En el marco del Foro Anual Innovación para el Desarrollo I+D/Humanamente: Salud mental, el activo para el desarrollo, que se llevó a cabo el jueves 22 de octubre en Bogotá; SEMANA conversó con Elkin Velásquez, director regional para América Latina y el Caribe de ONU-Hábitat.
El experto abordó cómo la arquitectura urbana, las políticas de vivienda digna y la infraestructura del cuidado son determinantes para construir entornos resilientes frente al estrés, la soledad y la desigualdad en la región.


SEMANA: En su charla aborda las “ciudades para el bienestar mental y el desarrollo humano”. ¿Por qué hablar de salud mental desde el urbanismo y cuál es la apuesta de ONU-Hábitat en esta discusión?
Elkin Velásquez (E. V.): Nuestra contribución en una conversación como esta viene de nuestra experiencia trabajando con las ciudades. Lo que hemos notado, particularmente después de la pandemia, es que muchas ciudades empezaron a interesarse muchísimo más en temas como la salud mental de ciudadanas y ciudadanos. Creo que no es un secreto que, durante y después de la pandemia, muchas personas quedaron con una especie de temor al encierro, temor a la vida en la ciudad, al contacto y a la interacción, porque esos eran los temas que formaban parte de los análisis de la emergencia. Pero, adicionalmente, descubrimos que había factores importantes en la vivienda que determinaban ciertas sensaciones de encierro, en algunos casos claustrofobia, y todo esto de alguna manera siempre se tradujo en estrés.

Yo creo que la palabra clave es el estrés que, bajo determinadas condiciones, se puede generar en una persona a partir de su situación en la vivienda. Como ONU-Hábitat es la agencia del programa de las Naciones Unidas dedicada a los asentamientos humanos y a la vivienda, por supuesto que fuimos sensibles a la temática. Recuerdo que tuvimos intercambios muy interesantes con ministros y ministras de vivienda en su momento. En aquel entonces era el ministro Jonathan Malagón, con quien identificamos cuáles eran las políticas públicas que en la región se estaban poniendo en práctica para apoyar a los hogares a manejar mejor su situación de encierro, la cual estaba condicionada por las condiciones de habitabilidad de sus viviendas.

De esa conversación surgió que hubo políticas públicas orientadas a que las personas mejoraran algunas condiciones de sus viviendas en términos de aireación, nuevas habitaciones y mayor confort dentro de lo posible. Segundo, identificamos que los espacios públicos fueron fundamentales a la hora de facilitar que la gente pudiera, literalmente y entre comillas, respirar. Hablamos de la función humana de respirar, pero al mismo tiempo de aliviar el estrés de estar encerrado.
Todo esto nos volvió a poner sobre la mesa el hecho de que en las ciudades, de manera cotidiana, hay una gran cantidad de fenómenos, dinámicas e infraestructuras que pueden generar estrés y afectar la salud mental. El legado de la pandemia fue, por supuesto, trabajar mucho el tema del cuidado y de las viviendas, pero más allá, entender que la ciudad te puede generar mucho estrés dependiendo de las circunstancias. Esto está relacionado con dinámicas como el transporte. No falta quien le diga a uno en la mañana: “Me tiene loco el tráfico”, que es todo el tiempo; literalmente es una situación que uno escucha a diario. Pero también hay un sentimiento de temor y miedo frente a fenómenos de inseguridad y de violencia.
La ciudad te puede generar un sinnúmero de emociones que en últimas afectan tu salud mental. ¿Cuál es la buena noticia? Que del otro lado muchas ciudades no solamente se han sentado a pensar la temática, sino que han comenzado o avanzado en soluciones físicas. Si el temor, la ansiedad, el cansancio mental o el estrés se generan en torno al sistema de movilidad, entonces aparecen soluciones relacionadas con la proximidad, con reducir los tiempos de viaje o la necesidad de moverse. ¿Cómo se reduce esta necesidad?

Teniendo los servicios básicos y las instituciones más cercanas, o con la posibilidad de hacer trámites de manera virtual. Así, en lugar de desplazarme tres horas en un sistema con tanta incertidumbre, me desplazo algunos minutos en un medio de transporte que permita mucho más esparcimiento y contacto directo con la naturaleza, el aire y el ambiente. No en vano Bogotá es un ejemplo global, no solo por su sistema de ciclovías, sino por sus grandes alamedas.

SEMANA: Para muchos ciudadanos, el día a día en Bogotá resulta hostil y agotador. ¿Qué evidencia demuestra que el diseño urbano realmente puede actuar como un factor protector de la salud mental?
E. V.: El planteamiento inicial es que Bogotá ha hecho mucho, pero le falta muchísimo por hacer. Segundo, Bogotá está pasando por un momento y una circunstancia temporal particular, que es la acumulación de una gran cantidad de obras de infraestructura que ya se están comenzando a terminar. Por supuesto, cuando hay obras, se generan perturbaciones en la movilidad que se traducen en estrés para el ciudadano. Me parece perfectamente comprensible que exista esa sensación, que no es solo tuya, sino de muchas ciudadanas y ciudadanos.
De manera estructural, las infraestructuras como la vivienda, los espacios públicos y la localización de las instituciones, acceso a escuelas, salud y entidades para trámites, forman parte de este proceso. A esto es a lo que hoy a nivel mundial se le llama “infraestructura del cuidado”. Este estrés del que hablamos no se distribuye democráticamente; por ejemplo, las personas mayores sufren más estrés y tienen más miedos en el espacio público que los jóvenes, afectándose más fácilmente por temas de accesibilidad o seguridad.
Por eso es clave establecer políticas públicas en materia de acceso a la vivienda y a los espacios públicos. Puede que haya un parque bonito como el Simón Bolívar, pero si está a cuatro kilómetros, tal vez no tengo acceso a él. Ahí cobran importancia los comúnmente llamados parques de bolsillo. Tener esa infraestructura es el primer paso, pero después vienen las características de ese espacio. La investigación y la evidencia han avanzado mucho sobre qué tipos de espacios públicos, en contextos urbanos y ecológicos particulares, mejoran la experiencia de conexión entre el ciudadano y la ciudad, favoreciendo la percepción y la reacción desde la salud mental. Todo esto responde a un área de la arquitectura y el urbanismo que se está desarrollando muchísimo.

Intervenir los barrios con infraestructura pública de calidad es fundamental, porque la mayor parte de los fenómenos que generan estrés están en el entorno inmediato, en la vida cotidiana de las familias. El otro elemento es el sistema de movilidad y transporte. Sabemos que en nuestra ciudad es un gran generador de ansiedad, estrés y miedo. Toda política pública que ayude a construir la cultura apropiada y genere incentivos para un comportamiento ciudadano adecuado es vital. Hemos escuchado de la “cultura metro” en otras ciudades, lo que demuestra que aquí también es posible. Además, no partimos de cero; en el pasado Bogotá desarrolló políticas ejemplares como la cultura ciudadana, y hoy es sinónimo global de buenas prácticas en materia de ciclovías.
A veces lo que ya está lo damos por sentado, pero vale la pena hacer el ejercicio mental: ¿te imaginas Bogotá sin el Parque Simón Bolívar o sin las ciclovías? Nos han permitido avanzar, aunque falte muchísimo. Definitivamente, las ciudades mayores, con gran dinámica histórica o peso económico, suelen generar este tipo de situaciones. Las buenas noticias son que se pueden manejar desde las políticas públicas, lo que implica diseños, proyectos, inversiones, gestión y participación ciudadana. Las cosas no ocurren por casualidad, son un engranaje de factores.
SEMANA: ¿Qué ciudades del mundo son hoy ejemplos exitosos en urbanismo para el bienestar y qué llamado urgente les hacen a los alcaldes y gobernadores de América Latina?
E. V.: Te divido la respuesta en tres puntos y tendencias absolutamente centrales en la región. La primera, está haciendo carrera en diferentes países la importancia de la infraestructura del cuidado. De norte a sur, tienes las “Utopías” en Ciudad de México, que son infraestructuras que concentran servicios y cuidados para personas mayores, niños y mujeres, quienes suelen tener la mayor carga de responsabilidades. En El Salvador tienes la experiencia de los “cubos”, infraestructuras en barrios vulnerables que agrupan servicios para que la gente se desplace menos, construyendo sentido de pertenencia y conexión con el territorio. En Colombia están las “Manzanas del Cuidado” en Bogotá y las “UVA” (Unidades de Vida Articulada) en Medellín, y en Santiago de Chile hay un equivalente. Será clave analizar cómo esta tendencia es apoyada desde los presupuestos y por bancos de desarrollo como la CAF y el BID, que ya tienen líneas de trabajo para apoyar esto.

El segundo tema, que tal vez debí mencionar primero, es la vivienda. El mayor estrés en América Latina y el Caribe para una de cada cinco familias reside en vivir en condiciones de informalidad y vulnerabilidad: las favelas en Brasil, las villas miseria en Argentina, los barrios informales en nuestro país. El mejoramiento y la transformación integral de barrios precarios sería una de las mayores contribuciones a la salud mental, porque si hay algo que estresa, es la pobreza. Hay casos interesantes como los campamentos de atención integral en Chile, la perspectiva de “periferia viva” en Brasil o la transformación de barrios en San José, Costa Rica, como el emblemático caso de Miravalles en Curridabat. También destaco casos colombianos icónicos como el urbanismo social de Medellín y lo que han hecho Bucaramanga y Barranquilla integrando la perspectiva de biodiverciudades.

El tercer tema son los espacios públicos y la movilidad. Hay que superar los déficits de espacios verdes. En el urbanismo verde se utiliza la fórmula 3-30-300: cada persona debería poder ver al menos tres árboles desde su ventana, el 30 % de su barrio debería estar cubierto de espacios verdes y debería tener un espacio público de calidad a 300 metros de distancia. Es un reto de buen diseño urbanístico. Y en cuanto a movilidad, necesitamos sistemas integrados que articulen el transporte pesado (como el metro que ya se está dotando en Bogotá) con el BRT, el tranvía, el cable, la bicicleta y espacios donde el peatón pueda caminar tranquilamente y sin riesgos.
Todo esto está conectado con la seguridad ciudadana. La percepción de inseguridad genera un miedo que paraliza y afecta mentalmente. Un buen diseño del transporte, espacios públicos de calidad y buena iluminación tienen un impacto directo en la reducción de esa percepción de inseguridad. En nuestras publicaciones conjuntas con la Organización Mundial de la Salud, lo que hacemos es conectar estas dimensiones urbanas tradicionales con la lógica de la salud mental.
