Tras la sospecha de un supuesto caso de peste neumónica en Rusia, se despertó el interés internacional por una enfermedad infecciosa que, durante siglos, ha estado asociada a algunas de las epidemias más devastadoras de la historia.
Fernando Pío de la Hoz, epidemiólogo y docente de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional de Colombia, explica que la peste tiene diferentes formas clínicas. Entre ellas están la bubónica, la septicémica y la neumónica. Esta última compromete los pulmones y puede transmitirse de una persona a otra mediante partículas respiratorias expulsadas al toser.
El experto asegura que la forma septicémica puede ser la más letal, mientras que la neumónica también representa un riesgo importante por la gravedad de su evolución y su capacidad de transmisión interpersonal. “Lo que hace peligrosa a la peste neumónica es esa capacidad de contagio que tiene y que produce un cuadro muy agudo, muy severo. Pero si se trata con antibióticos rápidamente, en las primeras etapas, las personas generalmente salen adelante”, explica.
Los síntomas pueden aparecer de manera abrupta. Entre las primeras manifestaciones están la fiebre alta, los escalofríos, el dolor de cabeza, los dolores musculares, la debilidad y una sensación intensa de malestar. Cuando la infección compromete el sistema respiratorio, pueden presentarse tos, dificultad para respirar, dolor torácico y expectoración con sangre.
Laura Alejandra Sarmiento Ospina, líder del programa de Terapia Respiratoria de la Universidad FUCS, advierte que la rapidez con la que puede deteriorarse el estado de salud es uno de los aspectos que requieren mayor atención. “Lo preocupante es que puede evolucionar rápidamente hacia una neumonía grave, insuficiencia respiratoria y compromiso sistémico”, explica la especialista, quien insiste en la importancia de reconocer los síntomas y buscar atención médica sin demora cuando existe una sospecha epidemiológica.
De la Hoz coincide en que la evolución puede ser acelerada. Según explica, el paciente puede experimentar una sensación de enfermedad severa en poco tiempo, seguida de síntomas respiratorios y una disminución del oxígeno en la sangre que, en algunos casos, requiere hospitalización y soporte respiratorio.
El epidemiólogo precisa que, sin tratamiento, la enfermedad puede causar la muerte en un periodo de entre 48 y 72 horas, aunque el desenlace depende de las condiciones previas de la persona y de la evolución del cuadro. Por eso, la atención temprana es determinante: no se debe esperar a que los síntomas se agraven para consultar.
Contagio, tratamiento y vigilancia
La peste neumónica puede transmitirse directamente entre personas a través de partículas respiratorias que expulsa una persona infectada al toser. El riesgo aumenta con el contacto cercano y sostenido, especialmente en espacios cerrados o con ventilación insuficiente. “Para que ocurra la transmisión, generalmente se requiere contacto cercano, relativamente sostenido, y es aún más riesgoso cuando se encuentra en lugares sin ventilación”, explica Sarmiento Ospina.
La especialista recomienda que quienes hayan tenido una posible exposición y posteriormente presenten síntomas compatibles busquen atención médica de inmediato e informen al personal sanitario sobre el contacto de riesgo. Mientras reciben orientación, deben reducir el contacto con otras personas y utilizar mascarilla para disminuir la posibilidad de dispersar partículas respiratorias. También advierte que no se deben consumir antibióticos por cuenta propia: el tratamiento debe ser indicado y supervisado por profesionales de la salud.
De la Hoz explica que el manejo de la enfermedad se basa en el uso oportuno de antibióticos. Entre los medicamentos que menciona están la estreptomicina y la gentamicina, pertenecientes al grupo de los aminoglucósidos. La elección del tratamiento corresponde al equipo médico, de acuerdo con la evaluación del paciente y los protocolos aplicables.
El especialista también aclara que no existe una vacuna de uso generalizado que permita prevenir la peste neumónica. Por ello, ante un caso sospechoso, la identificación temprana, el tratamiento y las medidas de control epidemiológico adquieren especial importancia.
La respuesta sanitaria no implica necesariamente que exista un brote. El aislamiento de un paciente sospechoso y el seguimiento de sus contactos son medidas preventivas que buscan interrumpir posibles cadenas de transmisión mientras se aclara el diagnóstico. Según De la Hoz, la peste es una enfermedad que exige notificación inmediata ante la sospecha, lo que permite activar mecanismos de respuesta y coordinación sanitaria.
¿Qué significa para Colombia?
La preocupación por un presunto caso en otro país puede llevar a pensar en la posibilidad de una expansión internacional. Sarmiento Ospina considera que no existen razones para generar alarma en el país, aunque subraya que es razonable mantener la vigilancia epidemiológica y seguir las actualizaciones de los organismos sanitarios. La posibilidad de que una enfermedad se propague depende de diferentes factores, entre ellos la confirmación del diagnóstico, las circunstancias de exposición y la identificación de contactos.
De la Hoz recuerda que la peste no es una infección nueva ni una bacteria que haya aparecido de manera repentina. La enfermedad continúa circulando en determinados focos naturales y se han registrado casos en diferentes regiones del mundo, incluida América Latina. Esa presencia no significa que cualquier caso aislado vaya a convertirse en una epidemia.
El epidemiólogo reconoce que el temor ante noticias de enfermedades potencialmente mortales es comprensible, especialmente después de la experiencia mundial de la pandemia de covid-19. No obstante, considera que las circunstancias actuales son distintas de las que existían siglos atrás, cuando la peste causó una enorme mortalidad y las herramientas médicas eran limitadas.
Su mensaje es de tranquilidad, sin desconocer la importancia de la vigilancia. La existencia de métodos diagnósticos, antibióticos eficaces y mecanismos de respuesta sanitaria permite actuar ante un caso sospechoso y reducir el riesgo de que la infección se propague. La enfermedad merece atención y una respuesta oportuna, pero no debe confundirse la posibilidad de un caso con la certeza de una amenaza global.
Para De la Hoz, la conclusión es clara: hay que mantener la vigilancia epidemiológica, confiar en los mecanismos de respuesta sanitaria y evitar el pánico mientras se esclarece el caso. La información confirmada, la atención médica temprana y la respuesta coordinada son herramientas mucho más útiles que la alarma ante un escenario que todavía está bajo investigación.