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| 8/12/2019 12:00:00 AM

El futuro es a domicilio

El creador de la Fundación Adomi logró escapar de la violencia en Simití, Bolívar, y hoy ayuda a cientos de jóvenes cartageneros a entrar a la universidad.

Jóvenes cartageneros ingresan a la universidad con ayuda de la Fundación Adomi Más de 1.000 estudiantes han pasado por los programas de la Fundación Adomi. Foto: César David Martínez.

Entré a su despacho y le dije: “No iré ni a la guerrilla ni al Ejército. Si me ponen un fusil en la mano me mato”. Ese día hice un pacto con el alcalde de Simití, en el sur de Bolívar: “Vete para Cartagena a estudiar, yo te pagaré la universidad. Pero cuando triunfes tienes que ayudar a las personas”, me dijo.

Las alternativas de la juventud en la pobreza son muy escasas: “La diferencia que hay entre un militar y un guerrillero es que al uno lo entierran con honores y al otro ni lo entierran”. Pero yo me negaba a creer que ese fuera mi destino. Yo quería estudiar.

Volví a Cartagena en 2008 con el dinero justo para el transporte y el examen de admisión a la universidad pública. Gané el examen para entrar a la Universidad de Cartagena para estudiar Literatura. Llamé feliz al alcalde, Vicente Mejía Ortiz, para contarle la buena noticia, y cuando me contestaron el teléfono me dijeron: “Lo mataron”.

Las tías

Mati, Ida y Porfi, así se llamaban las dueñas de la posada en Cartagena donde yo me hundí en la desesperación al enterarme de que habían matado a Vicente. “Tú no te puedes devolver. Tienes que graduarte como sea, Juan”. ¿Y cómo? Mi mamá aún seguía en Simití, pero no trabajaba, mi papá se había desentendido de mí desde que yo era niño.

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Así que me armé de lo único que pude siendo pobre: la lectura. Empecé a leer mucho, llegué al nivel de devorarme un libro diario de la biblioteca de Mati, Ida y Porfi, mis ‘tías’, quienes, a pesar de que no éramos nada, me dieron techo y comida sin exigir nada a cambio.

Los trabajos

En medio de las clases de la universidad trabajaba como empacador en un supermercado. También trabajé en una tienda de ropa y aprendí a vender. Fui vendedor de colonias puerta a puerta. Corría ya la mitad de mi carrera de literatura. Con el poco dinero que conseguí en esos trabajos de temporada pude traer a mi mamá a Cartagena. Una mañana me quedaban 3.000 pesos, “compra arroz y Dios proveerá”, me dijo mi mamá. La desobedecí y con ese último dinero salí a buscar trabajo. Fui al único sitio en el que me conocían, la universidad. Cuando ya regresaba derrotado me encontré a un amigo que nunca iba a clases, él me dijo que había una vacante para profesor de lectura en un curso preuniversitario.

¡Me contrataron! “Es que cuando tú hablas de la lectura uno se contagia”, me decían, “eso es lo que queremos que les transmitas a los jóvenes”.

Adomi

Arrancó en 2013. Empecé a dictar clases a domicilio a personas de barrios prestantes en Cartagena: Manga, Bocagrande, Castillogrande… Y con el dinero que me pagaban creé una fundación para ayudar a los jóvenes que querían estudiar en la universidad. La fundación se llama Adomi porque dictamos clases a domicilio, y al poco tiempo yo dictaba tantas clases que tuve que contratar a otros profesores para que me ayudaran.

En Adomi la misión es patrocinar la educación superior de los jóvenes de escasos recursos –lo mismo que Vicente, el alcalde, hizo conmigo–. Y para ello hacemos tres cosas: brindamos un curso preuniversitario gratuito, entregamos una beca para la carrera universitaria completa de los alumnos con la mejor calificación, y damos trabajo pago a estudiantes universitarios de últimos semestres para que dicten las clases a domicilio.

Hemos ganado los premios Titanes Caracol, en la categoría educación, en 2015, y el Premio Cívico, en 2016. Hemos expandido nuestros cursos preuniversitarios a distintos lugares de Bolívar, Simití es uno de ellos, por supuesto. Por nuestras manos han pasado ya más de 1.000 estudiantes y hasta la fecha 216 están en la universidad.

* Creador Fundación Adomi.

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