Salud mental

Sandra Cortesi, experta de Harvard, habló con SEMANA sobre salud mental, “no hemos visto ni el 5 % de los riesgos de la IA”

La psicóloga e investigadora participará en el foro Humanamente, en Bogotá, donde abordará los desafíos de las redes sociales, la inteligencia artificial y los algoritmos para el bienestar mental. En entrevista con SEMANA, explica por qué se necesitan plataformas mejor diseñadas, regulación basada en evidencia y una conversación que involucre a gobiernos, empresas y sociedad.

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20 de octubre de 2026 a las 4:59 a. m.
Sandra Cortesi, profesora asociada en el Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación.
Sandra Cortesi, profesora asociada en el Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación. Foto: Instagram @sandra_cortesi

La inteligencia artificial puede ofrecer compañía, ayudar a organizar pensamientos y servir como apoyo mientras una persona espera atención psicológica. También puede fomentar relaciones que desdibujan la frontera entre una herramienta tecnológica y un interlocutor humano. En las redes sociales, por su parte, los algoritmos pueden acercar a los usuarios a contenidos que disfrutan, pero también prolongar su permanencia en las plataformas más allá de lo que tenían previsto. En ese escenario, una pregunta adquiere especial importancia: ¿cómo diseñar entornos digitales que favorezcan el bienestar sin desconocer los riesgos que entrañan?

Ese será uno de los ejes de la conversación de Sandra Cortesi en el Foro Anual Innovación para el Desarrollo I+D / Humanamente: Salud Mental, el Activo para el Desarrollo, que se realizará el 22 de octubre de 2026 en la Universidad EAN, en Bogotá. La investigadora participará en el espacio titulado Entre redes sociales, IA y algoritmos: diseñar entornos digitales para el bienestar mental, una discusión que pone sobre la mesa la relación entre tecnología, salud mental y desarrollo social. Cortesi conversará junto a Andrew Cong, jefe de Misión Adjunto de la Embajada de Australia y Gita Vaid, psiquiatra y psicoanalista, Cofundadora del Center for Natural Intelligence.

FOTO: UNIVERSITY OF OXFORD API
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Sandra Cortesi, profesora asociada en el Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación.
Sandra Cortesi, profesora asociada en el Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación. Foto: Instagram @sandra_cortesi

Cortesi es psicóloga y profesora asociada del Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación. Su trabajo se concentra en las tecnologías digitales, con especial interés en los jóvenes, las redes sociales y las herramientas emergentes, como la inteligencia artificial generativa.

En conversación con SEMANA, plantea una mirada que se aparta tanto de la celebración indiscriminada de la tecnología como de la idea de que sus efectos son necesariamente perjudiciales. Su punto de partida es que las plataformas son diversas, sus características pueden producir resultados distintos y el bienestar de las personas debe formar parte de las decisiones sobre su diseño. El desafío, advierte, es que esos objetivos no siempre coinciden con los intereses comerciales de quienes desarrollan y administran los servicios digitales.

La discusión llega en un momento en el que la inteligencia artificial generativa amplía sus usos y comienza a ocupar espacios que antes estaban reservados a las relaciones entre personas, incluso en conversaciones sobre emociones y dificultades personales. Para Cortesi, todavía hay mucho por comprender acerca de las consecuencias de estas tecnologías, en particular para la salud mental de niños y jóvenes. Por eso, considera indispensable abrir un diálogo entre disciplinas y sectores que habitualmente abordan estos problemas por separado.

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Los algoritmos no son el problema completo

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China apuesta por una IA abierta y Estados Unidos alerta sobre sus riesgos. Foto: Getty Images

Una de las características más debatidas de las redes sociales es el llamado endless feed: un flujo continuo de publicaciones que, gracias a los sistemas de recomendación, puede mantener a una persona conectada durante mucho más tiempo del que había previsto. La preocupación no es menor cuando la permanencia y las interacciones constituyen indicadores relevantes para las plataformas. Sin embargo, Cortesi invita a evitar las conclusiones automáticas y a examinar qué está ocurriendo en cada entorno digital.

“No es lo mismo un Facebook que un Instagram, que un Spotify, entonces también hay plataformas muy distintas. Las plataformas en sí son como el nombre dice, una plataforma o un entorno o una infraestructura o un espacio y dentro de ese espacio hay contenidos, hay interacciones con otros”, explica.

La distinción importa porque una misma característica tecnológica puede tener efectos favorables y desfavorables, según el contexto, el contenido y la forma en que se utiliza. Un algoritmo capaz de identificar los intereses de una persona puede prolongar una sesión y desplazar otras actividades, pero también puede facilitar el descubrimiento de información, conocimientos y contenidos que le resultan valiosos.

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Por eso, el debate sobre el bienestar digital no se resuelve únicamente con prohibiciones generales ni con una condena de las plataformas. Requiere comprender qué funciones generan dificultades, cuáles ofrecen beneficios y cómo se pueden modificar las condiciones de uso para reducir los riesgos. La pregunta no es solamente cuánto tiempo pasa alguien frente a una pantalla, sino qué hace allí, qué encuentra y qué consecuencias tiene esa experiencia en su vida cotidiana.

OpenAI, compañía encargada de ChatGPT.
OpenAI, compañía encargada de ChatGPT. Foto: Getty Images

La investigadora también pone el foco en la inteligencia artificial generativa. Herramientas como ChatGPT pueden abrir posibilidades para aprender, explorar ideas o conversar sobre situaciones personales. No obstante, la capacidad de responder con aparente empatía y estar disponible a cualquier hora también plantea interrogantes sobre el tipo de vínculo que los usuarios pueden establecer con estos sistemas. “Las tecnologías deberían estar diseñadas de tal forma que aumenten el bienestar y tengan el bienestar del ser humano en el centro. Pero estas son plataformas comerciales, con intereses comerciales y no siempre el bienestar del ser humano es lo que cuadra más con los intereses comerciales de los que tienen estas plataformas o las han diseñado”, señala Cortesi.

La tensión entre el propósito comercial y el bienestar constituye uno de los asuntos centrales de la conversación. Si una plataforma busca mantener la atención de sus usuarios, sus decisiones de diseño pueden entrar en conflicto con la necesidad de establecer límites, promover pausas o evitar interacciones que terminen siendo perjudiciales. No significa que todos sus servicios produzcan el mismo efecto, sino que el bienestar no debería depender exclusivamente de la capacidad individual para resistir estímulos diseñados para captar la atención.

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Inteligencia artificial: entre el apoyo y los riesgos

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Sobre la inteligencia artificial como fuente de apoyo emocional, especialmente entre los jóvenes, la experta no desconoce los riesgos, pero propone examinar también las necesidades que llevan a una persona a buscar respuestas en estas herramientas. La dificultad para acceder oportunamente a un profesional de salud mental es uno de los factores que, a su juicio, deben entrar en la discusión.

La investigadora distingue entre las inquietudes cotidianas, como ordenar una idea, prepararse para una entrevista o buscar una perspectiva adicional sobre un desacuerdo personal, y las situaciones que requieren atención profesional. En este último escenario, la inteligencia artificial no debería confundirse con un psicólogo ni convertirse en un sustituto de la atención clínica.

Su reflexión no equivale a recomendar la IA como tratamiento ni a afirmar que sus respuestas sean clínicamente confiables. Más bien, abre una pregunta sobre cómo aprovechar sus posibilidades sin ignorar las necesidades de supervisión, acompañamiento humano y atención especializada. El reto consiste en identificar qué usos pueden resultar útiles y cuáles pueden agravar una situación, particularmente cuando alguien atraviesa una crisis emocional.

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Otro asunto que le preocupa es la tendencia a atribuir características humanas a los sistemas conversacionales. Cuando una herramienta responde de manera empática, escucha sin interrupciones aparentes y está disponible permanentemente, puede resultar más fácil establecer con ella una relación que se perciba como personal. “Los usuarios que más usan la inteligencia artificial más empiezan a personificarla, o la tecnología está diseñada de tal forma que es empática, te escucha, te responde cuando quieras, te da consejo cuando quieras y entre más le hablas más naturalmente empiezas a formar una relación”, advierte.

La familiaridad con estos sistemas no significa que exista una relación equivalente a la que se establece con otro ser humano. Para Cortesi, es importante que el diseño contribuya a recordar esa diferencia.

Regulación, diseño y responsabilidad compartida

Sandra Cortesi, profesora asociada en el Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación.
Sandra Cortesi, profesora asociada en el Berkman Klein Center para Internet y Sociedad de la Universidad de Harvard, donde dirige el área de Juventud y Medios de Comunicación. Foto: Instagram @sandra_cortesi

Para Cortesi, las empresas tecnológicas no deberían ser las únicas encargadas de establecer los límites de sus propios servicios. La investigadora considera necesarias ciertas regulaciones, pero insiste en que deben construirse sobre evidencia y no únicamente a partir de temores o impresiones sobre una tecnología. “Vamos a necesitar ciertas regulaciones. No se van a autorregular siempre ellas mismas ni se deberían siempre autorregular las plataformas ellas mismas. Estas regulaciones o estas policies que vamos a imponerles idealmente son basadas en evidencia, no solamente en sentimientos”, afirma.

La regulación, sin embargo, no agota las posibilidades de intervención. Cortesi también propone trabajar con las empresas para mejorar el diseño de sus plataformas, incluso cuando una medida específica no sea una obligación legal. A su juicio, existen decisiones concretas que pueden contribuir a que los usuarios tengan mayor control sobre su experiencia digital.

Entre los ejemplos que menciona están las configuraciones predeterminadas de privacidad, las opciones que facilitan hacer pausas y los recordatorios que ayudan a interrumpir el desplazamiento continuo por los contenidos. Son ajustes que pueden parecer pequeños, pero que trasladan parte de la responsabilidad desde el usuario hacia el entorno tecnológico en el que toma decisiones.

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La investigadora considera que también hay incentivos para que las empresas busquen mejores experiencias: usuarios satisfechos, sanos, creativos y capaces de desenvolverse en sus comunidades. El desafío está en convertir esa aspiración en decisiones verificables de diseño y no dejarla únicamente en declaraciones de principios.

La discusión adquiere otra dimensión cuando se observa desde las políticas públicas. El foro Humanamente propone pensar la salud mental como un activo para el desarrollo, pero Cortesi plantea una precisión conceptual: el bienestar no debería entenderse como un resultado secundario que llega después del crecimiento económico o de la innovación. “Para mí la salud, y la salud mental, no es el fin, sino es la base. Necesitamos ser saludables o tenemos que tener buena salud, sea física o mental, para funcionar como seres humanos y ser buenos ciudadanos, buenas parejas, amigos, estudiantes, aprendices, creadores”, sostiene.

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Desde esa perspectiva, proteger la salud mental de niños y jóvenes no es un asunto aislado del sistema sanitario. También concierne a la educación, las empresas, los gobiernos y los espacios en los que se desarrollan las nuevas generaciones. Una sociedad que aspira a ser productiva, innovadora y creativa necesita personas que cuenten con condiciones para aprender, relacionarse y participar en la vida colectiva.

Los procesos de deportación pueden agravar cuadros de ansiedad y crisis emocionales en personas vulnerables.
Los procesos de deportación pueden agravar cuadros de ansiedad y crisis emocionales en personas vulnerables. Foto: Pinterest

Cortesi advierte, además, que la forma de abordar la salud mental varía entre contextos culturales. En algunos lugares, hablar directamente de ella puede resultar difícil, mientras que conceptos como calidad de vida, felicidad o satisfacción vital permiten abrir conversaciones y traducirlas en proyectos concretos. Reconocer esas diferencias puede ayudar a diseñar políticas que respondan mejor a las realidades locales.

Al final, su mensaje es una invitación a no tratar la salud como un privilegio ni como un asunto que pueda aplazarse hasta que aparezcan problemas graves. La inteligencia artificial ofrece oportunidades, pero su velocidad de desarrollo también dificulta anticipar todas sus consecuencias. En particular, Cortesi considera que todavía falta mucho por comprender sobre su relación con el bienestar mental. “Creo que no hemos ni llegado al 5 % de los riesgos y los desafíos que vamos a tener que enfrentar y tampoco todavía entendemos bien cómo transformarlo en una oportunidad, porque esto va a una velocidad muy rápida”, advierte.

La respuesta, en su opinión, requiere conversaciones que reúnan perspectivas diferentes: salud, políticas públicas, tecnología y emprendimiento. No basta con que los especialistas hablen entre sí ni con que las familias enfrenten individualmente las dificultades que surgen en los entornos digitales. “Jóvenes que luchan con esto solos no nos sirve, porque los jóvenes van a entrar a nuestras empresas, a trabajar en nuestros gobiernos, a ser los próximos educadores de los niños, o sea, van a ser ciudadanas y ciudadanos”, concluye.