Para quien recibe un diagnóstico de cáncer, cualquier posibilidad de mejorar el pronóstico puede resultar esperanzadora. Pero en redes sociales las afirmaciones contundentes sobre el ayuno pueden confundirse con recomendaciones respaldadas por evidencia. Entre una hipótesis de investigación y una indicación clínica hay una distancia que, en oncología, puede tener consecuencias importantes en los pacientes.
La discusión tomó fuerza en el país tras declaraciones del médico Jorge Enrique Bayter Marín en sus redes sociales sobre el ayuno, incluido uno de hasta cinco días en pacientes oncológicos. Pero más allá de la controversia, la pregunta es qué se sabe realmente: ¿hay pruebas de que el ayuno intermitente beneficie a las personas con cáncer y cuáles son los riesgos de restringir la alimentación durante una enfermedad que puede deteriorar el estado nutricional?

SEMANA consultó a Mauricio Londoño Rodríguez, oncólogo molecular con maestría del Centro de Estudios Biosanitarios y del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas de Madrid, con más de dos décadas de práctica clínica, y a Ricardo Merchán, nutricionista dietista, magíster en epidemiología, candidato a doctor en oncología e integrante del Comité de Oncología de la Asociación Colombiana de Nutrición Clínica.
Evidencia científica

Londoño advierte que parte de la información popular sobre ayuno, autofagia y longevidad proviene de modelos animales. Esos resultados pueden orientar preguntas de investigación, pero no se trasladan automáticamente a seres humanos. “En redes sociales prácticamente todos dicen estar respaldados por la evidencia, pero, al revisar qué sustenta realmente un video o una publicación, resulta que muchos datos provienen de experimentos de laboratorio, estudios en animales o ratones, o corresponden a lo que en el medio académico denominamos cherry picking, que consiste en tomar un estudio aislado y acomodarlo a conveniencia para promocionar una idea preconcebida”, explica.
Sí existen estudios en personas con cáncer, pero no hay una respuesta definitiva para todos los tumores ni evidencia que permita considerar segura cualquier modalidad de ayuno. Londoño menciona investigaciones con restricciones calóricas muy estrictas para evaluar si pueden reducir ciertos efectos adversos de la quimioterapia.
Entre los trabajos citados está un ensayo de 2016 con 20 pacientes, que evaluó restricciones de 24, 48 y 72 horas alrededor de quimioterapias basadas en platino, y el estudio Direct, publicado en 2020, con 131 pacientes con cáncer de mama. Londoño alude además a una investigación presentada en el congreso de ASCO de 2026, con 36 mujeres con cáncer de ovario en estadios tres y cuatro. La mitad hizo ayuno durante 36 horas antes y 24 horas después de cada ciclo de quimioterapia. Según el especialista, los resultados merecen estudio, pero el tamaño y las características del protocolo no permiten convertirlos en una recomendación general.

“Como se evidencia en estos protocolos, hablamos de ventanas de 24 a 48 horas bajo estricta vigilancia médica, y de ninguna manera de ayunos prolongados de cinco días o semanas completas como se promueve irresponsablemente en plataformas digitales”, advierte. La selección de pacientes y el seguimiento clínico son parte de la investigación; no pueden separarse de sus resultados.
Riesgo de desnutrición

Por otro lado, Ricardo Merchán parte de un problema frecuente en oncología: entre el 20 y el 40 por ciento de las personas con cáncer presenta algún grado de desnutrición al momento del diagnóstico. La proporción puede llegar hasta el 80 por ciento en pacientes hospitalizados o con enfermedad avanzada. En Colombia, añade, siete de cada diez personas con cáncer son diagnosticadas en estadios avanzados.
“La desnutrición es frecuente en cáncer”, señala. El riesgo no se limita a bajar de peso. También puede perderse masa muscular, condición conocida como sarcopenia, incluso en personas con exceso de peso. Merchán indica que tres de cada diez mujeres con cáncer de seno tienen sarcopenia, por lo que el peso por sí solo no permite saber si alguien está bien nutrido.
Restringir el horario para comer puede dificultar que un paciente consuma las calorías, proteínas y demás nutrientes que necesita. Merchán pone como ejemplo la alimentación restringida en el tiempo, con 16 horas de ayuno y ocho para comer: esa ventana puede ser insuficiente para cubrir los requerimientos nutricionales, en especial si la enfermedad o el tratamiento afectan el apetito.

“No se recomienda el uso de ayuno en personas con diagnóstico oncológico y tratamiento activo, precisamente porque la patología oncológica es altamente catabólica con una alta frecuencia de desnutrición, y el dar esta restricción de tiempo de comida lo que hace es favorecer los estados de desnutrición. Entonces, no es una práctica que se deba recomendar en este contexto”, afirma Merchán.

Londoño advierte que un ayuno prolongado sin supervisión puede precipitar desnutrición severa, caquexia y pérdida acelerada de músculo. La caquexia es un síndrome asociado a enfermedades graves que deteriora el peso y la masa muscular; en un paciente oncológico, ese deterioro puede comprometer su estado general y su capacidad de afrontar el tratamiento. Por eso, insiste en que nadie con cáncer debe ayunar por cuenta propia ni seguir consejos de redes sociales.
Individualizar y consultar

Ambos especialistas señalan que la alimentación debe individualizarse según el tipo de cáncer, el estado nutricional, las necesidades y las comorbilidades. En algunos pacientes con cáncer de mama y exceso de peso, el equipo puede valorar horarios de alimentación y objetivos metabólicos. Eso no equivale a recomendar ayuno a todas las personas con ese diagnóstico, y menos durante un tratamiento activo.
“Si hablamos específicamente de cáncer de mama, una de las recomendaciones es que por lo menos haya un ayuno de 13 horas para garantizar un bienestar metabólico y controlar un poco ese perfil de exceso de peso”, dice Merchán. El especialista recalca que el caso debe evaluarse individualmente y que cualquier prescripción requiere responsabilidad médica y nutricional; no es una indicación universal para todas las pacientes.

La cautela también se aplica a las promesas de curación. Londoño recuerda que en oncología se usa un lenguaje prudente por el riesgo de recaída y rechaza presentar el ayuno como una cura. “En salud no se puede jugar con la esperanza de la gente. Proclamar a la ligera que ‘el ayuno cura el cáncer’ es una irresponsabilidad absoluta”, sostiene. Una intervención estudiada en condiciones específicas no reemplaza las terapias indicadas ni justifica abandonarlas.
La difusión de consejos de salud puede impactar a pacientes y familiares en momentos de miedo y vulnerabilidad. “Todo el mundo habla de nutrición en redes sociales, pero no todos tienen esa formación, y esto es un riesgo importante para las personas que consumen dicha información”, advierte Merchán.
Tener un título profesional no convierte automáticamente cada afirmación en una recomendación sustentada. Merchán aconseja que la orientación específica sobre ayuno y alimentación provenga de un profesional en nutrición y dietética.
Londoño pide no confundir hábitos saludables con el rechazo a los tratamientos médicos. “Una medicina seria basada en hábitos saludables jamás debe descalificar o rechazar los tratamientos farmacológicos respaldados por la evidencia”, afirma.
Frente a un diagnóstico, una solución sencilla puede sonar atractiva, pero las decisiones sobre alimentación no deben basarse en recomendaciones virales.
Esta revista intentó contactar al doctor Jorge Enrique Bayter Marín, pero al cierre de esta edición no obtuvo respuesta al cuestionario enviado.
