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| 5/20/2019 12:00:00 AM

Caídos del cielo: los vuelos de la PAC que salvan vidas en todo el país

Desde hace más de una década la Patrulla Aérea Civil comenzó sus brigadas médicas humanitarias en las zonas más alejadas de Colombia. Estas son fruto de la unión estratégica de pilotos y médicos voluntarios.

Cómo funciona la Patrulla Aérea Civil en Colombia Las jornadas de la PAC se realizan desde hace 52 años. En esta misión a Vichada, el grupo de médicos estuvo trabajando durante 13 horas para atender a la comunidad. Foto: Pablo David G

Lo primero que se ve en la población de Cumaribo, en Vichada, al oriente del país, luego de bajar de una pequeña aeronave Piper modelo Saratoga, piloteada por Francisco de Lorza, es el restaurante El Viajero. Allí, varios soldados del Ejército colombiano que sudan a chorros se resguardan del calor. Al lado hay una camioneta que espera al último grupo de voluntarios médicos que pronto aterrizará en el municipio más grande de Colombia ¡Bogotá cabría aquí 63 veces! Ellos, aun en contra del clima y en un territorio olvidado por el Estado (existe una situación crítica de desnutrición infantil), atenderán a la población en una de las jornadas humanitarias que realiza la Patrulla Aérea Civil (PAC) desde hace 52 años.

“Los verdaderos héroes de esta ‘película’ son los médicos. Nosotros tan solo los transportamos”, afirma el piloto De Lorza, quien lleva 15 años en la PAC. Pero transportarlos no es nada fácil y llevar a cabo el plan de atención médica en tierra también tiene sus dificultades.

Cumaribo es una de las poblaciones más apartadas del país. Recorrer en auto los 612 kilómetros que la separan de Bogotá puede tomar entre 20 y 30 horas si no llueve; eso es más del doble del tiempo que un conductor tarda en llegar a Popayán, que se encuentra a una distancia similar. “En los Llanos Orientales el problema siempre será el acceso. Las medicinas y los profesionales no tienen cómo llegar hasta acá”, sostiene Juan Carlos Collazos, radiólogo que lleva dos años en la PAC.

Sobre Vichada, desde el cielo, se distinguen parches de selva tropical, cultivos de palma y caminos hechizos de color carmesí que recuerdan un sistema circulatorio. Las ‘venas’ se confunden con vertientes de un río. Después de dos horas y media de vuelo el avión aterriza y hay que abordar un carro hasta el internado Sagrado Corazón de Jesús, a 15 minutos de la pista, cuyos salones de paredes amarillas se han transformado en consultorios improvisados de optometría, pediatría, medicina general y obstetricia.

Lee también: Un hospital de campaña: el sueño de la Patrulla Aérea Civil Colombiana

Gladys Hernández, indígena sikuani del resguardo kabiri –que significa ‘caníbal’– esperó a la brigada durante diez horas, frente a las puertas del colegio, con sus nietas de 2 años. Solo a las tres de la tarde consiguió unas manillas para que pasaran a consulta. La espera es lo de menos. Lo más grave es que hace más de un mes el hospital de Cumaribo no tiene un médico que atienda a la población. Esto lo revela Mariela Artunduaga, quien fue a una consulta de optometría con los médicos.

Si bien el idioma es una barrera que se puede superar gracias a un sistema de símbolos improvisados, la negligencia del Estado dificulta los esfuerzos de atención en salud. “Estas poblaciones son tan alejadas que a muchos de estos niños nunca los ha visto un pediatra y sus mamás nunca se hicieron una ecografía”, explica Enrique Martín, coordinador de operaciones aéreas y logísticas de la PAC.

Aunque las brigadas no pueden solucionar un descuido que ha durado décadas, ellos saben que su labor es vital. Por eso todos los esfuerzos son necesarios, como el del piloto Germán Pombo, quien realizó dos viajes de ida y regreso a Bogotá el mismo día para llevar a todos los especialistas. Estos últimos trabajaron jornadas de más de 13 horas.

La médica Valeria Cuervo es una de ellas. Está sentada en un pupitre doble y desde ahí atiende a un adulto mayor que al parecer no puede controlar los movimientos de su cabeza y sus manos. Detrás de la doctora giran las aspas de un ventilador que intenta refrescar la escena. El señor explica que está ahí porque ha empezado a perder la memoria. Luego se marcha. Cuervo confiesa, apesadumbrada, que no podía hacer mucho por su paciente. En la consulta le descubrió una masa en su clavícula izquierda y lo remitió a una cita con neurología en Villavicencio. Allí, quizá, puedan ayudarlo.

Aun con estos cuadros clínicos sin resolver, que son pocos, “el balance es muy positivo. Detectamos casos de desnutrición importantes como el de un bebé de 2 meses que logramos remitir a un hospital de tercer nivel porque, de lo contrario, hubiera fallecido acá”, dice extenuada pero satisfecha Cindy Rodríguez, la directora médica de la PAC, mientras espera los aviones para regresar a Bogotá.

La jornada ha terminado. Cumaribo pronto verá partir a los doctores y su hospital seguirá vacío. Es fácil reconocer que esta zona de la Orinoquia colombiana es paradisiaca pero ignorada y, como afirma el exdirector de Parques Nacionales Naturales y también piloto de la PAC, Álvaro Soto Holguín, “uno no puede proteger ni amar lo que no conoce”. Los aviones y su gente han logrado, sin duda, reconocer el país.

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