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| 10/13/2017 9:16:00 PM

Carta póstuma de Elmo Valencia

El poeta nadaísta Jotamario Arbeláez escribió una crónica, en forma de poema-relato, en honor a Elmo Valencia, quien murió en un ancianato de Cali en septiembre pasado. "Ese dibujo -el que acompaña este texto- me inspiró escribir mi testimonio a través del espíritu de Elmo".

Carta póstuma de Elmo Valencia Ilustración: Jorge Restrepo. Foto: Cortesía

Socorrito de mi vida y de mi muerte:

Desde mi nuevo inquilinato, en esta ocasión perpetuo y sin necesidad de codeudores

te escribo con el lápiz afilado del pensamiento perdurable

para expresarte mi gratitud por todas las atenciones que tuviste para conmigo en las preparaciones de mi bel morir, así fuera sin un centavo,

como lo viniste haciendo a través de los años desde que eras mi niña vecina,

y presentarte infinitas disculpas por mis berrinches de empavorecido vejete.

vecino de las regiones del éter.

Estas manifestaciones agradecidas de mi espíritu pacificado

—después de pasar de la sucursal del cielo a la principal—, 

hazlas extensivas a aquellos que tan cerca estuvieron de mi tránsito por la vida y de mi despedida de las callejuelas del mundo,

como fueron, por mencionar unos pocos de los últimos días,

los doctos Armando Barona Mesa, Adolfo Vera, Joaquín García, Gabriel Ruiz, Óscar Olarte, Toño Arbeláez, Babel Jarales, Ángela Rosa, Betsimar, Marcela

y mi última casera Martica, que con tanta garra me cocinó los postreros fríjoles.

 

Y dales saludes a los seres afines alejados de mi vida, pues a pesar de mis potentes gafas no pude ver por ellos ni por mí mismo, dado que en la sociedad de la cultura y el espectáculo nunca me fueron retribuidas mis prosas y mis canciones:

Patty Zeppelin y nuestra hija Penélope, Maritza y nuestra hija Casandra, Lineth Afrodita con quien me casé de smoking en la Porciúncula y Dédalus, nuestro hijo.

Diles que morí sin un chimbo, pero que en mi cuenta de ahorros quedaron unos pocos millones que logré salvar del crac económico de Ecopetrol.  

Amílcar U me dijo un día que cuando muriera me escribiría un epitafio que develara que Elmo Valencia había sido un millonario excéntrico, cuya excentricidad consistía en no gastar.

Pero fue Amílcar el que hace 32 años se ahogó en una piscina y fui yo el que le escribió el epitafio: “El nadaísta que no nadó”.

Cuando Gonzalo Arango me bautizó “el Monje Loco” porque me vio algo de Rasputín y no digo qué, me fui en busca de Islanada con una pandilla de nadaístas de los dos sexos, para desafiliarnos de la sociedad de consumo,

y en la novela que escribí como testimonio terminamos devorados todos por Descartes, el cerdo del sistema, que rescatamos del matadero en Buenaventura.

De esa aventura retorné con el conocimiento del zen, que me inculcó el poeta beat Gary Snyder en una playa de Tumaco, y le propuse al profeta la fundación del Nadaísmo Zen, N-Z, para mayor gloria del señor Buda.

Debes recordar que por los años 60 viví en tu edificio, donde tu madre me rentó un cuarto por el que pasó todo la perramenta de América, incluido Luis Ernesto, el niño campesino que adopté cuando lo encontré durmiendo en las escaleras,

y que tú con tus 13 eras la fantasía de los caminantes estacionados.

Viajaste a los Estados Unidos, te casaste con Charlie, regresaste, nos veíamos los diciembres cuando de Bogotá me escapaba a echar paso en la Feria de Cali.

Pero fue mi última Feria, porque ya mis pasos no daban. Ni mis pesos, ni mis pesares.  

Nunca fuimos afortunados los poetas al participar en política. Gonzalo fundó el Nadaísmo como revancha por haber tenido que salir huyendo de Medellín disfrazado de secretaria para que no lo lincharan cuando en 1957 tumbaron a Rojas Pinilla,

a pesar de lo cual Jotamario y yo viajamos de Cali a la capital a escribir El libro rojo de Rojas para denunciar el robo que le hicieron al General en las elecciones de 1970,

lo que conllevó a que otro grupo armado con más locura que el nuestro se convirtiera en la guardia roja de Rojas, el M-19,

que mantuvo en tensión al país y su dirigencia hasta que se decidieron a firmar la paz y buscar a través del sufragio llegar a la presidencia.

Pero sufragios fue lo que recibieron sus jefes, ejecutados casi todos uno por uno.

En vista de que fue inútil nuestro reclamo ingresamos al hippismo de la calle 60, donde fuimos accediendo a la paz al compás de la psilocibina

y al amor, encontrando Jota a la Maga y yo a Patty Zeppelin, casi una niña. Pero los grandes amores terminan en tragedias y no fuimos las excepciones.

Diles a los del Ancianato de San Miguel que me fue un honor estirar la pata en la casa del arcángel que me tocó la trompeta anunciándome el fin del mundo

y que de allí en adelante iba a tener el cielo por cárcel.  

Y que gracias por crear y bautizar con mi nombre la biblioteca de libros viejos cuya dirección por motivo de viaje no tuve la oportunidad de asumir.

La quincena pasada estuve acompañando a mi fiel Jotamario por las calles de los países nórdicos de Europa, donde llegamos en diferentes vuelos de primera clase el 25 de Septiembre,

esa fecha que nunca dejamos de conmemorar con ruidosos recitales eróticos e instalaciones eléctricas y conferencias pánicas por 40 años,

desde que el profeta Gonzaloarango se dio de cabezas contra el bólido que venía de la nada.

Fuimos a celebrar por anticipado los 60 años del movimiento de vanguardia vivo más antiguo del mundo, Tirofijo de la literatura, 

y mi desaparición prematura a los 91 años que me tiene compartiendo suite celestial con esos otros compinches históricos de mi misma edad

como fueron el comandante Fidel Castro, el jugador y técnico Alfredo Di Stefano, los músico Miles Davis y Chuck Berry, la diva del celuloide Marilyn Monroe

y el nuevo que nos cayó la semana pasada, Hugh Heffner, con toda su colección de Playboy.

De modo que ya tengo con quien hablar de mis temas favoritos: de política revolucionaria, de fútbol, de jazz, de cinematografía y pornografía.  

Estamos esperando a la reina Isabel II, para juzgarla por los desafueros de la reina Victoria

y por su comportamiento con Lady Di.

A Jota lo invitó una reencarnación poética de su malograda pupila María de las Estrellas, Elizabeth Torres, residenciada en Dinamarca, a nombre del Festival Internacional de Literatura, 

y yo que vivo nunca me le despegaba me fui con él por los recintos culturales de Copenhague pero también de Malmo, Helsinki y Berlín,

acompañados por Miller, pues al poeta sus maestros espirituales le tienen prohibido viajar sin fotógrafo o camarógrafo.

 A los sentidos homenajes que me rindieron en Copenhague asistió mi hija mayor Penélope, que vive en Suecia;

al de Malmo llegó mi prometido editor de Culo de botella, Víctor Rojas, quien, en medio del acto con Lasse Soderberg y Ángela García, leyó traducido al sueco por Anette Höglun mi Concierto de rock en el Vaticano,

 y anunció que el libro aparecería en noviembre, como el arzobispo de Rojas Herazo;

en Helsinki consistió en la lectura de Jotamario acompañado de poetisas hermosas, Elizabeth, Aino Huusko, Lalobarrubia y Roxana Crisologo

y en Berlín, a la hora del acto, el huracán Xavier paralizó el tráfico, se llevó árboles y paraguas, quebró vidrios, sacudió los restos del muro de la infamia,

y los poetas y asistentes se tuvieron que declarar en sesión permanente de alcoholes estupefactos en la librería La Escalera, del colombiano germanófilo Germán Restrepo, hasta que se retirara el fenómeno.

En cada acto, Jota, que no da puntada sin dedal como le enseñó su papá,

 aprovechó para refrescar la noticia de que la paz de Colombia se había logrado gracias a un nadaísta

y que se esperaba que éste fuera el próximo presidente de Colombia.

Nunca supe si los aplausos iban dirigidos al poeta invitado, al Nadaísmo, a Elmo Valencia o a De la Calle.  

Te dejo, porque nos están citando a una sesión mediúmnica para poder comunicarnos con ustedes los mortales. Voy a hacerlo a través de Jota.

Te beso

Elmo, el mito del nadaísmo.

 

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