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| 12/15/2019 12:00:00 AM

La voz de la sabiduría del pueblo nasa

Asediado durante siglos por el yugo de la conquista y las angustias de la modernidad, este pueblo que habita, principalmente, en el departamento del Cauca, concibe la vida con una sabia ley natural de la que el país podría aprender para lograr la verdadera paz.

La sabiduría del pueblo indígena nasa en Cauca En el Cauca, y de la mano de los nasas, surgió la guardia indígena con su podería simbólico. Foto: AFP

En 1939, en Altosano, Ortega, sur del Tolima, Manuel Quintín Lame (1883-1967) presentó ante una asamblea de indígenas un tratado titulado ‘Los pensamientos del indio que se educó dentro de las selvas colombianas’. Estos giraban en torno a la necesidad que tenían los indígenas de emanciparse del yugo del terraje en las haciendas, luchar por reconstituir sus territorios ancestrales, recuperar la autonomía y la dignidad y volver a ser los dueños de su destino común.

Nada fue fácil en la vida de Lame ni en la de sus seguidores, tanto para aquellos que se unieron a la ‘Quintinada’ (1910-1921) en el Cauca, el Huila y el sur del Tolima, como para los que se sentían ‘como uno’ cuando oían sus palabras en las asambleas y convites que ocurrieron a lo largo del ‘lamismo’ (1922-1967). Los alcances de esta larga historia de lucha indígena, que comienza en los albores del siglo XX y se extiende hasta el presente, han sido silenciados por un imaginario político elitista, racista y excluyente que perdura hasta hoy.

Lame habló de una “columna” que formaría “un puñado” de indígenas para reivindicar sus derechos en Colombia. Esa columna abarca hoy más que un puñado de indígenas. Los pueblos aborígenes del suroccidente de Colombia, mediante su capacidad de organización colectiva, sus movimientos sociales, sus consejos y asambleas, han cimentado una de las historias políticas más desconocidas por la mayoría de los colombianos y una de las más estigmatizadas. En el centro mismo de nuestro país –la cordillera Central y el Macizo Colombiano–, en medio de circunstancias económicas, políticas y sociales adversas, estos conciudadanos han buscado permanecer como pueblos, regular su integración a la Nación, reformar el Estado y ser ciudadanos de Colombia.

La Constitución de 1991 les otorgó su ciudadanía plena y reconoció como principio de la Nación la pluralidad étnica y cultural. No obstante, desde 1991, las condiciones de vida de esos pueblos continuaron marcadas por la violencia y el desplazamiento. En 2009 y mediante la promulgación del Auto 004, la Corte Constitucional declaró que el conflicto armado los había afectado “de manera grave y desproporcionada”. Sumada a “la pobreza extrema y el abandono”, dicha situación ponía en grave riesgo de exterminio físico y cultural a varios pueblos indígenas.

Desde 1997, las organizaciones indígenas del suroccidente andino manifestaron que se encontraban en un proceso de resistencia a la guerra y de neutralidad activa, haciendo eco de una lucha en curso desde la irrupción colonial. Fue precisamente en el Cauca y de la mano de los nasas donde surgió un caso paradigmático de resistencia civil: la guardia indígena con su poderío simbólico. Los nasas habían formalizado su iniciativa de resistencia civil en 1997 y en 2012 se acogieron al mandato colectivo de desmantelar las organizaciones armadas. A pesar de sus esfuerzos y del acuerdo de paz, en la actualidad siguen enfrentando una complejidad de problemáticas que involucran a las redes ilegales del narcotráfico en sus territorios, la presencia de bandas criminales emergentes, la continuación del reclutamiento forzado de niños y jóvenes, así como la falta de implementación de acuerdos y pactos concertados una y otra vez con los diferentes gobiernos.

Esta historia no solo tiene una pasmosa continuidad histórica, sino que ha significado una lucha constante por legalizar territorialmente los resguardos y defender la Jurisdicción Especial Indígena consagrada por la Constitución. Los asesinatos sistemáticos de líderes sociales y los ataques a la guardia indígena a lo largo de 2019, evidencian la falta de un esfuerzo concertado y decidido de reforma social por parte del Gobierno que abarque la educación, la salud, la inclusión económica, el financiamiento para los planes de vida y la implementación de la política de sustitución de cultivos pactada en el acuerdo de paz.

Ante esta situación, los nasas han respondido apelando a su pensamiento político y su filosofía natural del mundo, orientados al mantenimiento del equilibrio con la naturaleza. Este ha sido su recurso más potente frente al monstruo de la violencia. Es un momento muy crítico, en el que la oscuridad se torna más oscura, ya que ni los bastones de los cabildantes ni las ‘tamas’ (bastón) de los médicos tradicionales logran garantizar sosiego en los territorios.

Estos son los momentos en los que el nasa dice: “mdxiiyutxitk” (“¡qué será de mí!”). Sin embargo, sin perder la dignidad, empuñando los bastones y las tamas con coraje, caminando la palabra, los nasas están hoy más que nunca firmes en sus mandatos políticos y procesos organizativos, los cuales emanan de la ley natural. Perdurar es para ellos hacerlo en la unidad: “teeçxnawçxa” (“¡como uno solo!”). Y esto es lo que les dicen a los violentos: “Queremos vivir en paz”. A los colombianos nos han dicho: “Todos somos nasas”, ya que la palabra misma promulga que otra gente extraña a su cultura también es nasa.

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Empoderamiento colectivo

El pensamiento nasa se sintetiza en la acción de “pensar desde y con el corazón” para producir el mundo; su orientación vital es la de permanecer. Esto no solo implica sanar las cicatrices y daños que deja la violencia, sino confrontar el acontecer nefasto que se ha instalado en la cotidianidad de las familias. Por eso, cuando el territorio se vuelve invivible, no hay otro camino que el de repensarse. Del caos surgen las acciones más recursivas, más conmovedoras y pasionales, tan llenas de ansiedad como de rabia e intenso dolor. Es cuando el nasa dice: “ûustepa´j aka pnxuskweyunxite”, esa “ira mezclada con dolor que desgarra el corazón o el alma de su ser”.

Repensarse es abrazar la fuerza de la memoria de los antecesores, de las luchas, de la multitud enardecida que se acoge a la autoprotección de la guardia indígena y también de las artes: los tejidos, la música, las imágenes de la memoria de los abuelos, el impulso que le hacen a la educación en la Universidad Intercultural, a la salud propia desde la EPS.I (una de las mejores en el país) y sus aportes a la Jurisdicción Especial Indígena.

Muchos de los potenciales que tienen los nasas, los cuales incluyen saberes médicos, el alfabeto nasa yuwe, sistemas complejos de observación, práctica y conocimiento del mundo natural y social, planes propios de desarrollo para la vida e ideas cosmopolitas han sido desaprovechados. Todos podrían ser contribuciones importantes a la ciencia, la cultura y la política de la Nación. Podrían ser la médula de una reforma social “con la gente y para la gente”, que involucrara el “entendimiento en medio de la diversidad”, tal como ellos mismos lo dicen.

Ahora bien, los nasas no se han limitado a la exigibilidad de sus derechos, sino que han llenado vacíos de los operadores de las instituciones del Gobierno colombiano, especialmente en relación con la legalización de tierras y la Jurisdicción Especial Indígena. Han señalado la importancia de la adquisición, ampliación y saneamiento de los resguardos; han dialogado en mesas de concertación y firmado acuerdos que, por lo menos desde la década de los setenta del siglo XX, han sido incumplidos.

Hoy, el crecimiento demográfico ha generado la estrechez territorial, ya que las áreas con que cuentan son de conservación o no aptas para las actividades agropecuarias. De allí que sigan unidos en la recuperación de las tierras usurpadas y en la lucha por mantener la seguridad jurídica de sus territorios, siempre “unidos como si fueran uno solo, encaminando lo justo”: Tteçxnawçxa pkjakjeçxa nuyi´jnxi txiwe yuwes atna”. Este es el mandato de los líderes más antiguos, aunque muchos jóvenes se ahogan en la beligerancia radical e improductiva como consecuencia de la misma violencia.

Mediante la ley natural y sus mandatos, los nasas mantienen viva la fuerza de los caídos. Una estrofa de un himno canta: “si las generaciones actuales caen, otros nacerán”. ¿Por qué imponer un destino trágico a este pueblo indígena?, ¿por qué convertir el sufrimiento en la normalidad de la vida? Tenemos que afrontar sus reclamos de justicia; tenemos una responsabilidad compartida como conciudadanos, como copartícipes de la construcción de una Colombia distinta. La memoria moral de los pueblos indígenas nos recuerda que hay un pasado ausente en la narrativa exitosa de los vencedores; que hay un presente construido sobre cadáveres y que, por lo tanto, es imprescindible imaginar un futuro que no sea la prolongación del presente. Hay que quebrar el presente.

Para los nasas, los mandatos provienen de la fuerza más poderosa de la ‘gente-gente’ (o de la gente nasa) y de la ‘gente’ o la ‘piedra que tiene espíritu’, ya que todo lo que hay en los bosques tiene ánima, es decir, espíritu vital. Desde allí y desde la memoria moral nacen los símbolos del empoderamiento colectivo. Este es el caso de la Palabra Mayor (Derecho Mayor) que proviene de los mayores y de las mayorías, de toda la gente-gente y la gente con autoridad, pero sin autoritarismo. Cuando la multitud se moviliza revestida del aura de lo sagrado, tiene un solo pensamiento: “teeçxnawcxa ûus yatxnxi” (“el pensamiento al unísono desde el corazón”); es como si la voz de la multitud fuese una sola. En ese momento no hay miedo, no hay tristeza; el coraje se desvanece y se transforma en música. Bien podríamos acercarnos a la ley natural de los nasas, a sus creencias fundamentadas en un lazo intrínseco con la tierra que los mantiene unidos a ella por hilos y fuerzas invisibles.

La paz debería dejar de ser vista como una negociación entre dos grandes y trillados actores: uno que detenta el poder de la autoridad bajo la ley del Estado de derecho, y otro que detenta la esperanza desvanecida. En aras de descentrar la paz es necesario entender quiénes integran la diversidad de la Nación colombiana.

Son muchos los desafíos; son muchas las contenciones que han debido desplegar para vivir en medio de las fauces de la violencia, la inequidad y la pobreza. Su historia no es ajena a las tensiones internas, a las dificultades traídas por las economías ilegales, el reclutamiento de sus niños y jóvenes y las diversas elecciones ideológicas. Pero si todos somos nasas, si nasa significa humano, podríamos encontrar otras claves para la reconciliación en el caleidoscopio de gentes que es Colombia. ‘Los pensamientos del indio que se educó dentro de las selvas colombianas’: ese texto único e inclasificable de Manuel Quintín Lame nos acercó al pensamiento utópico del ‘civilizado montés’. Desde un saber no letrado, Lame nos habló de la Colombia indígena que seguimos reticentes a aceptar. No solo reivindicó el principio de justicia, sino que nos recordó que este lleva el ímpetu de la redención de las injusticias y sufrimientos padecidos por los habitantes originarios de la tierra americana.

*Antropólogos e investigadores del Grupo Antropolítica.

EDICIÓN 1996

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