En la tradición musulmana no existen, como en el mundo cristiano, las campanas para llamar a la oración. Las mezquitas no tienen campanario, pero sí una torre alta llamada alminar o minarete. Desde lo alto de aquella torre, un hombre mira en dirección a la Meca, se cubre los oídos y canta con toda la fuerza de su espíritu: “Acudid a la plegaria, acudid a la dicha”. Quien haya visitado algún país musulmán no podrá olvidar esa experiencia auditiva, que se repite varias veces a lo largo del día.
Esa música vocal nació para recordar a los individuos que, no importa lo que estén haciendo, hay una grandeza espiritual más sublime. Según la tradición, la fórmula de este canto fue soñada simultáneamente por dos de los compañeros del profeta Mahoma. Hoy es parte de la banda sonora de países como Turquía y da la impresión de ser eterna, inextinguible a pesar de las amenazas de la modernidad: en las ciudades más grandes, para que la oración se oiga por encima del ruido de los motores, los minaretes han adaptado sistemas de altoparlantes.
El jazzista estadounidense Duke Ellington relató en sus memorias el asombro que le causó este sonido cuando realizó una gira por el Oriente Medio: “En un instante se oye al sacerdote llamando a la gente al rezo y al minuto siguiente, en contraste con la serenidad y el silencio que se procuraba, se levanta el rugido tremendo del tráfico”. Buscando homenajear esa música que escuchó en Ankara, compuso su obra Far East Suite. No deja de ser jazz, pero por instantes imita los melismas, es decir, la capacidad que tienen esos cantantes de alargar una sílaba paseándose por varias notas.
La situación geográfica de Turquía es privilegiada por ser un puente entre Europa y Asia. En ciudades como Ankara y Estambul confluyen detalles culturales de Occidente y Oriente, y esa mezcla puede sentirse todo el tiempo en su música. Las emisoras de radio y las discotecas han favorecido en las últimas décadas un sonido pop que, en una primera audición, pareciera ser una copia de lo que ofrece la industria anglosajona: para explicar el fenómeno del álbum Araba del cantante Mustafa Sandal, varios medios de comunicación se referían a él como “el Justin Timberlake turco”. Por fortuna la comparación ha ido cesando en la medida en que Sandal ha mostrado méritos propios.
Y esos méritos, que se extienden a casi toda la música turca actual, tienen que ver con una apropiación de su pasado. No importa que el vehículo sea el pop; lo cierto es que se enriquece gracias a tres ingredientes autóctonos que definió muy bien el productor discográfico Jacob Edgar al cabo de un viaje de investigación por Estambul y sus alrededores: “El estilo vocal dramático, los instrumentos locales exóticos y los ritmos y melodías únicas”.
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Todo el ritmo se sostiene gracias a un instrumento de percusión llamado darbuka. Es un tambor con forma de reloj de arena y unos 40 centímetros de altura. Está hecho de barro cocido y se remata en uno de sus extremos con un parche de cuero seco de animal. El nombre de la darbuka puede no ser familiar (si bien aparece mencionado en la letra de la canción Contamíname que hizo famosa la cantante española Ana Belén), pero su sonido en cambio nos transporta de inmediato al Oriente Medio. Y sobre esa base, bien sea tocada de forma orgánica o transformada en ritmo electrónico, se han sostenido miles de canciones comerciales turcas.
Una que le dio la vuelta al mundo hace un par de décadas fue Simarik del cantante Tarkan. En tiempos en que el disco era todavía el gran vehículo de difusión de la música, Tarkan llegó a vender 4 millones de copias gracias a un truco que facilitaba la recordación aún sin entender el idioma: cada estrofa terminaba con el sonido de dos besos. Aquel efecto hizo que la canción fuera conocida en el mundo occidental como Kiss Kiss.
Y en la orilla femenina, la voz más reconocida de Turquía es Sezen Aksu. Se trata de una diva que ha sabido mantenerse vigente desde finales de la década de los setenta gracias a que se adapta a la vanguardia, tanto en lo musical como en lo ideológico. En un país donde la condición femenina es difícil de sobrellevar, Sezen Aksu salió a hablar públicamente en contra de la misoginia al tiempo que inundaba las discotecas con las remezclas electrónicas de su álbum Bahane. “Es una mezcla de emoción y valentía”, comentó un periodista inglés por esa época.
Esa eterna conexión entre lo espiritual y lo mundano, entre la tradición y el modernismo, parece ser la clave del encanto de toda una corriente musical que está viva en Turquía. Por fortuna, en este mundo globalizado, nos llegan sus ecos desde el Estrecho del Bósforo.

