María Patricia Tobón, la comisionada de la verdad más joven (37 años). | Foto: Pilar Mejia

MEMORIA

María Patricia Tobón, la comisionada de la verdad que da voz a las comunidades indígenas

Desde hace un año documenta los estragos del conflicto en las comunidades indígenas. Esta es su historia.

Juan David Laverde Palma*
13 de diciembre de 2019

María Patricia Tobón Yagarí. Treinta y siete años. Comisionada de la verdad –la más joven–. Indígena de la comunidad embera chamí. Creció en el resguardo Carmatarrúa, ubicado entre los municipios de Andes y Jardín, en Antioquia. Abogada de la Universidad de Antioquia con especialización en derecho constitucional y máster en derecho internacional de la Universidad Externado. Su cruzada ha sido desde siempre la reivindicación de las luchas de los pueblos indígenas. Los mismos que han sido desoídos, desplazados, desterrados, amenazados y asesinados desde los remotos tiempos de la Independencia y, hace medio siglo, cuando menos, asediados por distintas guerrillas, ejércitos privados y mafias en la trasescena de la coca, que históricamente han respondido a bala a sus reclamos por el territorio.

María Patricia Tobón Yagarí se ha recorrido medio país documentando esa barbarie, que se cuenta por miles de víctimas. Conociendo de primera mano las tragedias que se esconden en los cabildos de los que nadie habla. Serpenteando los caudalosos ríos del Pacífico para internarse con las comunidades y hablar de su abandono y estrechez. Caminando las tierras olvidadas del Guaviare, la Amazonia, el Chocó, Casanare, Antioquia, Córdoba, La Guajira o el Catatumbo. Resolviendo, como mejor ha podido y con lo que ha podido, los conflictos que acechan a estos pueblos discriminados. Puede parecer demasiado joven para tener semejante peso en sus espaldas: ser comisionada de la Verdad en un país que lleva dos siglos matándose para que la verdad no se sepa. Y, sin embargo, tiene ya el alma curtida por esas luchas indígenas de las que ella misma ha sido testigo.

El resguardo de Carmatarrúa, de hecho, es uno de esos lugares emblemáticos donde se ha desarrollado buena parte de la historia de la reivindicación étnica en Colombia. De allí salió, por ejemplo, el primer abogado indígena del país, Aníbal Tascón, a quien mataron los violentos de siempre en el municipio de Jardín en abril de 1981 por defender los derechos territoriales de las comunidades de la zona. Por esa época tomaba fuerza el movimiento indígena nacional, tan disperso hasta entonces, y aquella muerte terminó por decantar la batalla que iniciaron de forma organizada estos pueblos históricamente excluidos. Su mamá, Eulalia Yagarí, cobró protagonismo en esa cruzada, lo mismo que su padre, Alonso Tobón. Por eso, desde que tiene memoria, María Patricia Tobón Yagarí ha sido consciente de la brega de estos pueblos por sobrevivir en Colombia.

“Soy hija de ese proceso de creación del movimiento indígena”, dice. Su padre, hoy de 64 años, no es indígena, pero creció en el municipio de Andes, siempre muy pendiente de la situación humanitaria de la comunidad embera, donde conoció a Eulalia. Por su formación de pedagogo ayudó en la consolidación de esas organizaciones étnicas que se multiplicaron en Antioquia y luego en todo el país y cuya gesta se materializó en la Constitución de 1991, reconociendo la multiculturalidad y los pueblos indígenas, y que derivó en la creación del partido Alianza Social Indígena, donde por muchos años militaron Eulalia y Alonso. Los Tobón Yagarí han sido determinantes en esta cruzada histórica. Hoy a su hija María Patricia se le suma un desafío más: la búsqueda de la verdad y la memoria de la guerra que custodian estos pueblos.

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“Crecí viendo todos los congresos de los pueblos indígenas, que son cada cuatro años, viendo cómo la sociedad indígena, que ha tenido una ausencia de Estado en esos territorios, se ha organizado, tiene un gobierno propio, administra justicia y ha ido tejiendo de abajo hacia arriba la construcción de sus derechos y haciendo procesos de inclusión. Soy de una generación impactada por la Constitución y lo que hizo la dirigencia indígena. Crecí en marchas y reclamaciones, desde los 6 años; presenciando la pelea por la tierra, las amenazas de expulsión. Recuerdo a mis papás ayudando a otros pueblos indígenas que no hablaban español para que sus reclamos fueran oídos y entendieran sus derechos y luego vi cómo la organización indígena fue ganando espacio en la conversación con la institucionalidad y con una sociedad que tenía una narrativa colonial de ellos”, cuenta.

Documentar cómo impactó el conflicto a estas comunidades –hay 115 en Colombia, 67 de las cuales viven en la Amazonia– resulta necesario para comprender los estragos de la violencia en un país que suma 600.000 muertos desde 1948. ¿Qué explica, por ejemplo, que en los últimos 60 años fueran asesinados más de 3.000 indígenas, se registraran 675 masacres y 639 desapariciones forzadas, según las cuentas crudas de la Organización Nacional Indígena? María Patricia Tobón está empeñada en desentrañar las razones de esa barbarie y en responder a una pregunta simple: ¿En qué momento semejante sangría se naturalizó en Colombia? En sus propias palabras, “¿por qué no nos espantamos con la guerra, por qué preferimos que se repita?”. Y agrega: “Aquí queremos saber qué pasó y entender las causas reales, no las de la polarización”.

Para elaborar ese relato sobre la verdad de los indígenas en el conflicto, la comisionada María Patricia Tobón se ha propuesto reconstruir sus procesos históricos, casi todos invisibilizados, y rescatar el patrimonio oral de estos pueblos sobre la violencia que han padecido y cuyos análisis sobre las causas de la guerra son casi inéditos. “Tenemos dos años más para abrir las puertas a más preguntas y nuevas perspectivas sobre el conflicto. La historia del país se ha escrito por las élites, en las ciudades, por los académicos y de manera individual. Hoy nuestro desafío es que esa construcción sea colectiva. Ya hemos empezado a recibir esos testimonios. Hemos tenido más de 300 encuentros en todo el país con distintas comunidades. Nuestra meta es culminar el año con la toma de 3.500 declaraciones individuales y colectivas”, dice Tobón.

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Un proceso de inclusión que ha logrado que la comisión esté accediendo a archivos históricos de estas comunidades, con una narrativa y explicación propias de las violencias cruzadas en sus territorios. Testimonios, en su mayoría, escritos en castellano porque casi todos estos pueblos ya no necesitan intermediarios que los interpreten. “Esta vez serán ellos mismos los que aporten su verdad”, dice. Como hecho histórico, además, ya se concertó una audiencia pública con los nukak makú que se realizará pronto en San José del Guaviare. Para lograr ese acercamiento a estas narrativas de la guerra que palpitan desde lo más profundo de la selva, Tobón y sus colaboradores han tenido que desarrollar un proceso de consulta previa. Su objetivo va cumpliéndose: la sabiduría de estos pueblos indígenas ha resultado iluminadora para comprender lo que ocurrió.

Las conclusiones de semejante expedición todavía no las adelanta María Patricia Tobón, pero se nota que sus hallazgos preliminares resultan reveladores. Es que no ha habido un solo territorio indígena que no haya sido violentado. “Nuestra apuesta implica entrar al corazón de la verdad de los pueblos indígenas, porque esa ‘verdad’ la han contado otras personas. El 37 por ciento del territorio nacional corresponde a pueblos étnicos. Urge comprender sus realidades y su historia. Pero resulta imposible hacerlo desde Bogotá. Por eso la comisión está yendo hasta sus territorios. Es la lucha por la verdad”, concluye Tobón. El problema es que dichas regiones son hoy disputadas por mafiosos criollos y extranjeros, asesinos sin patronos y matones locales. La brega por la verdad en Colombia parece un sueño imposible. Pero María Patricia Tobón resiste, como los indígenas.

*Periodista de Noticias Caracol.