No hay cuadra en Pereira que no tenga un edificio, oficina o establecimiento de comercio averiado, torcido, con la fachada en el piso o el techo desplomado. Hay edificaciones aún en píe, pero tendrán que demolerse en cuestión de días porque resultaron afectadas tras el contundente movimiento telúrico. O quizás horas porque generan un riesgo inminente de colapsar. Sus dueños huyeron tras la tragedia y desde la calle se observan closets con ropa, juegos de sala, comedores, equipos de oficina. Todos arruinados. Arropados por una capa gruesa de polvo que nadie se atreve a remover porque ingresar nuevamente a la edificación supone un verdadero peligro.

A medida que pasan los días, la ciudad— una de las más afectadas del país por el terremoto de magnitud 7.4— desnuda la magnitud de esta tragedia.

En el día, el caos es total. En la noche, igual. A las 6:00 de la mañana termina el toque de queda en el centro de Pereira y algunas zonas específicas que lo inician desde las 6:00 p. m. No hay mayor afluencia de vehículos porque se busca dejarle las vías libres a los carros de la Cruz Roja, la Defensa Civil, los bomberos o las ambulancias que aparecen con sus sirenas corriendo de un lado a otro donde los llamen porque, se cree, hay vida: personas bajo los escombros.

La tragedia completa este jueves 72 horas y es el plazo máximo en el que los organismos de socorro estiman que alguien puede soportar bajo los escombros.

Pereira en la noche. Agosto 12 2026. Foto: Juan Carlos Sierra

La noche en el centro es tediosa. Uniformados de la Policía y el Ejército custodian algunas cuadras oscuras y desoladas. También vigilancia privada. El dueño del motel, el hotel, la miscelánea, cafetería, negocio de fiestas, entre otros, contrató vigilantes para que se ubiquen al frente de lo que quedó de su establecimiento y no permita que le hurten lo poco que les quedó. En Pereira, como en el resto de ciudades donde la tragedia se adueñó del panorama, hay delincuentes que han venido de lugares vecinos a tratar de saquear las pertenencias de los damnificados.

Las cuadras, cuyo paisaje es de ruinas y predios devastados, se alumbran en las noches exclusivamente con linternas o teléfonos celulares. La gente teme transitar libremente porque las ruinas amagan con colapsar. O porque en la oscuridad puede ocurrir un accidente. Las latas, bloques de cemento, ventanas y vidrios aún están expuestos en las vías porque los damnificados quieren hacer parte del censo que adelanta la ciudad.

Conseguir un hotel en Pereira es una tarea titánica. No hay. Y los que no cerraron sus puertas porque sus edificaciones no sufrieron traumatismo, prestan el servicio con limitaciones: en algunos hay energía eléctrica y quizás agua, pero no necesariamente internet. La señal cada vez es limitada.

En unos sectores no hay servicio de gas, mientras controlan las fugas que se presentaron tras el terremoto. En muchas de las edificaciones desplomadas, donde la gente trata de remover escombros, huele a gas.

No hay cajeros automáticos funcionando ciento por ciento. Tampoco sirven la mayoría de semáforos que quedaron en el piso. Y como si fuera poco, el comercio que tiene abiertas sus puertas, solo recibe efectivo por los problemas de comunicación que persisten.

Terremoto Pereira 12 agosto 2026 Foto: JUAN CARLOS SIERRA PARDO-SEMANA

La noche en Pereira es de caos porque nadie duerme. Mientras los policías y el Ejército controlan la ciudad y evitan desmanes o alternaciones de orden público, las cadenas de socorristas —grupos de 20,30, 50 jóvenes— acuden con sus cascos y tapabocas a donde los llamen.

Pereira en la noche. Agosto 12 2026. Foto: Juan Carlos Sierra

A todos les ha tocado organizarse improvisadamente y aprender en esta tragedia que nadie esperaba: unos ayudan a levantar bloques o estructuras de cemento, otros piden silencio cuando escuchan un ruido extraño bajo las profundidades de las edificaciones destruidas, unos más lideran cadenas humanas que pasan valdes para limpiar rápidamente algún terreno entre las ruinas y algunos detienen el tráfico para permitir que las ambulancias —la prioridad— puedan transitar libremente con heridos. El tiempo es oro. Y lo más importante, como lo dijo el presidente Abelardo De La Espriella, es el rescate de las víctimas. La reconstrucción tendrá un capítulo especial y habrá tiempo.