Colombia y Venezuela volvieron a darse la mano. Este lunes, después de siete años de cierre del paso, se reabrieron las fronteras entre ambos países.

Se trata de uno de los compromisos de campaña del presidente Gustavo Petro, quien recuperó el diálogo con Nicolás Maduro, líder del régimen venezolano, por motivos humanitarios y de comercio.

La reactivación de la relación y la consiguiente reapertura de la frontera, evidentemente, tiene impactos económicos, Para el caso de los venezolanos, según el representante de la Cámara Colombo Venezolana Regional Oriente, Víctor Manuel Méndez, desde Colombia se exportarán medicamentos, papel higiénico, empaques de cartón, golosinas y vasos plásticos, entre otros productos.

Ahora bien, para el caso contrario, de Venezuela a Colombia, hay que tener presente que la nación bolivariana exporta normalmente hierro, acero, productos químicos orgánicos, combustibles, materias plásticas y manufacturas. Según Cavecol, el comercio binacional entre los dos países durante el período enero – julio del 2021 alcanzó la cifra de 192 millones de dólares.

En el caso del transporte terrestre de carga, el gremio Colfecar señaló los impactos positivos que tendrá el regreso de Venezuela al abanico de posibilidades para el comercio, el transporte y, en general, para la economía.

En 2008, según el gremio, cuando estaban en plenitud las relaciones, el transporte de carga movilizaba 227.672 vehículos de carga, cifra que llegó a 2.202 en 2018, con el consiguiente impacto en el empleo y la actividad del segmento transportador.

El gobernador del estado Táchira, Freddy Bernal, estimó que, como producto de la reapertura de la frontera existirá una activación de unos 4.000 millones de dólares, generando en principio unos 3.000 empleos directos en Venezuela, con proyección de unos 20.000 empleos en los próximos cuatro años.

Esta nueva ‘luna de miel’ que viven Colombia y Venezuela también genera impactos para las negociaciones de paz con el Eln.

“No solo importa por la presencia del ELN en territorio venezolano, como señala Petro en una entrevista reciente, sino por la capacidad del gobierno Maduro de hablarle a esta guerrilla, incidir en su disposición al diálogo, y ayudar a resolver cualquier tropezón que se presente”, explicó el investigador del Cinep, Henry Ortega Paloba.

Pero más allá de la reconciliación que viven ambos países, hay que recordar que, históricamente, esta ha sido una relación bastante tormentosa.

El historial de tensiones entre los dos países data al menos de 2005, cuando Colombia acusó a Venezuela de dar refugio a “terroristas” de las Farc y Venezuela acusó a Bogotá de violar la soberanía nacional. Esto ocurrió durante la era Uribe-Chávez.

La relación llegó a uno de sus peores momentos en 2010, cuando el presidente Hugo Chávez anunció la ruptura de relaciones diplomáticas con Colombia luego de que Bogotá denunciara ante la Organización de Estados Americanos, OEA, la presencia de campamentos de las Farc y del ELN en territorio vecino.

Por esa época, el entonces mandatario venezolano también congeló los pagos de la Comisión Nacional de Administración de Divisas (Cadivi) a varias empresas colombianas y prácticamente las quebró.

En este episodio tomó relevancia la actual senadora del Pacto Histórico Piedad Córdoba, quien, según un informe elaborado por la Asamblea de Ecuador, aprovechó su cercanía con el chavismo para gestionar el pago de las deudas con algunos empresarios colombianos cercanos a ella, entre los que estaba Álex Saab, hoy procesado como presunto testaferro de Nicolás Maduro.

Nuevo mejor amigo

Con la llegada de Juan Manuel Santos a la Presidencia, en agosto de 2010, Colombia cambió el tono, lo que llevó a una reunión, en diciembre de ese año, entre el mandatario colombiano y Hugo Chávez.

Para limar asperezas, Santos y Chávez acordaron dejar atrás las tensiones y, en una declaración sorprendente, el mandatario colombiano se refirió a su homólogo venezolano como su “nuevo mejor amigo”. Chávez le correspondió diciendo lo mismo unas semanas después, en noviembre de ese año.

Pero con la muerte de Chávez, en 2013, y la llegada de Nicolás Maduro al poder, las relaciones entre ambos países volvieron a ponerse tensas y a partir de ese momento entraron en declive.

La disputa Maduro-Santos arrancó en mayo de 2013, cuando el presidente colombiano recibió al líder opositor venezolano Henrique Capriles, el principal enemigo político del chavismo y quien venía denunciando todo tipo de abusos del Gobierno de ese país.

Pero el punto de inflexión se dio en agosto de 2015, cuando Maduro cerró la frontera común, alegando la supuesta presencia de paramilitares que venían de territorio colombiano.

La crisis se profundizó con la expulsión de cientos de colombianos de territorio vecino, de manera humillante. Muchos padres fueron separados de sus hijos y ni siquiera pudieron sacar sus pertenencias.

El gobierno de Santos trató la crisis por la vía diplomática hasta agosto de 2016 cuando se restableció el paso peatonal, pero más allá de eso, nunca se pudo avanzar. La relación se fue empeorando cada vez más, hasta el punto que ambos países llamaron a consultas a sus embajadores.

Mientras tanto, la situación política y social en Venezuela empezó a empeorar, Maduro arremetió en sus arbitrariedades y ante la crisis que comenzó a cobrar vidas de civiles en las calles de ese país, Santos se pronunció fuertemente contra el proyecto político del régimen. Habló por primera vez de dictadura y dijo que “la revolución bolivariana fracasó”.

El chavismo respondió a la actitud de Colombia con provocaciones, por ejemplo lo ocurrido en marzo de 2017, cuando al menos 60 soldados venezolanos instalaron un campamento en Arauquita (Arauca), reclamando ese territorio como suyo. El episodio se resolvió con la salida de los uniformados de Colombia, pero los ánimos quedaron caldeados.

Ante la imposibilidad de establecer vías de comunicación, Colombia lideró la creación del denominado Grupo de Lima, una instancia multilateral que se estableció tras la denominada Declaración de Lima, el 8 de agosto de 2017, en Perú, donde se reunieron representantes de catorce países con el objetivo de dar seguimiento y acompañar a la oposición venezolana para buscar una salida pacífica a la crisis.

Entre otras cuestiones, se exigía la liberación de los presos políticos, la realización de elecciones libres y se criticaba la ruptura del orden institucional en el país vecino.

Esta instancia funcionó para ejercer presión sobre Maduro, pero no tuvo mayores efectos prácticos y, con el cambio de gobierno en los países que la integraban, se fue desinflando.

Las relaciones llegaron a sus peores términos con la llegada del presidente Iván Duque, quien durante su período como senador denunció a Maduro ante la Corte Penal Internacional (CPI) por presuntos delitos como tortura, asesinato, persecución a un grupo poblacional definido y arrestos masivos, entre otros. Esto marcó el talante con el que llegó el jefe de Estado colombiano.

Duque, de entrada, calificó de “ilegítimo” a Maduro y aceptó como presidente de Venezuela a Juan Guaidó, quien en enero de 2019, siendo presidente del Parlamento del país vecino, se autoproclamó como mandatario.

Un mes después de este acontecimiento, Colombia apoyó el famoso concierto Venezuela Aid Live, un multitudinario evento con el que se buscaba presionar a Maduro para permitir la entrada a ese país de ayuda humanitaria que se encontraba almacenada en Cúcuta y para crear conciencia internacional sobre la crisis.

Duque decidió apostarle a la estrategia del “cerco diplomático”, que buscaba el “restablecimiento de la democracia” en Venezuela. Esto ocurrió en el peor momento de la emergencia humanitaria en la que se hundía ese país y con millones de migrantes caminando por las carreteras de Suramérica.

Este tipo de estrategias, si bien le generaron presiones a Maduro, no han logrado su salida del cargo, en buena medida porque el régimen venezolano se aferró al poder a partir de colectivos armados que atemorizan a la población y cuenta con el apoyo de disidencias de las Farc y el ELN.

Este contubernio ha quedado al descubierto con las muertes en territorio venezolano de Óscar Montero, alias El Paisa, Henry Castellanos, alias Romaña, y Seuxis Pausias Hernández, alias Jesús Santrich.

Preocupaciones

Ahora, con la llegada de Gustavo Petro al poder, ambos países volvieron a darse la mano. Sin embargo, esta reconciliación se da en medio de graves preocupaciones.

Tal como advirtió la revista The Economist en un reciente artículo, hay dos cuestiones que resultan particularmente preocupantes frente a la frontera, una de ellas es la migración.

“Colombia se ha convertido en el hogar de 2,5 millones de los 6,8 millones de venezolanos que han huido del régimen de Maduro y del colapso económico que ha provocado por la corrupción, la incompetencia y los controles de precios. Colombia ha acogido a los recién llegados, concediéndoles permisos. Pero con los venezolanos viviendo en las calles de las ciudades colombianas, la tolerancia se ve limitada”, indica la reconocida revista.

La publicación también muestra preocupación por la seguridad en la frontera, agravada especialmente por el refugio otorgado por Maduro a grupos ilegales colombianos.

“Tanto el Eln, un grupo guerrillero, como las bandas colombianas de narcotraficantes, utilizan Venezuela como refugio, con la aparente connivencia del régimen de matones de Maduro. Petro ha proclamado la ‘paz total’ como prioridad de su gobierno, con ello se refiere a las negociaciones con el Eln y, al parecer, también con los narcotraficantes”, explica The Economist.

A esto se suma el hecho de que, según la publicación internacional, el embajador de Colombia en Venezuela, Armando Benedetti, se ha mostrado permisivo con Maduro y no ha habido exigencias “contundentes sobre cómo gestionar la frontera” y que incluso, al igual que el Gobierno venezolano, el diplomático colombiano ha negado la existencia de un éxodo de ciudadanos de ese país hacia Colombia.