Alta fidelidad es el honesto monólogo de un hombre que no es bueno para vivir la realidad sino sólo para criticarla. Es la sarcástica confesión de un tipo que le teme a los hechos y que prefiere quedarse con sus canciones, su memoria, su imaginación y sus ideas antes que enfrentarse a la indiscutible, deprimente y abrumadora cadena de los eventos de la vida.
Se llama Rob Gordon. Es el dueño de una tienda de discos de vinilo, tiene más de 30 años y acaba de perder a Laura. Y, como ella no parece dispuesta a volver, y esa es, al parecer, la única salida que le encuentra a su crisis sin fondo, se dedica a contar, de frente a la cámara, su pasado, su presente y su futuro.
Lo primero que revela es que ya está acostumbrado a que las mujeres lo dejen y que, para ese momento de su vida, incluso se siente cómodo en el lugar de la víctima. Después se deja llevar por los recuerdos de las cinco relaciones más dolorosas que ha vivido y entonces, bajo la mirada de los dos inolvidables vendedores de su tienda, emprende su desastrosa batalla para recuperar a Laura.
En el proceso, como si se tratara de un documental, el público descubre, al tiempo con Rob y con las canciones que lo han acompañado siempre, que él y su terca resistencia a la realidad y al cambio han sido los culpables de cada uno de sus fracasos románticos, y que mientras en las fantasías y en la música todo se resuelve, en la vida real la gente se enamora, envidia, pierde a los que quiere y siempre, así intente evitarlo, comete errores y pronuncia frases equivocadas.
John Cusack, el protagonista, es un excelente actor. Y ahora, gracias al guión de Alta fidelidad, que ha escrito junto con los mismos amigos con quienes escribió Grosse Pointe Blank, puede decirse que es, también, un buen escritor. Es cierto que si no partiera de la novela de Nick Hornsby, o no contara con la siempre inteligente dirección de Stephen Frears, el director de Relaciones peligrosas, su película no sería tan brillante. Pero es innegable que Cusack, y esa galería de personajes conmovedores, atractivos y posibles son quienes en verdad merecen el recuerdo y los aplausos.
Alta fidelidad no cuenta precisamente una historia. Se conforma con recordar que la música popular es el eje de la trama de muchas vidas y con seguir a Rob y presentar con precisión a quienes lo rodean. Y aunque a veces se excede en su fascinación ante el monólogo del protagonista, cumple sus objetivos con tanta honestidad y humor que al final logra dejar en el público la aspiración de conocer a todos esos seres humanos en persona. Eso, claro, es más que suficiente.
C I N E
Alta fidelidad
El dueño de una tienda de discos intenta comprometerse con la realidad.
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Ricardo Silva Romero
22 de octubre de 2000 a las 7:00 p. m.