La guerra en Oriente Medio no solo ha dejado decenas de víctimas humanas y ciudades devastadas, sino también algunas heridas profundas en el medioambiente que pueden tardar décadas en sanar. Los bombardeos a varias instalaciones petroleras y de gas han provocado la formación de nubes tóxicas y la aparición de “ríos de fuego” producto de incendios masivos en infraestructuras energéticas.
El conflicto se intensificó luego de los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciados el 28 de febrero. En respuesta, Teherán ha lanzado ofensivas contra refinerías y plantas de gas en países del Golfo aliados de Washington. A esto se suman ataques a buques petroleros y cargueros, lo que ha encendido las alarmas por posibles derrames contaminantes en rutas marítimas clave.
De acuerdo con la organización Conflict and Environment Observatory (CEOBS), durante los primeros diez días de la guerra se registraron más de 300 incidentes con consecuencias ambientales. Estos eventos no se limitan al territorio iraní, sino que también han afectado a naciones vecinas como Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Bahréin y Arabia Saudí. El alcance del conflicto incluso se ha extendido desde el Mediterráneo hasta el océano Índico.
Sin embargo, expertos advierten que estas cifras apenas reflejan una parte del daño real. El monitoreo resulta limitado debido al control informativo que ejerce Irán y a la escasez de imágenes satelitales disponibles, muchas de ellas provenientes de proveedores vinculados al ámbito militar. Así lo señaló Doug Weir, director de CEOBS, en diálogo con RTVE Noticias, quien sostiene que el recuento actual solo “roza la superficie” de un impacto ambiental mucho más amplio y difícil de dimensionar en medio de la guerra.
Los conflictos armados suelen dejar una huella ambiental significativa, y este caso no es la excepción. Los bombardeos sobre instalaciones militares liberan metales pesados y sustancias químicas peligrosas que contaminan el aire, el suelo y el agua. Sin embargo, la situación se agrava debido a que muchas infraestructuras energéticas se han convertido en objetivos directos de misiles y drones, aumentando los riesgos tanto para la población civil como para los ecosistemas.
Además de las refinerías y depósitos de combustible, también se encuentran en peligro las plantas desalinizadoras, fundamentales en territorios con escasez de agua. Su destrucción podría desencadenar una crisis hídrica de gran magnitud, especialmente en zonas desérticas donde estas instalaciones representan una fuente vital para el consumo humano y la agricultura.
Las explosiones en instalaciones petroleras han provocado una combustión incompleta del crudo, liberando al ambiente una mezcla de gases tóxicos. Entre ellos se encuentran el monóxido de carbono, el dióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno, además de partículas de hollín como el carbono negro, altamente nocivo para la salud humana y con efectos directos en el calentamiento global.
Estas partículas contaminantes no permanecen únicamente en las zonas afectadas. Expertos advierten que pueden desplazarse a lo largo de cientos o incluso miles de kilómetros, afectando regiones lejanas. Este fenómeno ya se observó en conflictos anteriores, cuando el humo de incendios petroleros alcanzó zonas montañosas remotas, deteriorando incluso ecosistemas frágiles como los glaciares.
Otro riesgo importante surge cuando estas nubes tóxicas interactúan con las precipitaciones, dando lugar a lluvias ácidas. Este tipo de fenómeno puede tener consecuencias graves para ciudades como Teherán, afectando tanto la salud de sus habitantes como la calidad de los suelos y las aguas subterráneas. A esto se suma el derrame de petróleo en sistemas de alcantarillado, que ha provocado escenas de “ríos de fuego” en algunas zonas urbanas.
Frente a este panorama, el ministro de Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, calificó los ataques contra depósitos de combustible como un “ecocidio”. Según advirtió, los efectos sobre la salud y el entorno podrían prolongarse durante generaciones, debido a la contaminación persistente del suelo y de las fuentes de agua, lo que incrementa la preocupación internacional por las consecuencias a largo plazo del conflicto.