Mientras la natalidad cae y la esperanza de vida aumenta, Colombia enfrenta una transformación demográfica que pondrá a prueba sus sistemas de salud, empleo, pensiones y productividad. SEMANA consultó a Ana Eloísa Zúñiga, líder del Movimiento Perennial en Iberoamérica, quien advierte que el país les está fallando a millones de personas mayores de 50 años que siguen teniendo capacidad de aportar a la economía del país.
La conversación sobre el envejecimiento dejó hace tiempo de ser un asunto exclusivo de médicos, geriatras o expertos en pensiones. En 2026, cuando Colombia avanza hacia una transformación demográfica sin precedentes, el debate se ha convertido en una discusión económica, social y política que involucra a toda la sociedad.
Las cifras muestran la magnitud del fenómeno. De acuerdo con datos del Dane, en 2024 el país contaba con aproximadamente 7,8 millones de personas de 60 años o más, equivalentes al 15 por ciento de la población. Para 2050, esa proporción alcanzará el 25,8 por ciento, lo que significa que uno de cada cuatro colombianos tendrá más de 60 años.
A este escenario se suma otro cambio igual de determinante: la caída de la natalidad. Según datos citados por Anif y la Ocde, la tasa de fecundidad nacional descendió a 1,1 hijos por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1. En Bogotá, incluso, la cifra ronda los 0,8 hijos por mujer, comparable con algunas de las sociedades más envejecidas del planeta.
La combinación de una población que vive más años y una generación que tiene menos hijos está modificando las bases sobre las que se construyeron los sistemas laborales, educativos, de salud y de pensiones. En ese contexto, la voz de Ana Eloísa Zúñiga cobra especial relevancia.
Más que una economía para personas mayores
Para Zúñiga, la discusión no puede limitarse únicamente a la llamada economía plateada. Antes de hablar de ella, insiste en comprender un concepto más amplio: la economía de la longevidad.
El fenómeno no es menor. La esperanza de vida en Colombia alcanza actualmente los 77 años, una cifra que contrasta con el promedio de 50 años a mediados del siglo pasado. “En la actualidad, una mujer en Colombia puede llegar fácilmente a los 82 u 83 años. Sobre esos modelos de expectativa de vida es que se mueve la sociedad”.
La economía plateada constituye una parte de ese universo más amplio y está enfocada específicamente en las personas mayores de 50 años. Para la líder del Movimiento Perennial, uno de los principales obstáculos a fin de comprender esta realidad es el edadismo, un concepto que define los prejuicios y estereotipos asociados a la edad. Son esas ideas que llevan a considerar que alguien es demasiado joven para asumir ciertas responsabilidades o demasiado mayor para continuar siendo productivo.
La discusión adquiere una dimensión aún más profunda cuando se observan las tendencias demográficas. “Si hoy no nace un bebé, en 20 años no tendremos un joven. Y, si no hay jóvenes que entren al mercado laboral, ¿quién sostendrá los sistemas económicos y pensionales de las generaciones anteriores?”, plantea.
Quince millones de colombianos invisibles
A la conversación se suma que, durante décadas, el envejecimiento ha sido visto como una amenaza para los sistemas de salud y pensiones. Sin embargo, Zúñiga considera que esa mirada está incompleta.
Las proyecciones explican la urgencia. Si actualmente las personas mayores de 60 años representan el 15 por ciento de la población colombiana, en menos de tres décadas esa cifra crecerá hasta superar el 25 por ciento. Paralelamente, la caída sostenida de la fecundidad reducirá el número de jóvenes que ingresarán al mercado laboral y sostendrán los sistemas económicos y pensionales.
Para Zúñiga, esta realidad exige abandonar la idea de que el envejecimiento es únicamente un problema de asistencia social y comenzar a verlo como un asunto estratégico para la competitividad del país. “Si yo tengo 57 años y una expectativa de vida de 83 años porque me he cuidado, tengo hábitos saludables, hago ejercicio y mantengo mi mente activa, ¿por qué deberíamos perder esa productividad simplemente por el sesgo asociado a mi edad cronológica? Ahí está el núcleo de la discusión”.
Desde su perspectiva, el país está desaprovechando una enorme reserva de conocimiento, experiencia y talento. La educación permanente aparece como uno de los sectores con mayor potencial. Mientras las universidades enfrentan una reducción en el número de jóvenes, producto de la caída de la natalidad, podrían convertirse en espacios de actualización constante para personas que desean mantenerse vigentes durante más años.
Otro escenario es el emprendimiento. Aunque en Colombia abundan los programas dirigidos a emprendedores jóvenes, la oferta para personas mayores sigue siendo limitada. Zúñiga propone impulsar modelos intergeneracionales en los que la experiencia y la innovación trabajen juntas, evitando segmentar a las personas exclusivamente por su edad.
La salud también ocupa un lugar central. A su juicio, fortalecer los modelos preventivos permitiría reducir costos futuros y mejorar la calidad de vida de millones de personas. Recuerda que estudios internacionales han encontrado que muchas personas comienzan a deteriorarse física y mentalmente pocos meses después de retirarse de la vida laboral, en especial cuando dejan de realizar actividades productivas o intelectuales.
A esto se suma el desafío financiero. Según explica, una parte importante de los colombianos nunca logra pensionarse y debe continuar trabajando incluso después de los 70 años para garantizar su subsistencia.
Un desafío que Colombia no puede seguir aplazando
Aunque la transición demográfica avanza rápidamente, Zúñiga considera que Colombia aún no está preparada para afrontarla. En su opinión, el principal riesgo consiste en seguir abordando el envejecimiento desde una lógica exclusivamente asistencialista. “Si seguimos actuando solo desde una visión asistencialista, el costo para el Estado será enorme. Si cada vez crece más el número de personas inactivas porque no tienen acceso a empleo, emprendimiento o financiación, la carga económica será cada vez mayor”.
La situación se agrava por las barreras que enfrentan muchas personas mayores para acceder a crédito, empleo o programas de apoyo productivo. Su propia experiencia ilustra esa realidad. Haber sido despedida cerca de la edad pensional la llevó a preguntarse qué ocurre cuando una persona es excluida laboralmente por razones asociadas a su edad.
Por eso insiste en la necesidad de impulsar legislación específica, abrir nuevas líneas de financiación y crear condiciones que permitan aprovechar el potencial productivo de una población que seguirá creciendo.
De cara al próximo Gobierno, su petición es concreta: reconocer el valor de los cerca de 15 millones de colombianos mayores de 50 años. “Pueden convertirse en una fuerza activa y productiva para el país. Lo único que se requiere es una política clara que deje de mirar a las personas exclusivamente por su edad cronológica y las valore por lo que todavía pueden aportar”.
Sobre referentes internacionales que Colombia podría analizar, Zúñiga menciona tres casos. Japón, por haber convertido a sus personas mayores en una fuerza activa de apoyo para las nuevas generaciones. Singapur, por sus estrategias tempranas de envejecimiento saludable. Y España, por las medidas adoptadas para responder a los desafíos de una población envejecida. Sin embargo, más allá de los ejemplos internacionales, insiste en que la solución debe construirse desde las particularidades colombianas.
La urgencia, dice, radica en comprender que el cambio demográfico ya está ocurriendo. “La longevidad es la mayor oportunidad económica del siglo XXI. Quienes no la entiendan y no la direccionen desde ahora quedarán rezagados durante muchos años”.