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| 11/17/2017 12:00:00 AM

La historia de Chapinero

El escritor Andrés Ospina recupera algunos de los momentos emblemáticos del barrio que inspiró a José Asunción Silva y que marcó el desarrollo de la capital.

La historia de Chapinero Una de las tradicionales construcciones de vivienda en Chapinero. Foto: Cortesía Archivo de Bogotá

Fue un sábado. Para ser exactos el 21 de octubre de 2017. Un puñado de vecinos comprometidos con el futuro de Bogotá partió desde dos puntos, el norte y la calle 60 con carrera Séptima, para manifestar su compromiso con el futuro de la más emblemática vía capitalina. La escogencia de este último lugar no fue casual. Allí, justo allí, donde hoy opera una estación de gasolina, ha vibrado por siglos el corazón de una ciudad situada dentro de otra ciudad. Se llama Chapinero.

Quizá pocos asistentes aquel día lo supieran. Pero ahí, unos 300 o 400 años atrás, un zapatero venido de Cádiz edificó su rancho. Su nombre era Antón Hero y aunque no se conoce documento que lo certifique, varios cronistas posteriores aseguran que hizo parte de las expediciones de Jiménez de Quesada. Otros, que llegó después, tal vez en el siglo XVII. En lo que todos coinciden es en que don Antón no era tonto, pues consiguió hacerse esposo de la hija de un indígena rico, habitante del caserío de Usaquén. Su suegro lo bendijo con una dote consistente en un baldío que hoy comprendería, especulemos, desde el borde del cerro hasta la actual Avenida Caracas y desde la calle 53 hasta la 100.

Aunque holgado en tierras, Antón gustaba del trabajo y por tanto decidió establecer en esos predios su taller de calzado, famoso por fabricar ‘chapines’. Así las cosas, si un fabricante de zapatos debía ser llamado ‘zapatero’, uno de chapines merecería por asociación el título de ‘chapinero’, acontecimiento a cuya memoria esta localidad debe su nombre.

Situado en la periferia bogotana, con dificultad algún capitalino de la época habría alcanzado a imaginar que este caserío despoblado cambiaría de aquel espacio marginal que ni en los mapas figuraba, a ser uno de los más apetecibles suelos cercanos a la ciudad que ya comenzaba a aproximársele, ya finalizando los años 1800.

Fue por los tiempos de José Asunción Silva y de su padre, Ricardo Silva Frade. La familia, aunque insolvente, consiguió en 1871 hacerse a una propiedad allí situada y bautizada como ‘Chantillly’. Con dicha quinta se inició el auge de este emplazamiento, favorecido por el trazado del tranvía, en principio de mulas, cuya última parada hacia el norte tocaba terrenos chapinerunos y cuyos atardeceres inspiraron el famoso Nocturno, para algunos la obra cumbre del autor.

La primera capilla de Chapinero, construida a comienzos del siglo XIX, a pocos metros de la vivienda que en otros tiempos ocupara Antón, constituyó toda una proeza. Tanto es así que por entonces se compusieron unos versos en honor de Ignacio Forero, entusiasta benefactor de la obra, quien consagró sus fuerzas a recolectar fondos para su edificación: “Del Tintal a Chapinero / De Chapinero al Tintal / Pasa la vida Forero / Sin conseguir medio real”, decían.

Parque en la Plaza Principal de Chapinero, que hoy es más conocida como Plaza de Lourdes. Foto: Cortesía Archivo de Bogotá.

El tiempo fue trayendo asomos de progreso. Llegó la iglesia de Lourdes, hoy exaltada a basílica y situada algo más al occidente de su antecesora. Terminarla, muy a la usanza local, tomó demasiadas décadas. La era de las quintas terminó en los treinta, cuando estas comenzaron a ser demolidas para dar lugar a modalidades de urbanización un tanto menos pomposas. Algunos vecindarios de lujo erigidos sobre las ruinas de estas aún las recuerdan. No por nada Rosales, El Retiro, El Nogal y La Cabrera tienen esos nombres.

Ya a mediados del siglo XX, el antes silencioso Chapinero sirvió de sede al movimiento hippie de entonces. Allí funcionó La Bomba, popular discoteca donde tocaron bandas legendarias como Los Flippers, Los Speakers o los Young Beats. De aquellas épocas a la fecha, el viejo, señorial y aristocrático Chapinero fue transformándose en el colorido ‘Chapiyork’ y ‘Chapigay’ de hoy. También aparecieron los primeros y muy evidentes asomos de deterioro. La otrora preciosa Avenida Caracas, monumento de antaño al urbanismo, se hizo sede de compraventas y de autobuses contaminantes. Las casonas mutaron a edificios. Los parques, a unidades residenciales. Su Lago Gaitán, a expendio de insumos computacionales.

Cuesta resumir una historia de tantas páginas con la debida brevedad sin omitir el sinnúmero de hechos relevantes acontecidos sobre el suelo chapineruno. Pero basta decir que el Chapinero de hoy prevalece como un sector vibrante, de quebradas en recuperación y plagado de contrastes y paradojas, amenazado por los flagelos urbanos de la posmodernidad: superpoblación, depredación y algunas otras tragedias ciudadanas ante las que el mencionado barrio sigue levantando su frente, con la altivez propia de un anciano con varios cientos de años encima y en la búsqueda permanente de un futuro digno de sus grandezas.

*Escritor.

EDICIÓN 1888

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