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| 12/15/2017 12:00:00 AM

¿Quién gana la pelea en la cuenca del Atrato?

El mercurio y el abandono atacan el río. Aún así, el 94 por ciento de sus bosques están en buen estado.

¿Quién gana la pelea en la cuenca del Atrato? Algunos científicos norteamericanos como Carl Eigenmann y Arthur Henn navegaron el río y estudiaron su fauna a principios del siglo XX. Foto: Iván Valencia

Las noticias son alentadoras. Ahora que las condiciones de seguridad han mejorado en la región, los investigadores pueden hacer su trabajo con más tranquilidad en el Atrato. “A pesar de todos los problemas de contaminación por mercurio, de coca y de tala, la cuenca tiene un 94 por ciento de bosque conservado. Eso es excepcional y significa que todavía es un río que se puede salvar. E investigar, porque ha sido casi del todo abandonado por el Estado en términos de conocimiento”, dice Luz Fernanda Jiménez, ictióloga y profesora de la Universidad de Antioquia que realizó el inventario de peces en dos puntos del Medio Atrato.

Aunque algunos intrépidos científicos como los norteamericanos Carl Eigenmann y Arthur Henn navegaron el río y estudiaron su fauna a principios del siglo XX, la enciclopedia de sus especies luce aún muy incompleta, la zona es un gran misterio. Ese desconocimiento motivó a un grupo de ictiólogos colombianos a recorrer sus ríos y documentar las especies bajo sus aguas. El fruto de ese trabajo fue el primer inventario de peces de agua dulce que habitan en toda la región, publicado en 2012, exactamente un siglo después de que Eigenmann –un naturalista de la Universidad de Indiana que descubrió más de 128 especies– se aventurara por su curso. (Lea más sobre el trabajo de estos ictiólogos de la UdeA en la página 76).

Los datos arrojados por ese estudio confirmaron que el Atrato es un río muy especial. Allí encontraron 116 especies, es decir, el 0,8 por ciento de los peces dulceacuícolas de todo el mundo. Doce de ellas solo se pueden hallar en sus aguas, un número alto que prueba que los procesos de evolución de nuevas especies –llamado “especiación” por los biólogos– es muy notorio en el río chocoano. Cinco peces fueron descritos por primera vez entre 2000 y 2011, incluyendo un berrugo culebra café con rayas amarillas y un pez gato ballena.

Esa riqueza, sin embargo, tiene dos caras: por un lado, el Atrato alberga 24 especies con gran valor comercial, mostrando su potencial. Pero, por el otro, diez de los peces en la cuenca están en la lista roja internacional de especies amenazadas.

Peligro en el agua

No todas son noticias alentadoras. Aunque ya había indicios de la alta contaminación del río debido al mercurio usado en la extracción ilegal de oro, los resultados más alarmantes salieron en octubre en la revista científica Chemosphere. Tras analizar individuos de 16 especies de peces, en 11 poblados pesqueros del Medio y Bajo Atrato, científicos de la Universidad de Cartagena encontraron datos escalofriantes. Hubo bagres sapo con 2,01 partes de mercurio por un millón, casi cuatro veces por encima del umbral considerado seguro por la Organización Mundial de la Salud. Otras cuatro especies consumidas por los chocoanos –la doncella, el beringo, el barbudo y el quícharo– también arrojaron niveles superiores al máximo aconsejable.

“Recomendamos no consumir esas cinco especies. Y, si se consumen, debería ser en trozos muy pequeños y no con frecuencia”, dice el biólogo chocoano Yuber Palacios Torres, quien lideró el estudio como parte de su tesis de doctorado en toxicología ambiental, financiado por WWF. La única buena noticia: el bocachico, el pez más consumido del Atrato, tiene niveles más bajos (de 0,14 partes por millón), igual que el dentón, el guacuco o el boquipompo.

Esta alta cantidad de mercurio en los peces es un riesgo grande de salud pública. Al hacer el análisis de pelo de 248 personas en Quibdó, Torres encontró un patrón similar: 53 por ciento tenía niveles más altos al valor límite (de una parte por millón) recomendado por la OMS. Una persona tenía 116 partes por millón, o 115 veces más que el umbral considerado seguro.

A una conclusión similar está llegando el equipo de Jiménez, que está terminando de procesar las muestras que hizo durante un año del quícharo, un pez robusto y dientudo que –por ser carnívoro– acumula el mineral con facilidad. Esa realidad evidencia el gravísimo impacto de las dragas y los mineros ilegales, que usan el mercurio para extraer el oro y vuelven a arrojar el sedimento contaminado al río.

Esa urgencia de seguir investigando el Atrato contrasta con los pocos recursos públicos para llevarla a cabo, en un país que solo invierte el 0,2 por ciento de su PIB en ciencia y tecnología. De hecho, el proyecto de Jiménez fue financiado con recursos de regalías, evidenciando la utilidad pública de un Fondo de Ciencia y Tecnología cuyo dinero (2,6 billones de pesos), ya fue reasignado este año para vías terciarias en municipios del posconflicto.

*Periodista ambiental.

EDICIÓN 1888

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