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| 8/12/2019 12:00:00 AM

Historia de dos indias

Basta verlas para saber que son hermanas. No solo por lo indias, por el gesto duro, también por la fuerza de sus piernas, la armonía de sus largos torsos desnudos y, sobre todo, por lo altivas.

La historia de la india Catalina y la cacica Gaitana Las indias no se han cruzado nunca, excepto en la mente de un español: Eladio Gil Zambrana. Foto: Esteban Vega

La india Catalina y la cacica Gaitana viven a 1.354 kilómetros de distancia, una en Cartagena y la otra en Timaná, una población enclavada en las montañas del sur del Huila desde los tiempos de la conquista. No se han cruzado nunca, excepto en la mente de un español: Eladio Gil Zambrana, que las concibió, les dio forma con sus manos y luego las inmortalizó en bronce.

Aún recuerdo el día soleado en que el escultor, acompañado por su esposa, instaló la escultura de la heroína huilense en un pedestal que semejaba una gran roca, en medio de un alborozo que se quedó en mi memoria de niña, para siempre.

Las vidas de esas dos mujeres emblema de la Colombia nativa transcurrieron casi simultáneas, aunque por sendas muy distintas. En los mismos años en que la india Catalina, raptada en la adolescencia y llevada a República Dominicana, retornó convertida en adulta y le servía de intérprete a Pedro de Heredia en vastas zonas de Gaira y Calamarí, ayudando con ello al sincretismo de las dos culturas, la cacica Gaitana se oponía hasta su último aliento al avance español sobre los territorios de los timanaes, los yalcones y los andaquíes, entre otras tribus rebeldes.

Tras el asesinato de su hijo Timanco a manos de Pedro de Añasco, la Gaitana protagonizó una de las más cruentas represalias que haya conocido España durante la expansión de sus dominios en el Nuevo Mundo.

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“Con el cuchillo más filoso de los cantiles del río obró esa mujer su venganza, y Añasco el cruel, entumecido y sangrante, fue arrastrado hasta la muerte por todas las tierras que iban a ser el reino del muchacho, para que hasta las piedras y los árboles recordaran el tormento”, narra William Ospina en La serpiente sin ojos, el cierre de su trilogía sobre la conquista de la Amazonia.

Tal vez por eso la india Catalina y la Gaitana miran distinto. La primera, erguida, digna, firme, lleva sus ojos al frente, como guiados por la pluma solitaria que porta en su cabeza. La segunda lanza la cabeza adornada con un penacho hacia arriba, mirando directo al trofeo de guerra que eleva con la mano izquierda: la testa inerte del conquistador al que sacó los ojos. En la mano derecha, Eladio Gil le puso un hacha a aquella india que, casi cinco siglos atrás, humilló a los osados aventureros de su natal Andalucía.

Las dos son símbolos de nuestra historia y de la fuerza femenina que, aun en los entornos más hostiles, es capaz de determinarla. Las dos son muestra del recio carácter y de la sangre guerrera que corre por las venas de las mujeres de estas tierras.

* Directora de información internacional de Caracol Televisión.

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