Una aeronave ha captado la atención por su apariencia casi irreal: un diseño llamativo, con alas de gran tamaño y una silueta que evoca la de un murciélago, acompañado de la promesa de superar velocidades de Mach 4. Su estética futurista ha llevado a pensar que se trata de un desarrollo militar avanzado ya en marcha.
Se trata del F/A-XX, iniciativa con la que la Armada estadounidense busca reemplazar su actual flota de aviación embarcada. La almirante Lisa Franchetti, jefa de Operaciones Navales, señaló en octubre de 2024, que este proyecto contará con un sistema de sexta generación que integrará mayor alcance, sensores más avanzados y la capacidad de operar de forma coordinada con plataformas tripuladas y no tripuladas, proceso que ya cuenta con propuestas de tres compañías en evaluación.
El futuro sistema F/A-XX está concebido para sustituir a uno de los pilares actuales de la aviación embarcada: el F/A-18E/F Super Hornet. Este cumple múltiples funciones desde portaaviones, gracias a su capacidad de despegar en distancias cortas y aterrizar mediante cables de frenado, convirtiéndose en pieza clave en las operaciones navales.
Además, el programa también apunta a reemplazar al EA-18G Growler, especializado en guerra electrónica. Esta aeronave, derivada del Super Hornet, está equipada con sistemas diseñados para interferir comunicaciones y neutralizar defensas enemigas, desempeñando un rol estratégico en escenarios de combate modernos.
En medio de estas discusiones, suele surgir cierta confusión con conceptos como la velocidad Mach. Este término se utiliza para comparar la velocidad de un objeto con la del sonido, por lo que alcanzar Mach 4 implica volar aproximadamente cuatro veces más rápido, aunque esta referencia varía dependiendo de factores como la altitud y la temperatura.
Según la NASA, existe una clasificación general para estas velocidades. Se considera que el vuelo hipersónico comienza a partir de Mach 5, mientras que el rango entre Mach 3 y Mach 5 se denomina supersónico alto, una etapa en la que el calor generado por la fricción con el aire comienza a ser un factor determinante.
A estas velocidades, el comportamiento del aire alrededor del avión cambia de forma significativa. No solo se desplaza, sino que se comprime y eleva su temperatura, lo que provoca un calentamiento considerable en la estructura, especialmente en los bordes y zonas más expuestas. Esto obliga a incorporar soluciones tecnológicas que permitan disipar el calor de manera eficiente.
Asimismo, este fenómeno entra en tensión con otro de los objetivos clave de la sexta generación: el sigilo. Reducir la detectabilidad implica también minimizar la firma térmica, pero el incremento de temperatura en la superficie del avión puede hacer más visible su presencia ante sensores infrarrojos.
Finalmente, las condiciones operativas de los aviones embarcados añaden un nivel extra de complejidad. Estos aparatos deben soportar lanzamientos con catapulta, aterrizajes bruscos y la constante exposición a ambientes salinos y húmedos.
Si a esto se le suma el estrés térmico derivado de altas velocidades, el resultado puede ser un mayor desgaste, incrementando las necesidades de mantenimiento y reduciendo su disponibilidad operativa.