María Reina Gómez todavía se sienta en la sala de su casa y alucina con ver a su nieta María Camila Potosí entrar bailando, como era su costumbre. La joven irrumpía en el hogar con una alegría desmedida y casi inagotable; festejaba incansablemente el solo hecho de estar viva.

Habrían encontrado muerta a la bebé de María Camila Potosí

Bailó en los días lluviosos, en los calurosos, en los tristes, en los que la vida parecía más seria de lo normal, en los encuentros familiares, en las mañanas cuando abría sus ojos y saludaba a su abuela. Era un motorcito que no paraba y contagiaba de optimismo hasta al más amargo de sus vecinos. Bailó hasta el último día en que salió de su casa: el pasado 16 de julio; el embarazo de ocho meses no le impidió echar la última rola con María Reina, darle un abrazo, un beso en la frente —como nunca lo hacía—, pedir la bendición y cerrar la puerta con la promesa de que en la tarde entraría bailando.

Pero ese día no llegó. Tampoco lo hizo los siguientes. Nunca volvió. Su cuerpo fue encontrado el 20 de julio tirado a orillas del río Meléndez, en el sur de Cali.

“El último día que la vi entró a mi cuarto, eran las 6:00 de la mañana, y me dijo bailando que si no deseaba desayunar con ella. Regularmente nunca desayuno tan temprano, lo hago a las 9:00, pero me insistió, me dijo: ‘¿Tú no quisieras desayunar conmigo? Te preparé papitas con huevos. Al verla así, acepté. Ese día me sirvió un montón de desayuno; yo le dije: ‘Camila, yo no me como todo esto’. Y entonces me respondió: ‘Abuela, es que yo tengo la sospecha de que yo me voy y usted no come’”, recuerda María Reina.

El vínculo entre abuela y nieta era particular. No había espacio para la tristeza. Se acompañaban, se querían, se escuchaban y se disfrutaban en una relación que cada día tenía un capítulo para contar: “María Camila bailó desde muy pequeña; apenas empezó a caminar, bailó. Siempre. Era su sello distintivo; llegaba bailando. Y en las mañanas se metía al baño cantando una música de locos, le decía yo. Creo que era ese reguetón”.

María Reina Gómez con las fotos de su nieta María Camila Potosí. Foto: SEMANA

María Camila nació el 14 de agosto de 2004 y se crio en la casa de sus abuelos en el barrio Polvorines, Comuna 18 de Cali. Era la menor de dos hijos; de niña siempre fue curiosa, inquieta y extrovertida. Nunca le ahorró energías a la vida. Se graduó con honores, estudió secretariado ejecutivo, trabajó desde muy joven; era fiestera, alegre, desprendida de odios, servicial y amiguera.

“La llamada de ella al mediodía no faltaba y me preguntaba: ‘Abuelita, ¿ya almorzó?’. Yo le respondía que sí y comenzaba a preguntarme qué había comido. Luego me contaba qué había almorzado ella”, señala María Reina.

A principios del año, en febrero, la desdicha tocó la puerta de la casa de los Gómez por primera vez. María Camila salía de su trabajo en moto y fue arrollada por otro motociclista despistado que no hizo el pare con el semáforo en rojo. Ambos cayeron al suelo, pero la peor parte se la llevó la jovencita de 21 años: laceraciones en las piernas y un gigante hematoma en un costado del vientre. “La dirección se le incrustó allí, entonces el golpe siempre fue fuerte”, cuenta María Reina.

María Camila nació el 14 de agosto de 2004; se crio en la casa de sus abuelos en el barrio Polvorines (Comuna 18 de Cali). Foto: cortesía

Lo que vino después es el mejor retrato de María Camila en palabras de su abuela: “Ella me contó que, cuando se levantó y se vio toda golpeada, le dio mucha rabia. Vio al otro señor, al que la golpeó, y pensó decirle: ‘Viejo, hijue…”, pero luego me dijo: ‘No, abuelita, pero yo lo miré bien y era un viejito, y estaba temblando. Me dio tanto pesar que se me pasó la rabia”.

Antes de salir de la clínica le hicieron exámenes; María Camila llegó a casa y no habló mucho. A veces masticaba de más las palabras, como atajando un secreto, y María Reina, que la conoció desde antes de nacer, supo que había algo raro.

“Yo sabía que algo estaba pasando, pero ella no me decía nada. Yo le preguntaba si en los exámenes había aparecido algo grave, pero ella se reía y me decía que almorzáramos primero. Así fue, almorzamos y luego fuimos al cuarto, me mostró unos papeles, pero yo no entendía nada. Me abrazó y empezó a darme muchos besos, luego me dijo: ‘Abuelita, no se asuste, estoy embarazada’”.

La sorpresa se transformó en lágrimas de felicidad. La noticia llegó de la manera más inesperada. El accidente que tanto miedo les produjo terminó revelando que una nueva vida crecía dentro de ella.

“Yo sabía que algo estaba pasando, pero ella no me decía nada”, dijo María Reina Gómez sobre cómo su nieta María Camila Potosí le contó que estaba embarazada. Foto: SEMANA

Camila siguió bailando durante buena parte del embarazo. Decía que después, cuando la barriga creciera más, ya no podría hacerlo igual. Su abuela la regañaba con cariño y le insistía en asistir a todos los controles médicos. Poco a poco la familia entera empezó a imaginar la llegada del bebé. No importaba si era niño o niña. Lo único importante era que llegara sano.

La llegada de Yayita

Si la maldad desmedida no se hubiera cruzado en la vida de María Camila y su familia, el próximo 10 de agosto estaría dando a luz. La bebé se llamaría Alahia, pero María Reina lo cambió por Yayita, ante la incapacidad de pronunciar el nombre original.

Yayita, sin haber nacido, ya era el personaje central de la familia. Su abuela, la mamá de María Camila, llamaba desde España a conversar con Yayita; los vecinos preguntaban por Yayita, los tíos y primos llegaban por turnos a visitar a Yayita. “Esa bebé nos unió a todos”, dice María Reina.

El embarazo también fortaleció el vínculo entre abuela y nieta. Cada noche, María Reina le explicaba cómo sería el parto. Le enseñaba a reconocer las contracciones, le decía cuándo debía caminar, cómo respirar y de qué manera debía pujar cuando llegara el momento. Lo hacía desde la experiencia de haber criado a sus propios hijos.

María Camila escuchaba con atención. A veces se asustaba. Otras veces soltaba una risa y le respondía que la estaba llenando de nervios. “Yo no la quería asustar. Solo quería que estuviera preparada. Después me daba las gracias y me decía que Dios me bendijera por enseñarle todo eso”, recuerda.

Los días transcurrieron entre controles médicos, conversaciones sobre la bebé y las bromas de siempre. María Reina estaba convencida de que aquella barriga era “puro bebé”. Le decía que casi no tenía líquido y que la niña venía hermosa. Las dos soñaban con el día en que Yayita llenaría la casa con un llanto nuevo.

María Reina recuerda que, días antes de la desaparición de María Camila, la vio llegar en al menos dos oportunidades con Yulieth Angulo, la principal sospechosa del crimen. “Casi todos los amigos de Cami me caían bien, pero esa muchacha no me dio buena espina. Mi nieta la atendía con amor, le daba jugo, pero la forma en que esa muchacha la miraba no me gustó. La analizaba de arriba a abajo cuando Camila se daba la vuelta. Era algo raro”, cuenta.

La mañana del 16 de julio rompió todas las rutinas. María Camila se levantó temprano, le preguntó a su abuela si estaba bonita y luego decidió maquillarse, cosa que no había hecho en los últimos meses. Volvió a preguntarle a su abuela si de verdad no quería desayunar con ella. Después le contó que primero acompañaría a un familiar y luego asistiría a un control médico. Antes de salir volvió a besarla, la abrazó y pidió la bendición.

María Reina alcanzó a decirle que se cuidara y que, si se sentía mal, fuera inmediatamente a una clínica. La puerta se cerró y, desde entonces, la casa quedó suspendida en el tiempo y el dolor.

Todavía permanece el recuerdo de la muchacha que bajaba de la moto bailando, que cantaba mientras se bañaba, que organizaba fiestas para reunir a sus amigos, que le preguntaba todos los días a su abuela si ya había almorzado y que soñaba con cargar a Yayita entre sus brazos.

María Reina sigue despertándose algunas mañanas con la sensación de escuchar música en el baño. Otras veces cree oír el ruido de la puerta principal y alcanza a imaginar que María Camila regresó del trabajo. Por un instante vuelve a verla cruzar la sala con esa energía que parecía inagotable.

Pero el silencio termina imponiéndose. La música se apaga. La puerta permanece cerrada. Y en esa casa de Polvorines, donde durante 20 años una muchacha convirtió el baile en su manera de agradecer la vida, todavía hay una abuela esperando que, en cualquier momento, su nieta vuelva a entrar bailando.