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| 9/9/2019 12:00:00 AM

“En ninguna parte de Colombia atardece como en el Valle del Cauca”

Lo dice el escritor Gonzalo Mallarino, quien evoca en estas líneas su infancia en el departamento y recuerda, con cierta osadía, que el verdadero nombre de Juanchito lleva su apellido.

El escritor Gonzalo Mallarino habla sobre el Valle del Cauca "La infancia era ir a Yumbo a comer pandebonos, o subir al Saladito atravesando la neblina hasta poder ver el mar". Foto: Esteban Vega La-Rotta

El Valle del Cauca es para mí el paraíso perdido. Las gentes mías vienen de allá, del Pacífico y de Cali. La infancia era ir a Yumbo a comer pandebonos, o subir al Saladito atravesando la neblina hasta poder ver el mar, en Juanchaco y Buenaventura, o ir al río Pance a meterse en los pozos y almorzar sancocho de olla. Los árboles y la luz del Valle del Cauca se me quedaron entre las sienes, en los párpados, para siempre, y están en los libros que he escrito.

También es alucinante entrar al Valle del Cauca viniendo de Pereira, por Cartago. La tierra ondula suavemente, como si tuviera el pecho cubierto de hierba y respirara. La exhalación es dulce, caliente, orgánica. A veces en el piedemonte de un cerro los árboles en hilera dan sombra y el ganado se acerca a un hontanar. Más adelante las arboledas silenciosas, las haciendas, los cultivos y las gentes de labor. Mucha agua siempre, mucho verde, mucho cielo ancho y luminoso por encima. Obando, Roldanillo, Buga, Ginebra, Palmira…. Y los cultivos interminables de caña de azúcar.

Quisiera ir a Ginebra al festival del Mono Núñez. Y al Festibuga, en agosto. El primero es más andino, por los bambucos y los pasillos, y es con justicia un “canon” de la música colombiana. El segundo va agarrando fuerza año tras año y lo animan artistas de todas partes. Quisiera ir a toros en la feria de Cali –nunca he ido– y salir a rematar a Juanchito, bailando salsa al lado del río. Me lleno de vanidad al recordar que el nombre verdadero de Juanchito es Puerto Mallarino. Sí, señor, así es.

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De Buenaventura era mi nodriza, Pola Klinger, hermana del gran goleador de Millonarios en los años cincuenta y sesenta, Marino Klinger. Con Pola fuimos al Pascual Guerrero a verlo jugar. Pola era negra, claro que sí. Y lo eran las mujeres que lavaban en el río porque, por la mitad de mi barrio, pasaba un río. Las mujeres negras del Valle del Cauca eran como santas para mí, como princesas misteriosas, el gesto en las manos delgadas, el mentón perfecto, las bocas dibujadas y tiernas, los cuerpos longilíneos, inalcanzables, “altas mozas lucientes”, decía el poeta Saint-John Perse.

En ninguna parte de Colombia atardece como en el Valle del Cauca, como atardece en libros como La María y El alférez real, en cuyas páginas el Valle quedó preservado, grabado en la lámina de metal de la memoria, a salvo del olvido y de los dedos del tiempo. Cómo atardece en el campo de Cañasgordas, en el de El Paraíso. La melancolía del atardecer en las comarcas del Valle del Cauca. Cuánto amé de niño a María, cuánto a Inés de Lara y Portocarrero. Cómo recuerdo ahora la luz oblicua que va cayendo y la tierra que se ensancha hacia una pared de nubes púrpuras del horizonte.

*Escritor.

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