
Los funcionarios del juzgado municipal y la única notaría del pueblo tuvieron que improvisar una nueva sede tras el terremoto. Los antiguos edificios coloniales quedaron en píe, pero están a punto de colapsar. “Cuidado, esto se va a caer”, advierten bomberos quienes se atreven a caminar bajo los techos que se sostienen tras el terremoto.
La infraestructura de la iglesia genera pánico. En su interior, la mitad de la imagen del gigante Sagrado Corazón de Jesús que luce en la pared del altar principal quedó cubierta por la mitad del techo que se desplomó . “Cuidado”, insisten varias voces. La razón es que la torre central tiene varias grietas profundas que amenazan con derrumbar la estructura y aplastar a quien se atraviese por el lugar. Extrañamente, la estructura, que aún tiene las escaleras que conducen al campanario, bailotean ante el fuerte viento que sacude a El Cairo.
Las paredes de las casas coloniales que se resisten a caer están marcadas con aerosol y se lee: “Peligro, colapso”. Pero pocos hacen caso. Los habitantes ingresan a las edificaciones y recuperan lo que esté a su alcance.
Los supermercados y las droguerías están abiertas, pero en el día. No hay energía eléctrica. “Le vendo este paquete de papas y le encimo el polvo”, resume la vendedora del supermercado más grande del caserío.
En la plaza principal hay una olla comunitaria y casi todos los pobladores, víctimas o no, acuden y almuerzan y cenan gratis. “Acá hay generosidad. Hay para todos”, coinciden las mujeres que cocinan con leña porque el servicio de gas también colapsó..
Allí desconocen qué pasará con sus gigantes viviendas de barro, de múltiples colores como un pesebre del Eje Cafetero. Apenas se está reconstruyendo el centro, como lo pidió el Gobierno De La Espriella. Esperan las ayudas. Pero nada será igual para este bello pueblo que pocos conocen en Colombia.