SEMANA: En su conversación con el expresidente Iván Duque habló sobre la amabilidad en la política. ¿Cómo puede la amabilidad transformar el ejercicio del poder en un mundo cada vez más polarizado?
Matthew Harris: Creo que todo el mundo puede sentir hoy la disminución de la amabilidad en el mundo. Vemos un grado creciente de soledad y de desconexión, y cuando las personas están solas y desconectadas, sienten miedo. Cuando la gente tiene miedo, es mucho más fácil ser poco amable o hacer cosas que no se sienten respetuosas ni dignas.
Creo que es importante comprender que todos tenemos aspectos oscuros y luminosos; somos seres humanos y somos complicados. La amabilidad es algo que necesita ser cultivado, tanto a nivel individual como a nivel cultural y colectivo. Desde mi perspectiva, la amabilidad es verdaderamente lo que somos como especie: estamos diseñados biológicamente para la conexión.
Lo particular de esto es que hay 8.000 millones de personas en este planeta y cada una de ellas mira el mundo de una manera diferente. Para mí, el privilegio de estar vivo en esta época es dedicar tiempo a pensar: ¿es posible para mí ver el mundo a través de los ojos de otra persona, de la forma en que ella lo ve y no como yo quiero que lo vea? Para mí, esa es la raíz de la amabilidad: esa conexión. Pero tiene que cultivarse; no ocurre por sí sola.
SEMANA: Desde el Instituto Bedari de la Bondad de la UCLA ustedes estudian cómo cultivar esta conducta. ¿Cómo se convierte la amabilidad en una práctica concreta y no solo en una buena intención?
M.H.: Todo esto demuestra que la amabilidad es un antídoto contra la soledad y frente a las problemáticas que estamos experimentando en el mundo contemporáneo. Mejora la salud mental. Realizar actos de amabilidad a nivel individual, pero también instaurar la amabilidad a nivel institucional, ya sea en un aeropuerto o en un espacio público que integre la naturaleza y reúna a las personas para hacer algo juntas, mejora directamente nuestra salud mental.
SEMANA: ¿Cómo pedirle a una persona que sea amable cuando vive en condiciones de pobreza, desigualdad o violencia? ¿Qué papel deben asumir los Gobiernos y las instituciones?
M.H.: Todos tenemos que cultivar esa capacidad dentro de nosotros y esforzarnos verdaderamente por comprender las perspectivas de los demás a través de sus propios puntos de vista y del diálogo. Hoy en día se suele tratar a las personas como al enemigo, y es imperativo encontrar puntos en común con aquellos con quienes no estamos de acuerdo.
Necesitamos ser amables con nosotros mismos, porque somos imperfectos y todos tenemos momentos en los que tomamos decisiones que desearíamos no haber tomado, y eso está bien; siempre podemos reparar. Asimismo, tenemos que animar a los líderes, ya sea en la política, la educación o la salud, a que practiquen la amabilidad en su liderazgo y sean diferentes en la manera en que conducen el diálogo. La amabilidad no significa tolerar más allá de lo aceptable ni ser excesivamente complaciente; significa simplemente reconocer la humanidad del otro y utilizar ese reconocimiento como una vía para conectar.
Eso es lo que buscamos. He hecho muchas cosas en mi vida y hay varias que se destacan como las más significativas que jamás haya realizado, y ninguna tiene que ver con logros materiales o profesionales.
SEMANA: Finalmente, en sociedades tan polarizadas como la colombiana, ¿cómo se puede tender puentes con quienes piensan distinto sin renunciar a las propias convicciones?
M.H.: Vivimos en una época de gran complejidad. El clima está colapsando, la biodiversidad se está degradando, existe una profunda inequidad social y económica, hambrunas y guerras. La complejidad generalmente lleva a la gente a buscar soluciones fuera de sí mismos, lo que desemboca en el autoritarismo y en líderes que afirman que pueden resolver todos los problemas, cuando en realidad no pueden hacerlo, porque los desafíos que enfrentamos hoy en el mundo deben resolverse de manera colectiva.